Neymar y Cavani lo saben: el vestuario no es un paraíso

Deportes 04/10/2017 Por
En un vestuario, comparten espacio tipos que ni se hablan, a veces. O que son tan diferentes que sólo están vinculados por el fútbol.
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- Siempre hubo roces. Adentro y afuera, porque no existe la perfección en las relaciones humanas. Menos, en un ámbito en el que el orgullo anda por las nubes y cotiza, incluso, más que el dinero.

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“No es necesario ser amigos, sino compañeros. En mi época, ¿sabés las veces que los jugadores nos peleábamos y no se enteraba nadie? Los titulares siempre fajaban a los más chicos y ahí nomás se tiraban unos chirlos… Pero ahora, con tantos periodistas atentos a los chusmeríos y que conocen poco del juego, estas cosas llenan espacios”.
El autor de la reflexión no se presenta como “ex jugador”, aunque jugó unos años en las ligas menores mientras soñaba con las mayores. Dice que aprovechó su paso por las canchas (por ésas canchas) para aprender. Sus palabras terminan siendo una ventana abierta, que permite la entrada de un poco de aire puro en el maltratado análisis de lo que pasó entre Neymar y Edinson Cavani hace unos días: los dos querían patear (un tiro libre + un penal) y terminaron a los tirones, como perro con chinchulines.

¿Qué lleva a dos profesionales a ponderar lo individual? En todo caso, querer patear y dejar al compañero sin nada ¿es de malos bichos? ¿Arruga aquel que le entrega la pelota al otro? ¿Debe patear el que mejor lo hace o el que agarra primero la pelota? El fútbol, como fenómeno social, nos deja ver que es mucho más que un juego: nos permite asomarnos a las vanidades, a las emociones, a la tentación del éxito. Nunca se vive igual después de un gran triunfo (o de un rotundo fracaso). Lo que pasó entre Neymar y Cavani es el prospecto de lo que ocurre en un vestuario, en el que hay personas diferentes, con valores distintos y una concepción que puede ser opuesta si se trata de la nobleza o de la generosidad. O sea, no tenía razón Diego de Fiorito cuando decía que el jugador es lo más puro del fútbol. Las circunstancias pusieron a Neymar y Cavani en un universo lleno de componentes emotivos que después se refleja en un resultado. Toda esa interacción compleja, queda reducida a una pregunta: ¿quién tiene razón? Y el que la tiene ¿para qué la quiere?

El asunto es que no debería sorprendernos que esas cosas pasen. Es más: pasan todo el tiempo. No sólo en la cancha, sino en la oficina, en la escuela y hasta en la familia. Las cámaras de televisión (con imágenes multiplicadas luego por las redes sociales) convirtieron en público un incidente privado. Se discute porque se vio; no porque haya existido. A los camarógrafos no se les escapó el gesto disciplinador de Dani Alves para darle la pelota a Neymar en el tiro libre; tampoco, cuando previo al penal, Cavani se acomodaba las canilleras en esas piernas eternas, que se plantaban en el césped con unas botitas anaranjadas.
Por si no lo recordamos, Juan Román Riquelme no tenía ni un cachito de onda con Martín Palermo. Y hasta lo dejó regalado una vez en un la celebración de un gol. Pero Román jamás dejó de darle un pase cuando la situación se lo pedía, ni Martín de acomodar sus movimientos y sus tiempos, previsibles pero efectivos, al laboratorio de Riquelme.

En un vestuario, comparten espacio tipos que ni se hablan, a veces. O que son tan diferentes que sólo están vinculados por el fútbol. Los grupos se construyen y se sostienen por valores diferentes al de la amistad. El respeto, en primer lugar.
Entonces, lo primero que hay que decir es que lo ¿grave? no fue el desencuentro, sino lo que se generó a partir de la exposición propiciada por los medios de comunicación. En una época en la que todo se muestra y las imágenes viajan por todo el mundo en un instante, hasta se habló de un dinero que PSG le ofrecería a Cavani para que el primer pateador sea Neymar.

El segundo punto que invita a debatir desde otro lugar, es que no se trata de plata, sino de algo mucho más complicado. Neymar supo rápidamente que el terreno era resbaladizo y se aferró a una declaración en la que probó que no hay mejor defensa que un buen ataque: en pocas palabras y con el ceño fruncido, denunció que algunos comunicadores inventaban y hablaban de cosas ocurridas en el interior del vestuario, como si lo conocieran… Y los trató de invasores.

En toda la historia del fútbol profesional, como actividad en la que la pasión es un eslabón clave, hubo (hay y habrá) situaciones parecidas a las de Cavani y Neymar. La diferencia es que ahora todo se sabe y se ventila; no hay vida privada; todo se registra y se reparte…. No se trata de cuánto gana uno, o cómo festeja los goles el otro, sino del ego que los pone en marcha como personajes poderosos y millonarios, en los que casi siempre tienen razón. Tener la situación bajo control, los vuelve voraces. Ser líderes, los convierte en obsesivos porque lo que más les importa es tomar las decisiones.
Siempre hubo roces. Adentro y afuera, porque no existe la perfección en las relaciones humanas. Menos, en un ámbito en el que el orgullo anda por las nubes y cotiza, incluso, más que el dinero. Cavani y Neymar no deben tener idea de lo que cuesta un kilo de carne…. Están en un nivel de solvencia económica, en la que los billetes pasan a ser secundarios y le dejan su lugar a las jerarquías, que se reflejan en hechos que pueden ser minúsculos, como la prioridad para patear un penal. Pero que en el bendito asunto de los códigos y las líneas de mando, no lo son. Allí, donde todos están enfermos de importancia, lo fundamental es saber que no necesitan ser amigos. Porque el vestuario, que para muchos es un santuario, vuelve a dejar en claro que no es un paraíso.

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