Tatuajes en Córdoba, esa moda permanente

Sociedad 24/11/2017 Por
En nuestra cultura, pigmentar la piel nunca fue una práctica tan generalizada como ahora. Para algunos responde a una cuestión puramente estética, para otros, un estilo de vida. Un oficio de antecedente marginal que en Córdoba también dio un salto a la masificación.

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“A mí me gustaban tanto los tatuajes que me fui a Río de Janeiro exclusivamente para tatuarme”, cuenta Alejandro Baldevenito evocando fines de los años ochenta y agrega: “De allá volví con una calavera, una serpiente y la idea de un universo que me fascinaba”.

Alejandro es tatuador y cuenta la historia apoyando los brazos sobre el mostrador de Sanctuary, su local de tatuajes que funciona desde hace 21 años y ahora está en la Galería Paseo de la Ciudad en el centro de Córdoba. Trabajó en la revista Piel, donde se dedicaba a escribir sobre el universo del tatuaje y desde hace algunos años organiza seminarios de formación en la técnica. Actualmente es el organizador de Expo Tattoo Córdoba, que tuvo su tercera versión durante hace unos días y del cual participaron 60 tatuadores de Argentina y otros países latinoamericanos.

“Cuando me metí en esto, en el ‘92, conocí a Cacho, el “Boli”, que fue uno de los primeros tatuadores en Córdoba. En esos años, también había un pibe que tatuaba a mano y pegaba cartelitos en la calles para promocionarse. Yo nunca llegué a conocerlo, pero también fue, con sus mensajes en los postes, una de las primeras personas que acá se dedicaba al tatuaje en esa época.

También hay que gente cómo René al que bautizamos “Skeletor”, que sigue trabajando en la Galería Planeta, o Jerónimo, que para mí pertenecen a la avanzada de tatuadores en Córdoba y han permanecido en el tiempo. Muchos de los chicos nuevos que tatúan ni siquiera saben quiénes son, como tantos otros que siguen tatuando, ni lo que significan para todos los que nos iniciamos en esto cuando era tremendamente difícil acceder al material y a la información”.

Entre los pioneros locales también está “Beto”, a secas, cuenta Alejandro y señala que “es mejor olvidarse de él porque hizo desastres. En su caso, no era prueba y error porque todo lo que hizo Beto era error y por suerte dejó de tatuar. Mucho de los tatuadores viejos, que incluso ya no están en la ciudad, tienen trabajos de Beto y ahora, después de tantos años, tener un “auténtico Beto” en la piel es algo muy bueno porque es parte de la historia cordobesa”.

Para Baldevenito, desde aquellos años hasta ahora, muchas cosas cambiaron, acceder a los materiales y la información, no es tan problemático. “Hoy cualquier pibe que quiere tatuar, se compra una máquina y lo hace, hoy algunas ni siquiera tienen cables y muchos ven en esta actividad tan popular estos últimos años ese aspecto comercial: “Está de moda, tatúo y gano guita” y así vemos desastres. Quizás nuestra responsabilidad es formar y no transmitir los vicios de aquella etapa donde había que ingeniárselas”.

Históricamente, el oficio de tatuador siempre fue egoísta, se enseñaba de uno a uno, y todo dependía de las ganas del que sabía. Quizás tenga que ver con ese origen donde todo costaba, donde la información llegaba en retazos y cuenta gotas pero hoy es distinto.

“En Córdoba muchos pibes la pasaron mal porque querían ser tatuadores y cuando pisaban una tienda, si caía mal, nadie le daba lugar. Ahora no podemos estar cerrados porque la apertura es necesaria. Necesitamos crear la cultura del tattoo, la idea es tener conocimiento de los estilos de saber quiénes son los referentes y estar empapado de esa información”, explica el tatuador.

¿Qué es lo que convierte a un tatuador en alguien talentoso?

