Es veterano de Malvinas y asiste a escuelas rurales: “Teníamos que volver al combate”

Sociedad 03/04/2018 Por
En 2005, un grupo de ex combatientes se reunió y creó "Malvinas por la Educación". Hoy, la ONG trabaja con los pueblos originarios del norte cordobés.
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Por: Consuelo Cabral - [email protected]

El 2 de abril de 1982, hace 36 años, Raúl Fernando Arias hacía 12 meses y chirolas que estaba en la Armada Argentina. En el sorteo anual de 1980 su nombre había salido entre los seleccionados para hacer la ‘colimba’. Pero Raúl no quería hacer el servicio militar obligatorio y pidió una prórroga de un año con la excusa que le daba el haberse inscripto como estudiante universitario en ingeniería, en la Universidad Nacional de Córdoba. Durante esos meses Raúl no fue a la facultad. Nunca le había gustado leer y menos estudiar. Ese tiempo se dedicó a manejar un taxi por las calles de la ciudad de Córdoba. Era grandote, siempre lo fue, y su cuerpo morrudo se resistía a pasar tantas horas en un espacio tan pequeño, por lo que cumplido el plazo de prórroga, y sin demasiadas vueltas, juntó sus cosas y partió a cumplir con el servicio militar obligatorio.

Fue el título de técnico en electrónica, obtenido de su paso por el IPET 247 Carlos Cassaffousht, el que determinó su suerte. “En la Armada si sabías de electrónica podías formar parte del equipo de comunicaciones y a diferencia del servicio, te pagaban un sueldo. Algo así como 30 mil pesos de ahora. Cuando me lo ofrecieron no lo dudé, no pensaba estar un año echando huevo. Entré como cabo primero, arreglaba los equipos de comunicación. No conocía el mar, no tenía idea de cómo era, pero necesitaba la plata”. Un par de días después, Raúl ya formaba parte de la Escuela de Mecánica de la Armada, instalada en la Base Naval Puerto Belgrano, y vivía con dos compañeros en la ciudad de Punta Alta. Uno de esos compañeros se llamaba Raúl Leguizamón y fue una de las 642 víctimas fatales que se cobró la última locura sanguinaria de la dictadura cívico militar, en aquellos años con Leopoldo Fortunato Galtieri a la cabeza.

La guerra en primera persona

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“En 1982 yo ya había jurado la bandera y podía volverme a casa o seguir. Estaba en esa disyuntiva. Y elegí quedarme. Había aprendido mucho, tenía obra social, un buen sueldo y no entendía nada pero nada de lo que estaba pasando. Era el más boludo de todos”. Raúl cuenta que fue justamente Leguizamón quien le dijo de la guerra. “Llegué a nuestro bulín, así le decíamos al lugar donde vivíamos, y lo encuentro con mi ropa puesta. Entonces le preguntó ‘qué te pasa porteño de mierda que tenés mis cosas’. Y me responde ‘alguien se tiene que quedar con esto, vos te estás yendo a la guerra’. Y después, mirá las vueltas de la vida, él fue uno de los caídos”. 

El segundo momento en que Raúl entendió que “todo se había ido a la mierda” fue cuando estaba embarcando en el ARA 25 de mayo, el buque portaaviones de la Armada Argentina, una mole de 13 pisos, desde la cual despegaban aviones caza y de ataque, así como también helicópteros, y que dio cobertura aérea al Operativo Rosario. “Ese día me acuerdo que éramos cerca de mil los tripulantes. Yo estaba en una fila recibiendo provisiones de carga, alimentos, ropa, y de en una de esas me empiezan a pasar cajas con bolsas para cadáveres. Eran cajas y cajas de bolsas. No sé cuántas habré contado. Un rato más tarde, pasamos de ser mil a más de dos mil tripulantes”.

Raúl recuerda que las guardias de seis horas eran extenuantes. El portaaviones era perseguido por los británicos tanto como el ARA General Belgrano. Sin embargo, el miedo sumado al sueño, al frío y al cansancio, hacía que al activarse las alarmas de peligro, Raúl ya ni siquiera atinara a ponerse el casco y el chaleco salvavidas. “Eso fue el 1 de mayo, uno de los días más terribles de todos los que pasamos en el Atlántico. Los ingleses nos persiguieron durante todo el día y nosotros teníamos la orden de hacer despegar los aviones en la oscuridad, con un mar planchado, con el que no se podía generar una situación de despegue, era casi imposible, pero finalmente lo logramos. Al otro día, el 2 de mayo a las 4 de la tarde, Raúl y la tripulación del 25 de mayo se enteraron que se había perdido la señal con el crucero Belgrano. Del otro lado del Atlántico, Margaret Tatcher había dado la orden de hundirlo. El submarino nuclear Conqueror lanzó tres torpedos, de los cuales dos impactaron en el buque argentino, provocando la muerte de 323 personas.

