Abortar y sobrevivir para contarlo: el testimonio de una docente universitaria cordobesa

Este miércoles será un día histórico en Argentina. Por primera vez se tratará en Diputados el proyecto de Interrupción Voluntaria del Embarazo. Aquí, una historia en primera persona.
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1 / 2 - "La instancia de la clandestinidad, el miedo, y el estigma fueron carcomiendo mis partes internas. Otras mujeres mueren". - Foto: archivo

Este miércoles 13 de junio, el proyecto de ley para la Interrupción Voluntaria del Embarazo será tratado por primera vez a la Cámara de Diputados para ser sometido a votación. 

A pocas horas de que comiencen las adhesiones o rechazos al proyecto impulsado por la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito, una docente universitaria cordobesa compartió con LA NUEVA MAÑANA los detalles de lo que implicó para ella abortar de forma clandestina.

"Comparto mi experiencia porque hay otras mujeres que no sobreviven para contarla. Y también porque aborté cuando tenía 16 años, y hay muchas adolescentes que, a pesar de los años que pasaron, están en la misma. Es urgente que quienes tienen la oportunidad histórica de votar y decidir, entiendan que la discusión es aborto legal o aborto clandestino", señala Inés.

A continuación, su testimonio completo:

Soy Inés, tengo 41 años, soy docente universitaria. Desde un principio quise hacerlo bien. Tenía 16, hacía unos pocos meses que me había puesto de novia así que fui al dispensario de mi barrio, Arguello, para que me recetara las pastillas. Fui con mi amiga, que estaba de novia con el amigo (como suele suceder a los 16), no recuerdo si era hombre o mujer el ginecólogo, pero ahí nos explicaron bien el método anticonceptivo del preservativo y el de las pastillas. Elegí las pastillas, claro. Total estaba segura que seríamos pareja estable y lo amaría hasta que la muerte nos separe. También porque no pensaba interrumpir el propio vértigo de la pasión ante la torpeza de ponerse un plástico que limitara la temperatura ni el sentir el viaje de su semen hacia dentro de mi cuerpo. Tenía 16 y el riesgo de las enfermedades de transmisión sexual no eran un tema para mí y mi joven novio.

Nunca conté con que ese método anticonceptivo requería disciplina y horarios, era muy distraída. Ya desde el segundo mes tomaba mal las pastillas, tenía olvidos, que intentaba remediar rápido y tomaba dos juntas.. me acuerdo esos circulitos rosas con puntos vacíos, las que tomaba y no.. y las que guardaba para arrancar el otro mes a ver de donde sacaba la plata.. –y ese si que era todo un tema para una seca como yo y que no pensaba que la anticoncepción era un tema de la pareja, de dos.  

Estaba terminando el cuarto año del secundario. Me llevaba desde hacía dos años atrás sistemáticamente 9 de 13 materias, había quedado libre ya una vez y sabía que sobre mi cabeza estaban las apuestas a ver cuándo quedaba fuera del sistema escolar. Yo confiaba que no había riesgo, en diciembre las sacaba todas, además que me era muy placentero reunirme con los iguales de todos los años y fumarnos un pucho con una coquita en el quiosco de Graciela, al frente del cole. Pero era siempre un borde. En medio de esa corrida, dispuesta a repetir el ritual de fin de año, llegaron el atraso, los nervios, el miedo, el test y las dos rayitas confirmando que estaba embarazada. En el cole había una chica más grande que ya se había hecho varios. Mi amiga me acompañó y hablé con ella, me pasó un número, la conversación de mediodía, estaba soleado, estábamos frente del cole, en las mesitas.

Ahí ya tengo un bache porque no recuerdo bien de donde sacamos la plata, si él la consiguió, como fueron esos días previos. Si cogíamos, si llorábamos, si que. Yo 16 y el 17 –capaz le robo al padre ahora que pienso o el novio de mi amiga también puso, ellos tenían buen pasar, nosotras no.

Del lugar donde aborté recuerdo que era angosto y oscuro el pasillo, una cama. Las paredes húmedas, una mujer angulosa, verde moho, distante. Era en barrio Providencia o al frente, Ducasse. Todo lo que rodea la clandestinidad era escena ahí: el horario, el trato, la espera. Fui entonces con mi novio, mi amiga, su novio y mi vieja. Estaba acompañada, éramos una cuadrilla sosteniéndonos.

