Agnès y sus amigos

Cultura & Espectáculos 17/04/2018 Por
En Visages Villages, la mítica directora francesa Agnès Varda y el fotógrafo JR recorren los pueblos de Francia para retratar a sus habitantes y espacios. Es un híbrido entre el documental, el ensayo en primera persona y el road movie. Se ve desde el jueves 19 de abril en el Cineclub Municipal.
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1 / 3 - - Agnès Varda junto al fotógrafo JR protragonizan este híbrido entre el documental, el ensayo en primera persona y el road movie

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Sé que va a sonar ridículo, pero tengo que decirlo: ¿pueden imaginarse lo que sería una televisión programada las 24 horas por Agnès Varda? ¿Pueden imaginarse pequeñas escenas de su vida que aparezcan sin parar en la pantalla? Agnès bailando, Agnès saludando a los vecinos, Agnès hablando con sus gatos; la experiencia del mundo deformada por los lentes de la directora francesa más emblemática y amorosa del último medio siglo.
El comienzo de Visages Villages, su última película codirigida junto al fotógrafo JR, adelanta algo de eso. Agnès Varda anda de acá para allá pintada como un dibujito. Lo cual me recuerda a esos programas de espíritu aventurero que podían verse por las mañanas en los canales infantiles de los ‘90. Esta película, un híbrido entre el documental, el ensayo en primera persona y el road movie, podría llamarse algo así como “El show de Agnès” o “Agnès y sus amigos”. Una odisea donde la directora y su compañero de viaje atraviesan los pueblos perdidos de Francia para reencontrar una cualidad extinguida: la capacidad de reconocer a los otros y de entenderse a uno mismo a través de ellos.

Agnès y JR, como una suerte de Batman y Robin humanizados, son el dúo de la justicia. Todo lo que hacen en Visages Villages abre grietas sobre las realidades que tocan. Quizás sean cambios sutiles y pequeños, pero el cine se redefine acá como un dispositivo de intervención: los directores recuperan historias de gente común en lugares olvidados, les hacen retratos, los imprimen sobre espacios públicos y filman todo el proceso. La cámara, ya sea de fotos o de video, es un aparato que permite crear imágenes diferentes de las personas. Pero no de cualquiera: son aquellos personajes tan comunes que nunca le interesarían a ningún noticiero. Y cuando los rostros de esos trabajadores, mujeres o pueblerinos se plasman sobre los muros de un lugar, la memoria colectiva se dispara. Lo que sucede ahí, en ese entramado de micro-historias, es posibilitado por el cine, nada más.

Visages Villages está llena de alegría por generar encuentros con esas personas desconocidas, pero también hay una ansiedad que aparece latiendo a patadas, por debajo del entusiasmo. Una de las líneas dramáticas que se reiteran está relacionada con la enfermedad ocular de Agnès, que arruina cada vez más su visión. Y es ese miedo, el de dejar de ver y el de olvidar, lo que parece movilizar la pulsión por filmar. No se trata, en ese sentido, de un registro objetivo o distante de los pueblos y del trabajo que hacen los directores. Por el contrario, los acontecimientos son filtrados a través del carácter subjetivo del montaje y las voces en off de Agnès y JR, quienes narran el relato. Es esta búsqueda la que transforma el film a imagen y semejanza de la personalidad extraña, pícara e impredecible de la realizadora francesa. Por momentos incluso llegamos a ver el mundo borroso como si tuviéramos su enfermedad, la señal más clara del punto de vista predominante en la película. No es que JR permanezca ausente o sea menor, pero me animaría a decir que Visages Villages se engendra desde el deseo de Agnès por establecer un diálogo: con sus recuerdos, con la gente de los pueblos y con JR, como representante de una generación más joven.

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Todo lo que sucede de ahí en adelante podría pensarse, en algún punto, como un experimento que juega con los límites del cine. Esto resulta particularmente pertinente cuando Agnès, a pesar de llevar casi 70 años filmando películas que transformaron el paisaje cinematográfico, admite que le cuesta conseguir financiamiento. Dice que está cansada de perseguir productores y que a veces prefiere crear obras para museos. Y esta película parece, por su carácter dinámico y abierto, una pieza de arte contemporáneo donde se hacen porosas las fronteras entre el cine y la fotografía, el documental y la ficción, la observación y la intervención, lo personal y lo colectivo.

Lo que hace todavía más conmovedor a este film es su relación con la obra entera de la directora. Desde La Pointe Courte hasta Visages Villages, la coherencia está en su mirada. Se trata de un gesto afirmativo que no se cansa de observar con amor y convicción a aquellos personajes que la sociedad castiga: mujeres feministas, vagabundos sin techo ni ley, pobres que recogen la basura, parejas confundidas y trabajadores. Visages Villages podría pensarse de hecho como una continuación del documental Las Playas de Agnès, donde la realizadora llevaba adelante un ensayo autobiográfico. Pero ahora la historia personal de Varda se mezcla más que nunca con otras vidas (la de JR o la de los pueblos rurales de Francia).

La potencia de esa generosidad incondicional habita toda la película. Es como un abrazo contra las miserias de la humanidad, que acá no tienen lugar en pantalla. El punto de vista subjetivo instituye un mundo paralelo, casi utópico: éste es el “Universo Agnès”. Sucede como en Cleo de 5 a 7, su hermoso film de 1962, donde la protagonista sobrelleva una crisis hipocondríaca con el arte. Pasa por una proyección de cine, un taller de escultura y un ensayo de música. Con Visages Villages, la directora vuelve a renovar ese contrato: el cine es un arma de supervivencia.

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