Santiago, como si nada hubiera sucedido

Cultura & Espectáculos 13/09/2017 Por
El hecho de que la película de hace 20 años, sobre el único desaparecido de Bariloche tenga vigencia, dice tanto de las virtualidades del cine como de los retrocesos en la calidad democrática de nuestro país desde que Santiago Maldonado desapareció.
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- Osvaldo Bayer y Carlos Echevarría

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A semanas de la desaparición de Santiago Maldonado, uno de los críticos cinematográficos más lúcidos de nuestro país señalaba en sus redes que la película del momento era un filme de 1987 que nunca pudo estrenarse en sala. Ni “La cordillera” de Santiago Mitre ni “Zama” de Lucrecia Martel, dos filmes que uno fácilmente podría oponer a partir de sus apuestas formales. Mucho menos “El ciudadano ilustre” de Gastón Duprat y Mariano Cohn, la fábula miserabilista (y exitista) que recorre los festivales del mundo para orgullo chauvinista. Ninguna ficción estrenada en 2017 es la película del momento, sino “Juan, como si nada hubiera sucedido”, un documental de hace dos décadas, de Carlos Echevarría, con textos de Osvaldo Bayer y el propio director, donde se narra la desaparición de Juan Marcos Herman en 1977.


Una mirada apresurada puede confundir el ejercicio de la crítica cinematográfica con el comentario de la cartelera. Al decir que la obra que más interpelaba al tiempo presente era una de hace veinte años, la operación restituye al cine un valor fundamental que tendemos a olvidar: su poder de diferir la memoria. Lo filmado se preserva, a modo de existencia potencial, para poder volver en cada reproducción. La pulsión por la novedad tiende a borrar esta posibilidad que sin embargo resiste en cualquier video de “La llegada del tren a la estación de La Ciotat” de los hermanos Lumière en bajísima calidad en YouTube. Esos fotogramas se empecinan en recordarnos que hubo otro mundo, y que no es tan cierto eso de que siempre es hoy.

El filme de Echevarría cifra esa potencia en su título. El “como si” señala la contradicción evidente entre la percepción social de los hechos y lo que realmente sucedió. Y al hacerlo, nos pone frente a ellos. Que a veinte años, la película sobre el único desaparecido de Bariloche tenga vigencia dice tanto de las virtualidades del cine como de los retrocesos en la calidad democrática de nuestro país desde que Santiago Maldonado desapareció tras la represión de Gendarmería a un reclamo mapuche en Chubut. La actualidad de la película de Echevarría estriba especialmente en el cambio de carátula de la causa, acaso la primera “desaparición forzada” en democracia. La respuesta casi inmediata de los ejércitos de trolls que construyen sentido común en las redes bajo el paraguas del aparato comunicacional oficialista dan cuenta de que el gobierno registró la gravedad del acontecimiento y salió a construir su propio “como si”. Su estrategia fue la equiparación de las desapariciones al margen de sus contextos: Julio López, María Cash, Facundo Alegre, Luciano Arruga fueron algunos de los nombres de los que se nutrió esa operación espuria. Se procuró, con este recurso, instalar la confusión de que quien reclama por una desaparición forzada ignora a las demás víctimas, que las menosprecia. No hay tal, no hubo en el reclamo un ranking implícito de víctimas pese a que la estrategia oficial fue diluir la gravedad institucional del caso. Eso se hace palpable al oír al elenco de funcionarios nacionales respondiendo a coro aunque, con el correr de los días, algunos se desmarcaran. (No es este el lugar para juzgar si por especulación mezquina o convicción genuina, tampoco importa). De todos modos, se trata de un “como si” con un grado de perversión inédita: como si hubiera sido un mochilero accidentado, como si hubiera sido herido por un puestero en ejercicio de legítima defensa, como si se hubiera ausentado del hogar, como si hubiera sido víctima de una red de trata, como si hubiera sido la víctima de un secuestro extorsivo con una resolución trágica, como si hubiera sido víctima de una vendetta por parte de grupos criminales vinculados a represores del último gobierno de facto condenados por delitos de lesa humanidad... El aspecto más preocupante del caso es que se procura diluir en esa falsa equivalencia entre víctimas de delitos comunes y una posible víctima de una fuerza pública actuando bajo órdenes del Ejecutivo nacional.

A la fecha no hay certezas, pero indicios y testimonios apuntan hacia el accionar de Gendarmería Nacional, aunque la ministra de Seguridad y sus superiores se empecinen en actuar como si nada hubiera sucedido. A más de un mes de que la sociedad argentina comenzara a preguntarse dónde está Santiago Maldonado, el gobierno sigue ensimismado. Hasta que, según confiesa de modo aberrante la prensa amiga, los focus groups oficiales comienzan a señalar un error en la estrategia. Empieza así la segunda etapa, la justificación bajo la figura del uso excesivo de la fuerza, bajo la instalación de que a los uniformados “se les fue la mano”, mientras los políticos, a los que responden en la cadena de mando, comienzan a lavárselas, como si en Chubut nada hubiera sucedido. Pero en las calles se sabe que no hubo errores, que no hubo excesos. Que alguien dio una orden temeraria y que a Santiago algo le sucedió.

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