“Para mí son dos cosas, primero la imaginación que tenga el tatuador y segundo cómo hace para llevarlo de su cabeza hacia la piel. Depende de la visión de cada uno pero es importante entender qué es lo que se está haciendo”, explica Mar Bustos, que se especializa en la técnica “Full color” y trabaja en La Unión, un local que comparte con otros colegas en barrio Güemes.

“Me fui especializando en colores porque cuando empecé, nadie quería hacer acuarela donde yo trabajaba, así que aprendí y luego fui incorporando otras cosas, también hago “Black work”, que se trata de trabajar solo el negro sobre la piel”, comenta Mar mientras dibuja con lápiz la próxima pieza por hacer en su trabajo: una flor de loto.

Mar tiene 27 años, y comenzó a tatuar hace cuatro años, luego de tomar clases de pintura mientras trabajaba como recepcionista en el estudio Buena Vida. “Al principio no me animaba, tenía mucho respeto por la gente con mucha trayectoria que hacía esto pero fui aprendiendo, practicando. Sobre todo eso, esto es un oficio de práctica y eso se aprende en un estudio, compartiendo con otros colegas”, explica la joven y agrega: “Me encontré con gente que recién empieza y tatúan en su casa o sólo van a un estudio por algunos meses. Claro que es más barato, más práctico pero si un tatuador no hace contacto, no observa, es muy difícil que estando solo pueda resolver ciertas cosas de la técnica del tatuaje”.

En Argentina la práctica del tatuaje existe casi en un vacío legal, los controles son mínimos. “Hay una serie de aspectos como la cuestión sanitaria, es importante pagar residuos patógenos, no tirar los desechos a la basura común porque manipulamos agujas, estamos expuestos constantemente al contacto con la sangre. En otros países, un tatuador que trabaja en su casa puede ir preso”, relata la tatuadora.

Si bien no existen datos oficiales en Argentina, según la Asociación de Tatuadores y Afines de la República Argentina, en 2016 estimaba que unas 3000 personas se tatuaban o perforaban por día.

Andrés Ruiz no es tatuador pero participó en una convención del rubro y ganó el primer puesto con el tatuaje que lleva en la espalda. “El ave fenix, fue algo que siempre me atrajo, me gusta lo que representa pero para mí no tiene ninguna carga personal profunda, es estético. Fui a Amílkar donde trabaja gente que se especializa en distintos estilos. Allí, Mati, uno de ellos, le gustó la idea y me propuso hacer una pieza completa para participar en una convención en Buenos Aires y acepté".

Para concursar, el tatuaje de Andrés ocupó dos o tres sesiones por semana, de una o dos horas durante tres meses y los detalles se ultimaron in situ, mientras un jurado debatía.

“Un día trabajaba sobre un pedazo luego otro mientras la primera parte cicatriza. Una vez hecho hay que usar mucha crema para quemaduras. Sin dudas, es importante primero hablar con el tatuador porque de acuerdo a lo que querés hacer ellos pueden asesorarte según la forma de tu cuerpo para que al final no te quede una calcomanía”, relata Andrés.

Los diseños de tatuajes son tan personales, que el abanico es enorme, algunas personas los eligen por un significado en particular, otros porque los lleva un famoso o se lo vieron a alguien. También hay modas, y cualquier tatuador puede recordar cuál fue la pieza más tatuado por sus manos: “Una vez hice nueve corazones, uno atrás del otro, era una grupo de amigas. El símbolo del infinito, las plumas y los corazones fue lo que más dibujé, cuenta Mar Bustos, que tampoco olvida el primer paso.

“La primera vez que hice un tatuaje fue a mí misma, arriba del tobillo, era un gatito”, dice Mar mientas levanta la pierna para señalarlo. “¿Viste?, tiene un trazo grueso, y en la primera línea se nota cuánto me temblaba el pulso”.

De ese primer diseño a ahora, Mar Bustos ya perdió la cuenta de cuántos tatuajes se hizo. “Hay algo fascinante en tatuarse, quien tiene uno, seguro piensa que podría hacerse otro” y el dolor, que nadie niega, es una parte más de la acción.

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