Nunca dudé en hablar con mi madre. Mi familia es de mujeres laburantes, divorciadas y abortistas. Humanas y plagadas de estigmas. Eso lo comprendí muchos años después. En ese momento mi vieja para mí era una tilinga, despreocupada, desapegada que cada tanto tiraba la posta. Como en ese momento.

No me acuerdo de la intervención mucho, solo que cuando me desperté pedí ir al baño y me desmayé en ese pasillo frío, húmedo espantoso. Creía que lo peor había pasado pero llega después, en la aparente calma.

De las recomendaciones post intervención, me lanzó sólo una: si tomas mucho calor tenés riesgo de quedar estéril. Nunca entendí ni pregunté que tenía que ver el calor, el raspaje y la esterilidad. Pero el terror me devoró a partir de entonces. Siempre desee ser madre, gestar, la experiencia física de un cuerpo dentro, de que crezca, de sentirlo, solo que no quería ser madre en ese momento, cuando sabía que estaba al borde de todo (de la escolaridad, de la casa, de los vínculos, etc etc).

Desde ahí las semanas de reposo. La cuadrilla activa estaba esfumada en menos de una semana. No recuerdo la presencia de mi novio por esos días, que frecuentemente se deprimía en momentos de dudas y confusiones.

Mi cuartito estaba al lado de la cocina, era muy caliente, tenía techo bajo (desde ahí odio los techos bajos acabo de caer en la cuenta) y una ventanita –antes por donde me escapaba o dejaba entrar a mi novio-, ahora único contacto con un poco de aire. El ventilador puesto ahí, apuntando entre las piernas, como en una cruzada. Me sentía atravesando un desierto, sosteniéndome a mi misma para no caer en la desesperación del calor y cuidar ahí, mi entrepierna, mi fertilidad. Fue todo un enero, era una fiera encerrada en ese cuarto oscuro, húmedo y caliente.

No sé cuantas semanas/meses más duramos, antes de terminar mi quinto año ya no estábamos juntos a pesar del empeño y la pasión en nuestros “para siempre”. Prontamente, volví a enamorarme, de otra manera, con otros colores, intensa y profundamente y fue la sensación de sol y aire. Salí de la que era mi casa-infierno, comenzamos a laburar, entré en la universidad, en la militancia, estuve mucho en el campo, estudié, estudié, estudié y así me recibí.. tras casi diez años juntos decidí ser madre, tuve mi hijo.

Tiempo después, me di cuenta como esa experiencia, el lugar clandestino, los temores estaban guardados muy adentro y al mismo tiempo en la superficie. Nunca más abandoné la toma de pastillas anticonceptivas, sin descanso, razón por la que antes de ser madre tuve amenorrea –mi cuerpo no sangraba naturalmente-. Era como un castigo para mi siempre que había amado y honrado instintivamente mi menstruar, la sangre entre mis piernas me decía que estaba viva.

Después de parir, amamantar, separarme y rearmarme, tuve un carcinoma en el cuello del útero. Deje de tomar pastillas. Con mi hijo ya con tres años, una tarde pude contarles a mis amigas –todas tipas piolas, militantes y con conciencia de género- la experiencia. Nunca antes había podido nombrarla. Tome conciencia mientras hablaba que era la primera vez en años que lo contaba.

Hablar, contar, reconocernos. Tuve la información para saber donde ir, el dinero para pagarlo, mujeres en mi familia, lucidas, atentas que aligeraron el peso de la condena social. Y aun así, la instancia de la clandestinidad, el miedo, y el estigma fueron carcomiendo mis partes internas. Otras mujeres mueren.

En mi caso fallaron las pastillas. En otros se pincha un forro, es una violación o lo que fuere. El tema es que es un embarazo no deseado. Somos mujeres vivas, deseantes con proyectos, no receptáculos para procrear.

Legalizar el aborto es para mí abrazar nuestro derecho a la propia autonomía de elegir, optar por una maternidad responsable y plena, una sexualidad feliz, más allá de la clase, el lugar geográfico donde se viva y el tipo de familia donde nacemos. Para que ninguna otra mujer pase por casas, bisturíes, manos, cortes, ni extracciones clandestinas.

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