Política Luis Rodeiro 29/09/2017

Nisman vuelve

En el libro de Andrés Tzeiman, Radiografía Política del Macrismo, podremos encontrar –entre otras coordenadas- las claves de la resurrección de Nisman, fruto del milagro amarillo, en una coyuntura que pasa por lo electoral, pero que no se agota allí.
La resurrección de Nisman es producto de una usina intersectorial donde se produce ese milagro.


La vuelta de Nisman forma parte de una estrategia integral que pasa por la “demonización” de Cristina, como símbolo de la alternativa nacional, popular y democrática que el Partido del Orden necesita y quiere destruir como requisito de la implantación de su programa de gobierno.
Precisamente, la restitución de ese “orden” neoliberal con exclusión de las mayorías, como expresa Tzeiman, “requiere estigmatizar y desmontar a la experiencia populista”. Para ello, desde antes de la elección que lleva a Macri a la presidencia, se viene trabajando –como lo hizo el golpe gorila de 1955- en la identificación del peronismo y el movimiento nacional con la corrupción, el autoritarismo, la inmoralidad, lo siniestro, la causa profunda de nuestra supuesta decadencia.
“La Nación –en el anhelo macrista- debe poder conocer las evidencias que demuestran el ser corrupto que se había apoderado del Estado por más de diez años, y producto del cual todos los argentinos aún sufren sus consecuencias”.
En esa estrategia, que acompaña el proyecto económico y social del macrismo, convergen los sectores que bien describe Tzeiman como ese “Partido del Orden”: los medios masivos que ostentan el monopolio de la comunicación; un sector mayoritario en número, y predominante ideológicamente, de la familia judicial y los integrantes del sistema político que intentan conformar un naciente y blindado consenso conservador, que se manifiesta en el Parlamento a través del voto a las leyes antipopulares, incluso con la participación activa del neoperonismo. El nuevo paradigma amarillo depende de la muerte del “populismo”. Es su coincidencia.
Es en esa usina intersectorial donde se produce el milagro de la resurrección de Nisman y la posibilidad de hacerlo jugar como elector privilegiado. Vuelve como “asesinado”, a partir de un informe anunciado por Clarín, en mayo, cuando aún la nueva y sugestiva Comisión dominada por gendarmes, que debía analizar nuevamente la muerte del fiscal, todavía no había entrado en acción, pero que confirmaría meses después la conclusión anticipada del órgano oficial. Opereta con destino preciso: Cristina Kirchner, en el escalón superior del embate contra lo que representa políticamente; un paso más en la persecución judicial que abarca de supuestos delitos económicos hasta la traición a la patria.

Horacio González rechaza como concepto incierto de que estamos frente a una “demodura”, como alguna vez se ha hablado de “dictablanda”. Sin superar lo incierto, prefiere emplear “estado de excepción” porque la construcción de un enemigo nefasto es uno de sus fundamentos centrales. Ese estado de excepción “no precisa institucionalidad, sino fórmulas de lenguaje; no precisa descubrir hechos verídicos, precisa nombrar lo que los encubre; no precisa parlamento, sino denuncias de corrupción ante un tribunal de prelados mediáticos; no precisa pruebas sino acusaciones de asesinato, no precisa investigar, sino sembrar pistas falsas…”.

La construcción del enemigo

En el Partido del Orden hay jueces-actores dispuestos a “jugar” el partido, para crear esa sensación de justicia que se anuncia como capaz de llegar hasta el hueso, aunque sea sólo verbalmente. Para ello cuenta con la proyección de sus acciones, sus sentencias anticipadas a través de los medios. Porque para construir el enemigo, es necesario el otro elemento que señala Tzeiman: la espectacularidad, que convierte los “casos” en una novela, con la intención de incorporar al espectador como un protagonista, al igual que en las telenovelas.
Es una estrategia general y abarcadora porque importa el populismo en general, como manifestación colectiva de la sociedad. El mismo enemigo con distintas caras pero solo un dios verdadero. La obligatoria de Cristina, como símbolo mayor (que para colmo gana la provincia de Buenos Aires, con el voto de la negrada). La de Milagro Sala, militante popular (una india con pretensiones de liderazgo). La de Santiago, un joven con sentido solidario. La de los obreros que protestan ante un despido porque ocupan la calle. La de mapuches que defienden sus tierras. Los maestros que hacen huelgas. Los manteros de Once. Los pibes de los barrios populares. Los naranjitas. La política como el hogar del enriquecimiento ilícito. Los medios opositores. Los seguidores del Indio Solari. Las mujeres de “Ni una Menos”. Las Locas de Plaza de Mayo. El humor del Cadete que convoca risas. Toda, toda manifestación colectiva, que se empecina con el pasado. Para el Partido del Orden, todas, pero todas expresiones del kirchnerismo (el peronismo irracional e incorrecto), del “mal” histórico, que quiere impedir el “cambio cultural”, la Argentina feliz (sin política), el Edén de los emprendedores, el Orden de ciertas digestiones, el sagrado “imperio de la ley”, la Argentina del Segundo Semestre.
El delirio de Carrió que a Nisman lo mataron un venezolano y un iraní hecho realidad, por un informe “a pedido” de la Gendarmería Nacional, el nuevo baluarte represivo, protegida por el Gobierno nacional en la desaparición forzada de Maldonado, en cumplimiento de “pactos preexistentes”, nismáticamente hablando.

“Estamos ante un gobierno que, como en los viejos tiempos de la doctrina de seguridad nacional, quiere construir la figura del enemigo interno”, dijo Cristina. La construcción está en marcha. El próximo combate será contra el movimiento obrero, si fallan los intentos negociadores, las amenazas sobre las obras sociales, sobre las carpetas contra los gordos. Tzeiman recoge una cita imperdible. Luis Barrionuevo para el diario Clarín, el 27 de noviembre de 2016: “Tenemos argumentos de sobra para parar 24, 36, 48 horas, pero no. Nosotros cuidamos la gobernabilidad. Somos los que más aportamos hoy a la gobernabilidad con el sacrificio de los trabajadores: devaluación, inflación, recesión, desempleo”. Y agrega, sin ruborizarse: “Yo admito que Macri tuvo un gesto que no tuvo ningún presidente, reconoció 30 mil millones de pesos a las obras sociales… Yo me le saco el sombrero”.


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