Crecer, crecer... con la pelota y más allá de ella

Entrevistas 04/04/2018 Por
Franco Quiroga superó barreras para llegar a ser futbolista. Lo logró y también se puso a estudiar; llegando a poner hoy su propia empresa. “En Instituto me educaron”, dijo el ex zaguero de la Gloria.
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1 / 3 - - "Cansado de amndar de un lado para otro y que no te paguen, decidí ponerme a trabajar de otra cosa y seguí avanzando".

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En Cruz del Eje vivía junto a su familia en un galpón de los ferrocarriles. Aunque las oportunidades parecían lejanas, y las carencias aumentaban, a Franco Quiroga jamás le importó. Forjó ilusiones, sueños y no se quedó en eso, trabajó por lograr lo que quería.

Cierta vez siendo un niño de 13 años fue visto por gente de Rosario Central en un torneo en La Cumbre, se destacó y lo invitaron a una prueba. Lo vio el “Negro” Palma, quedó, pero no le dieron algo vital: lugar donde hospedarse. Tremenda desilusión en el pibe que junto a su familia habían ahorrado para hacer aquel viaje a Rosario. Sin embargo, no se quedó con la bronca del ingrato momento. Es que rendirse no estaba en sus planes. Cuando regresaba a su pueblo se bajó en la Terminal de Córdoba. Había visto en el diario que había una prueba de juveniles en Instituto. Entonces, junto a su papá, se tomaron el colectivo 33, que en aquellos tiempos iba hasta el barrio Jorge Newbery. Llegó al predio La Agustina con su botinero y lo recibió Ernesto Corti. “Me vengo a probar”, le dijo ocultando todo temor. Y tras varias prácticas, quedó. La sonrisa era única para el morocho de ojos achinados. Pero antes de aceptar solicitó, con ese ímpetu de marcador central, que por favor le dieran un lugar donde poder dormir. Fue a la pensión en la calle Sarachaga y allí, siendo un adolescente, comenzó su historia futbolera con la “Gloria”.
Su nivel era destacado desde la defensa y por eso no sorprendió que con 17 años ya entrenara con el plantel profesional. Pero no era cualquier plantel, siendo un pibe practicaba con el último equipo de Instituto que logró un ascenso. “Me acuerdo que era imposible parar a Raymonda o al Kily Peralta”, rememora en diálogo con LA NUEVA MAÑANA.

El “Percha” fue una grata aparición defensiva en Instituto. Con 19 años, Héctor Rivoira lo hizo debutar el 3 de octubre de 2004 en el torneo Apertura de Primera División. Una lesión lo alejó de las canchas por mucho tiempo. Justo en ese momento había ingresado al club una propuesta del Yokohama Marinos de Japón para comprar al jugador en una cifra increíble. Una serie de idas y vueltas frenó la negociación y la lesión poco ayudó. Se recuperó, volvió a jugar en la “Gloria”, en la B Nacional, pero al tiempo quedó libre. El fútbol y sus caminos inesperados lo llevaron a hacerse un nombre en Santiago del Estero, donde jugó en Central Córdoba, Unión Santiago y Güemes. Anduvo por Sportivo Patria de Formosa y jugó una temporada en la Primera División del fútbol paraguayo con la camiseta de Tacuary FC. Y también en Bahía Blanca. En Villa Mitre volvió a tener un muy buen nivel.
Sin embargo, no todo en el fútbol brilla y menos en los torneos Federales, donde la paga no siempre es muy buena y mucho menos al día.
Entonces, Franco Quiroga tomó una decisión.

- ¿A qué te dedicas ahora?
- Empecé a estudiar refrigeración, instalación de aires acondicionados, después con el tiempo fui teniendo más conocimiento y me empezó a gustar. Entonces me puse a estudiar electrónica. Soy técnico electrónico. También estoy matriculado para instalar aires acondicionados. Hago mantenimiento en cines, galerías, shopping... GF Refrigeración se llama la empresa. También estoy con alarmas, seguridad.

- ¿Y cómo empezó?
- Mientras jugaba. Me empezó a gustar y me puse a estudiar. Cuando tenía libre, me ponía a hacer prácticas. Empecé a probar y, ya estaba cansado de algunas cosas del fútbol, busqué aprender más.

- ¿Cansado de qué?
- De viajar, de andar de un lado para otro y que no te paguen. Decidí ponerme a trabajar de otra cosa, y seguí avanzando. El futbol es corto y hacía mucho tiempo que estaba renegando, con clubes que no te pagaban. En el Federal A son equipos difíciles y a la hora de cobrar también. Me gustó el trabajo y lo vi como una alternativa. Sabía que en algún momento iba a dejar el fútbol.

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- ¿Hace cuánto que te dedicas a este rubro?
- Y hace bastante, desde que fui a Bahía Blanca, cuando estaba en Villa Mitre (2012-2013). Empecé con un ingeniero, que hace mantenimientos en cine, shopping, edificios, y fui profundizando conocimiento. Y ahora me estoy largando solo. Crecí desde abajo y estoy sumando clientes. Estoy en barrio General Bustos. Me vine acá, porque estoy cerca de la cancha de Instituto, tengo muchos amigos en esta ciudad y me siento cómodo. Trabajo y estudio.