Dos semanas después del hundimiento del Belgrano, Raúl y la tripulación del 25 de Mayo volvieron a Puerto Belgrano, en Punta Alta. “Cuando volvimos sentía que le había quedado debiendo algo a la gente, al país. Como si no hubiéramos podido cumplir eso que fuimos a hacer. Pasaron muchos años en los que fuimos estigmatizados. Decíamos que éramos veteranos y nos miraban como si estuviéramos locos. En mi caso, me costó muchísimo conseguir trabajo. Vendí de todo, zapatos, gas, tuve una ferretería, se me fundió. Después aprendí el oficio de soldador y me hice radioaficionado. Hoy vivo gracias a la pensión que tengo por haber peleado en Malvinas”.

Malvinas por la Educación

Durante muchas noches, Raúl tuvo un mismo sueño. Estaba en el desierto y de repente aterrizaba frente a él un paracaidista. Del otro lado, venía un hombre, “un beduino tal vez”, corriendo, apuntándole al paracaidista. Él no podía distinguir quien era camarada y quien enemigo. Esas noches se despertaba transpirado, salía al patio y fumaba hasta que amanecía para no volver a sentir esa desesperación.

Muchos de sus compañeros sufrieron además de sueños desesperados, depresiones profundas, internaciones psiquiátricas e intentos de suicidio. “No tuve ningún amigo cercano que se haya matado, pero algo que ha pasado y sigue ocurriendo. Tenemos más de 350 veteranos que se han quitado la vida. También se han sumado suicidios de familiares de veteranos, como ser sus esposas e incluso sus hijos”.

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Fue en esa búsqueda de “volver al combate”, al lugar que lo marcó a fuego estando en el agua, que junto a otros veteranos decidieron “comenzar a pelear ahí donde nadie va”. De esa manera fue que en el 2005 surgió Malvinas por la Educación, una ONG que hoy reúne a 50 personas, entre ex combatientes y “ciudadanos comunes”. A través de una feria que realizan el tercer sábado de cada mes en Mendiolaza, la fundación reúne fondos para autogestionarse y comprar útiles escolares, juguetes y medicamentos, que llevan a escuelas rurales del norte cordobés. Así es que llevan 13 años ayudando a familias, muchas de ellas pertenecientes a pueblos originarios, de forma solidaria e intentando de alguna manera “concluir con esa misión que fuimos a cumplir hace 36 años atrás: la de pelear por nuestra tierra, nuestra bandera y nuestro pueblo”.

Homenaje de la Cooperativa de Trabajo "La Mañana de Córdoba" a quienes lucharon y cayeron en la Guerra del Atlántico Sur.


A Daniel, un chico de la guerra

Alberto Cortéz

A mí los dieciocho
me pasaron de largo,
estrenando opiniones,
intenciones y cantos.
Como todos los chicos,
con el puño cerrado
y en las puertas abiertas
el futuro esperando.

Al tuyo, bruscamente
te lo desamarraron
y te hiciste a la niebla
en el mar del espanto.
Encallaron tus sueños... Daniel
en la turba y el barro.
Fue la muerte bandera...
y la vida un milagro.

Lo mío fue distinto... Daniel...
lo mío no fue nada.
Yo no tengo esa sombra...
que vaga en tu mirada.

Mi batalla fue el riesgo
de un machete escondido
y mi pozo de zorro,
un amor y un olvido.
Mi fusil, las pintadas
en los muros vacíos
y el morir por la Patria,
un discurso florido.

Tu excusa de ser hombre:
algo más que el motivo
de la barba y el porte
y el salir con los amigos,
fue volverte habitante... Daniel
de la lluvia y el frío;
asumir el naufragio
con los cinco sentidos.

Lo mío fue distinto... Daniel...
lo mío no fue nada.
Yo no tengo esa sombra...
que vaga en tu mirada.

Mi asunto fue un asunto
de madre preocupada
que no fuera muy tarde
el regreso a la casa.
De domingo a domingo
me peinaba las alas,
sin andar cada jueves
reclamando su alma.

La tuya, sin embargo,
agotaba hasta el alba
las escasas noticias
de las islas lejanas.
Un indicio cualquiera... Daniel
un rumor que saltara,
por pequeño que fuera...
era ya la esperanza.

Lo mío fue distinto... Daniel...
lo mío no fue nada.
Yo no tengo esa sombra...
que vaga en tu mirada.

El tiempo irá trayendo
la amnesia inexorable.
Habrá muchas condenas
y pocos responsables.
Dirán que fue preciso,
dirán, “”inevitable””,
y al final como siempre
será Dios el culpable.

La historia necesita
en sus escaparates,
ocultar el trasfondo
de tanto disparate.
No es tuya la derrota... Daniel
no cabe en tu equipaje,
¿Acaso las gaviotas...
otra vez en el aire?

Lo mío fue distinto... Daniel...
lo mío no fue nada.
Yo no tengo esa sombra...
que vaga en tu mirada.”

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