Opinión Sergio Tagle 12/04/2026

Enemigos políticos: una contribución de Milei al debate político argentino

El presidente afirma que no tiene adversarios sino enemigos. El enunciado enriquece a la política post 1983, convencida, erróneamente, de que todos los antagonismos sociales se resuelven en pacíficas deliberaciones institucionales. Es un gran aporte a proyectos políticos populares.
Duelo de garrotazos, de Goya. Imagen de Internet

La política profesional opositora “se quedó en el ‘83”. No advierte u omite una de las novedades más radicales y productivas que Javier Milei propuso a la democracia argentina postdictadura. Según lo reiteró en varias oportunidades, para él no hay adversarios, hay enemigos. Esto es, recordó cuánto de conflicto militar tiene la política. El señalamiento es particularmente relevante para fuerzas políticas ideológicamente situadas a la izquierda del centro.

Unos u otros

Si avanzan Estados Unidos e Israel retrocede Irán, y viceversa. Tregua no es igual a paz. Estas obviedades bélicas no son evidencia a la hora de examinar las vidas de las naciones. Estas albergan equivalentes ecuaciones de suma cero. Cuando un bloque socioeconómico, político y cultural progresa en su conquista de hegemonía, subordina a su contrario que, a su vez, deberá desarrollar tareas contrahegemónicas para recuperar posiciones.

Es lo que ocurrió el 24 de marzo. El revisionismo ultraderechista del genocidio marchaba a paso triunfal. Prevalecía en trincheras superestructurales: televisión y medios en general, redes, mundo digital. La contraofensiva democrático-popular ocurrió en el terreno que le resulta más favorable. Tuvo la forma de combate callejero: multitudes en avenidas y espacios públicos de Córdoba y el país.

La economía es el campo de batalla entre unos y otros más árido: ganan patronales a través de la reforma laboral, pierden trabajadores. Los opuestos irreductibles tienen otras expresiones: industria nacional (pymes, pequeños negocios) o Galperin, agronegocio, petróleo, minería y bancos; soberanía energética y económica en general o régimen semicolonial.

La dureza de esta confrontación de intereses desborda la capacidad de respuesta de un institucionalismo rígidamente liberal. La democracia que ignore a las incompatibilidades sociales incluidas en sus entrañas, deviene escenario en el cual oficialismo y oposición pugnan por la administración del mismo estado de cosas, por gestionar igual relación de fuerzas en favor del polo dominante. En sus salones se dirá lo que fue lugar común político y periodístico desde Alfonsín hasta que llegó Milei: “en democracia existen adversarios, no enemigos”.

 Qué paz

“La guerra es la continuación de la política por otros medios”. Así se popularizaron las tesis, mucho más complejas y detalladas, del general prusiano Carl von Clausewitz, autor del tratado titulado De la guerra, libro de estudio obligatorio en todas las academias militares del mundo. 

Filosofía y praxis política del siglo XX (Lenin, Carl Schmitt, Julien Freund, Perón, Foucault, las organizaciones político-militares de los años ’70) invirtieron los términos de la ecuación. Fundamentaron cómo y por qué también la política es la continuación de la guerra por otros medios.

Esto es así porque en el subsuelo de las sociedades subyacen antagonismos entre explotadores y explotados, hegemónicos y subalternos, oligarquía y pueblo, grupos económicos y campo popular. Un “otro” que amenaza la propia forma de vida [1].

Estas oposiciones, antiguamente llamadas dialécticas, constituyen enemistades sociales imposible de ser pacificadas a través de la sola deliberación parlamentaria.

Hay una guerra

Aún el Congreso funciona con “la estructura psicológica “de ejércitos enfrentados “y representa una forma de guerra en el cual se ha renunciado a matar”. [2] Elías Canetti pone como ejemplo el momento en el que se vota una ley. Ahí poco cuentan los argumentos; ningún legislador/a convence a otro con sus discursos. “Todo cuanto hay que hacer es verificar la fuerza entre ambos grupos”. La votación es lo decisivo “en tanto instante en el que se miden realmente las fuerzas. Es el vestigio del choque cruento, que cristaliza de diversas maneras, incluidas amenazas, injurias y una excitación” que puede llegar a la agresión física (…) “Pero el recuento de votos pone fin a la batalla”. [3]

Esta conflagración institucional define solo las leyes admitidas por la marcha de la guerra subterránea. El DNU 70/2023 y la Ley Bases no fueron el resultado de “un debate de ideas”. Su definición estuvo a cargo de Federico Sturzenegger (en ese momento extraño a cualquier poder del estado) con la participación de grandes estudios jurídicos privados, sin dictámenes técnicos oficiales y diseñados a medida de sectores empresariales. La ley fue aprobada por diputados y senadores siempre atados al carro de los vencedores. Derogarla demandará fuerzas superiores. Lo mismo deberá ocurrir con la reforma laboral y su sustitución por otra de carácter progresivo. Igual potencia será necesaria para reconstruir la tierra arrasada mileísta, al tiempo que para avanzar sobre otra idea de país. Esto es, contra los enemigos de un proyecto democrático, popular, igualitario.

Harán falta generales/as designados por tropas plebeyas cuya masividad, organización, consciencia y moral de combate estén a la altura de la convocatoria hecha por Gabo Ferro: “Hay una guerra allá afuera y te estoy invitando. Las noticias son buenas si vas a dar batalla pues lo quieras o no afuera hay una guerra. No sirve que te escondas, ni que vivas rezando; cuando la muerte se alza siempre acaba encontrando”.

Mamita Peyote agrega que “en un bosque de mentiras estamos perdidos sin poder escapar. Y si el camino está lleno de lobos, habrá que aprender a cazar”. Porque en política hay adversarios, sí. Pero también lo que dice el presidente, enemigos.


[1] La formulación de la “contradicción principal” depende de la orientación político-ideológica desde donde se la enuncie: izquierdas, progresismo, nacionalismo popular, derecha.

[2] Chantal Mouffe, Entorno a lo político.

[3] Elías Canetti, Masa y poder