- ¿Y el fútbol dónde quedó?
- No, tuve llamados, pero ya está. Me llamaron de Villa Mitre, para jugar en el Argentino A. Pero tengo un hijo en Santiago del Estero y me quedaría muy lejos por los viajes. Trasladarse de una ciudad a otra por un año es quilombo. Decidí quedarme en Córdoba. También tuve un llamado de Deportivo Colón de Colonia Caroya, después de un equipo de Oncativo, de Río Primero, de varios clubes del Federal B. Pero ya opté por este trabajo.

- ¿Te fue difícil decir que ya no jugás más?
- No fue difícil, porque estoy bien con mi trabajo en la refrigeración. Y me está yendo bien. Además, estaba cansado de los viajes y que no paguen al día. Es muy bonito jugar en el Argentino A, porque hay estadios donde jugas a cancha llena. Es hermosa la experiencia, pero ya con 32 años tengo que apuntar a otro lado. Le perdí el gusto también. Ahora estoy feliz y quiero salir adelante con esto que estoy haciendo.

- ¿Dónde estabas cuando dejaste de jugar definitivamente?
- En Güemes de Santiago del Estero. Estaba jugando el Argentino A. Dejé de jugar ahí, había tenido un buen paso, porque habíamos ascendido, salido campeones. Tengo muy buena relación con la gente de allá. Me retiré ahí, ahora juego al fútbol los miércoles con ex compañeros, juegan el “Loro” Arrieta, el “Zurdo” Bustos, el “Facha” Capdevila, varios ex jugadores se suelen juntar. Pateamos y comemos el asado.

- ¿Y qué balance haces de lo que fue tu carrera como futbolista?
- En Instituto arranqué muy bien, en las inferiores era un jugador que apuntaba alto, me decían que era una de las promesas del club, alcancé a debutar en Primera con 18 años. Después tuve la posibilidad de ir a Japón. Las negociaciones salieron mal y tuve que volver al club. Tuve una ruptura del cruzado en la rodilla y eso es como que frenó todo. Tuve que arrancar de nuevo, lo volví a hacer en Instituto con “Teté” Quiroz, con “Vitrola” Ghiso y el “Chavo” Anzarda tuve varios partidos. Después te cansas, porque te traían como 15, 20 jugadores que siempre tapaban a los jugadores del club. Eso, con el pasar de los años, te daba bronca, rabia; y me fui a clubes del argentino a, también anduve por Paraguay y me sentí muy valorado y reconocido ahí. Pero los colores de Instituto siempre me tiraron. Yo me crié en el club y lo quiero.

- ¿A propósito, a qué edad llegaste a Instituto?
- A los 14 años llegué al club. Estuve en la pensión de la calle Sarachaga, viviendo con el “Flaco” Boyero, Juan Morbidoni, con varios chicos. En ese tiempo también estaba Dante Lupo. Yo era de los más chicos. Y viví mucho tiempo. Es más, después de debutar en Primera me quisieron llevar a un departamento al centro, pero yo me quise quedar en la pensión. Ahí me sentía cómodo, seguro y tenía el club cerca.

- Viste las cosas hermosas, las buenas, y también las feas que tiene el fútbol... ¿Te fuiste decepcionado del fútbol?
- No, yo me fui feliz. Cuando vine a Córdoba, llegué sin nada. Sin nada. No tenía ni un cospel, me iba a entrenar en bici, a veces caminando, porque no tenía nada. No tenía la educación que me dieron en el club. En Instituto me educaron, por medio del deporte, a respetar a las personas. Me enseñaron a manejarme en la vida, con códigos, respeto. Soy un agradecido a Instituto, al futbol, por eso. Porque me enseñaron a ser lo que soy hoy como persona, es lo más importante. Me dieron educación, me comí retos también, enseñanzas de Raúl Tobares, de Santos Turza, cuando me tenían que pegar un tirón de oreja, lo hacían, y a mí me quedaron. El “Tanque” Rojas, el Ernesto Corti, ellos me enseñaron en la vida. El fútbol me enseñó mucho. Y sigo yendo a la cancha, sigo bancando a Instituto y me siento parte todavía.

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El orgullo por el trabajo

El fútbol es un juego que sirve como excusa para narrar diversos acontecimientos y sensaciones de la vida. Este deporte, tan castigado muchas veces, provoca reflexiones y análisis para el acontecer diario. “Yo no tenía plata y la única forma de poder surgir era entrenando y entrenando. Y entrenaba como un animal. Estaba todo el día en el club. Comía fútbol, vivía fútbol. Y me fui ganando la pensión, después la comida, luego una beca, hasta que hice mi primer contrato”, expresa Quiroga mientras va finalizando la charla. Y, a propósito de cierre, el ahora técnico electrónico, reflexiona: “Yo vivía de chico en los galpones del ferrocarril. Vaya a saber cómo hubiese sido después para mí sino venía a jugar a Instituto. Tal vez, como están algunos amigos hoy, que están mal, en la droga, en la cárcel, porque salimos de un barrio humilde. Lo único que lamento de no haber llegado más lejos es no ayudar más a la familia, ahora están viejitos, pero son cosas del fútbol. La suerte la tenés que buscar, trabajar. Yo la busqué hasta donde no pude, tengo la frente en alta que puse lo que pude, no me guardé nada. Y para no seguir yendo de un club a otro, preferí retirarme así y buscar otro trabajo, en el que estoy orgulloso”.

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