Los muñecos de plástico no dicen “te quiero”

Cultura & Espectáculos 08/01/2018 Por
Un nuevo año, un Woody Allen de estreno: La Rueda de la Maravilla, el filme más reciente del director neoyorquino, une a Kate Winslet y Justin Timberlake en una puesta donde todo parece falso e histriónico.
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Por: Iván Zgaib - Especial para La Nueva Mañana

Son los años 50, afuera hace calor y las personas actúan como si no estuvieran tristes. Pero La Rueda de la Maravilla comienza con uno de sus momentos más honestos: Justin Timberlake convertido en un salvavidas, malla de cuerpo entero apretada y pelo pegoteado en gel, mira directo a los espectadores. “Al ser un dramaturgo, me gustan el melodrama y los personajes más grandes que la vida”, dice con entusiasmo. Y lo que sigue en el nuevo filme de Woody Allen es más o menos eso: una clásica historia de deseo truncado teñida de tragedia y emociones exageradas.

En el parque neoyorquino de Coney Island vive Ginny (Kate Winslet), una mujer frustrada que pasa el verano limpiando mesas en un bar, peleando con su marido violento y evitando que su hijo piromaníaco prenda fuego la ciudad. Algo de su vida podría cambiar cuando empieza un romance oculto con Mickey (Timberlake), personaje que asume el primer guiño meta-ficcional de la película: su voz en off y sus monólogos ante la cámara lo convierten en un narrador que a veces es omnisciente, en otros momentos partícipe y sobre la mitad desaparece y deja que el registro de Allen se encargue de avanzar la historia, desnudando la inconsistencia del recurso narrativo. Pero cuando Mickey anuncia los personajes y la historia sin disimular su carácter ficcional, La Rueda de la Maravilla pone al frente su eje dramático: es la tragedia de personas insatisfechas que se convierten en actores de sus propias vidas.

La puesta en escena del filme es, en ese sentido, insólitamente expresionista para Allen aunque acorde a lo que sucede a sus personajes. Se trata de un juego de filmaciones coreografiadas donde los protagonistas entran al plano de manera calculada, como si fueran actores moviéndose desde las bambalinas invisibles hacia el centro de un escenario teatral. Lo que vemos ahí es puro artificio: un espectáculo de luces esquizofrénicas transforman el parque de diversiones en un recurso expresivo de la fotografía. El brillo que se desprende de la rueda de la fortuna baña la imagen y cae sobre el rostro melancólico de Kate Winslet, mientras la relación entre las siluetas y el fondo hace ver a todos los personajes como figuritas pegadas a la fuerza sobre un álbum viejo.
Incluso los efectos especiales hechos en croma se ven tan falsos que uno se pregunta si están mal realizados o si fue una decisión estética adrede. La Rueda de la Maravilla, con su apariencia artificial, hace del espacio cinematográfico una casa de muñecas de plástico diseñada para personajes que sueñan con ser actores o poetas. Lo que les toca interpretar es, mal que les pese, un libreto en el que no creen: el de una vida tan forzada y armada como los sets y puestas de cámara que diseñan Woody Allen y sus colaboradores.

Esa conjugación entre contenido y forma da lugar a pasajes interesantes, pero la película nunca termina de soltarse de un guión lleno de obviedades: en el fondo, La Rueda de la Maravilla responde al principio dramático de Mickey, el salvavidas que entiende que la poesía es mejor cuanto más grande y desbordada sea. Es una regla que desconoce las sutilezas y apuesta al subrayado, al griterío constante y a las declaraciones neuróticas incesantes; un código que podría funcionar si el filme no utilizara a los personajes para explicar sus propias intensiones. Hasta la pobre Kate Winslet, que lucha por lograr alguna verdad emocional en medio de tanto armado, queda envuelta en diálogos previsibles.

Que la película esté ambientada en los ’50 responde a una marca que se reitera en varias películas recientes de Allen. La época dorada de Hollywood en Café Society y la Francia de los ’20 en Magia a la luz de la luna son algunos de los ejemplos que parecen dotar a sus filmes de cierta nostalgia, lo cual no deja de señalar cuan anticuadas pueden ser verdaderamente. Como su protagonista soñador de Medianoche en París, Woody Allen se aferra a un tiempo pasado donde el universo sigue siendo ese lugar en el que se mueve cómodamente. Pero en La Rueda de la Maravilla todo parece sin vida. No importa qué tan alto sigan gritando sus criaturas confundidas: ya entendimos que estamos atrapados en sus casitas de plástico donde nada es verdadero.

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