La política y sus efectos sobre la longevidad

Opinión 04/07/2017
“Voy con las riendas tensas y refrenando el vuelo, porque no es lo que importa llegar solo ni pronto sino llegar con todos y a tiempo”. León Felipe. El envejecimiento poblacional es un éxito colectivo.

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El envejecimiento poblacional es un éxito colectivo que depende de la organización y la cultura de la comunidad. La longevidad es la resultante de la vida en sociedad. Se ha calculado que vivir solo, aislado, disminuye en diez años la existencia. La frase egoísta del “sálvese quien pueda” resulta una falacia si se quiere vivir 100 años. En poblaciones con integrantes muy longevos se encontró como denominador común una participación activa en la sociedad; a quienes se los incluye, se les otorga beneficios especiales, se los respeta, se los involucra en proyectos y en algunos casos se los venera por su sabiduría.

Al ser los adultos mayores un grupo vulnerable, tal como lo son los recién nacidos, las políticas sanitarias tienen un alto impacto. Por ello es que resultan fundamentales las políticas que promuevan una cultura de inclusión hacia los adultos mayores, que van desde las condiciones de vida hasta los servicios de salud. La expectativa de vida es un parámetro estadístico que valora la edad a la que pueden acceder los habitantes en un determinado contexto. Es una medida de la cantidad de años, pero no de cómo se viven esos años. Hace un tiempo se incorporó el concepto de vivir sin discapacidad, que nos habla de la calidad de vida, sobre todo en los últimos años de existencia.

La diferencia entre vivir bien y sobrevivir con enfermedades invalidantes se denomina expectativa de vida ajustada a la discapacidad y representa de manera más fidedigna los años bien vividos. La esperanza de “buena vida” varía enormemente entre los diferentes países, en distintas regiones de un mismo país e incluso dentro de una misma ciudad. No es lo mismo nacer en una villa miseria y desarrollarse con carencias en condiciones de marginalidad, que arribar al mundo en un centro asistencial cinco estrellas y crecer con todos los servicios. Hemos aprendido que para llegar saludables a edades muy avanzadas, además de la biología (carga genética), influyen las condiciones socioculturales y la asistencia de los servicios de salud que abarcan el embarazo, el nacimiento, la infancia, la adolescencia y la adultez.

La posibilidad de llegar a los 100 años conlleva una cantidad de variables y la mayoría de ellas son afectadas por la política. La política entendida como el quehacer de hombres libres, en función del bien común, que involucra al poder del Estado en la redistribución de la riqueza. La economía, rama subordinada de la política, impacta de manera importante sobre la salud y la expectativa de vida. Mirado el mundo globalmente, la esperanza de vida entre los países ricos es 16 años mayor que la de los países pobres. Conviene nacer y vivir en un sitio pudiente si se quiere llegar a los 100 años.

Sin embargo, cuando comparamos la cantidad de dinero por habitante o porcentaje del PBI que cada país destina a la salud podemos comprobar que un gasto mayor no se correlaciona con una mayor longevidad. Por ejemplo, EE.UU. gasta cuatro veces más en salud que Canadá y la esperanza de “buena vida” es dos años menor (70 y 72 años, respectivamente). Otra comparación, pero entre países pobres, Cuba destina la mitad del dinero que Etiopía y la expectativa de vida ajustada a invalidez es de 65 y 34 años respectivamente.

La cuestión no es sólo cuánto dinero se destina a la salud, sino cómo se invierte, en qué se gasta y a quiénes beneficia. En general, el 90% del gasto en salud se orienta al sector de prestaciones médicas (clínicas, medicamentos, tecnología), las que representan apenas un 10% en términos de esperanza de vida. Podríamos afirmar que así como el dinero no compra la felicidad pero cómo ayuda, tampoco compra la longevidad pero cómo ayuda. La humanidad es tremendamente desigual: las 85 personas más ricas del mundo tienen una fortuna equivalente a todas las posesiones de 3.500 millones de habitantes, la mitad de la población más pobre del planeta.

El índice Gini permite calificar igualdad en un país: cuánto más cerca de cero significa que hay mayor igualdad y si nos aproximamos a uno estamos cerca de la desigualdad extrema. Cuando correlacionamos el coeficiente Gini con la esperanza de vida, vemos que a menor desigualdad mayor longevidad. Esta observación destaca que la cantidad de dinero es tan importante como la forma en que se distribuye. Para esto es fundamental el rol de los organismos estatales, como instrumento del poder político.

En Estados Unidos la longevidad es menor a la de Canadá o España o Suecia, entre otros factores, por la menor participación regulatoria del estado en el sector salud. Cuando la atención de la enfermedad es una variable de rentabilidad del mercado de atención médica, y el ciudadano es un consumidor que depende de su poder adquisitivo, se establece la desigualdad y cae la esperanza de vida. Un ejemplo elocuente del rol del estado fue la trágica disminución de la expectativa de vida cuando cayó la Unión Soviética.

A fines de los ochenta la esperanza de vida rondaba los 70 años, disminuyó a 60 con la caída del muro, para recuperarse veinticinco años después, pasado el 2012. Esta curva se atribuyó a la pérdida del rol de los organismos estatales como reguladores y garantes de la salud, con el consecuente aumento de la pobreza y la desigualdad (índice Gini cercano a uno) que afectó los determinantes sociales que provocan enfermedad: la desocupación, el hambre, el tabaquismo, el alcoholismo, la drogadicción, la violencia y los insuficientes haberes previsionales.

Estas evidencias estadísticas que vinculan la salud con la política, la economía y el protagonismo del estado descubren que la esperanza de vida está afectada centralmente por la pobreza y la desigualdad. Ambas son consecuencia de la política y afectan la salud deteriorando el capital social. Los determinantes de longevidad, es decir, la biología humana (carga genética), el entorno con su estilo de vida (medio ambiente físico y social) y el sistema sanitario (organización y funcionamiento de los servicios de salud), vemos que la esperanza de vida se ve afectada en un 70 al 90% por estos dos últimos.

Es notable cómo aumenta la enfermedad y la mortalidad en los períodos de crisis, sean estos por catástrofes naturales (terremotos, incendios, tsunamis), hechos de violencia (guerras, terrorismo, inseguridad) político/económicos (debacles bancarias y financieras, inflación, monto de salarios y pensiones). O sea, cuando de manera abrupta se afectan los componentes que constituyen el capital social: las relaciones de confianza y cooperación (familia, vecinos, ciudadanos), la capacidad de asociación en organizaciones, el marco de normas institucionales, las conductas colectivas, la cantidad de instituciones sin fines de lucro, el nivel cultural general, las tradiciones, el folclore y los valores éticos que fomenta una sociedad como parte de su conciencia cívica. Todos elementos intangibles pero de enorme trascendencia en la cantidad y calidad de años vividos.

La relación entre capital social y esperanza de “buena vida” se observa de manera concreta en los comportamientos saludables (no fumar, alimentación equilibrada, actividad física), el acceso a los servicios básicos (agua potable, saneamiento, transporte, seguridad) y los procesos psicosociales (autoestima, respeto, proyectos comunes, cuidado del ambiente). Convivir en un entorno de equilibrio sustentable con la naturaleza y en sociedad con personas de hábitos saludables contagia larga vida para todos. La política como instrumento del bien común, debería tener como imperativo ético disminuir la pobreza y la desigualdad. Esta es la mejor estrategia de promoción de la salud para mejorar la esperanza y la calidad de vida de los adultos mayores.

 

Prof. Dr. Carlos Presman

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