La ley del gallinero

Opinión 08/09/2017 Por
La bulliciosa salida de Lucas Alario puso a River en el papel de víctima, dentro de la escala evolutiva que ordena a los poderosos muy arriba de los débiles. ¿River nunca utilizó su marca para aprovecharse de los clubes más chicos?
Alario

Un día, a River le tocó bajar la mirada y respirar pesado, resignado a su indefensión ante una de las versiones más implacables del poder: el dinero. Lucas Alario, su delantero más valioso, hizo valer un resorte administrativo para disolver el contrato que los unía y se fue a Alemania, en una operación regada de euros, ajustada a lo legal aunque bastante desprovista de una fortaleza ética. ¿Quién lo diría? River, que muchas veces hizo valer su marca ante clubes de menor rango, terminó del otro lado, silbando bajito, sufriendo en carne propia aquello que las instituciones grandes hacen (y harán) para que el curso de los acontecimientos les favorezca, cuando se trata de discutir criterios y reglamentaciones con otros que no tienen su peso (ni sus pe$o$).


Juro que no es una alegoría: la ley del gallinero tuvo una vigencia brutal, que se reflejó en este caso inapelable. No es River, precisamente, el ícono del club con el alambrado roto, que debe entregar su capital ante la presión del poderoso. Sin embargo, su estado de debilidad lo puso en la misma línea de los que están condenados a descapitalizarse para subsistir. ¿Cómo cree la cátedra que hacen, por lo general, los clubes grandes para reclutar jugadores de las instituciones pequeñas? Simple: por las buenas o por las malas. Por las buenas significa aceptar una transacción que muchas veces queda reducida a objetos. Botines, pelotas, camisetas…. O bien, algunos billetes que se pagan como si fuera el “Ahora 12”. Por las malas, lo sabemos, es cuando la conversación fracasa y aparecen la patria potestad, o los jugadores quedan libres de manera sospechosa para arreglar su firma en otro lado a las pocas horas, sin que los clubes reciban una compensación.
¿Lo explicamos? Los jugadores, como prestadores de servicios profesionales, dejaron de ser “propiedad” de los clubes para vincularse a ellos a través de contratos con un vencimiento. Se pautan las condiciones y se establece una finalización; para disolver ese acuerdo de manera anticipada, se fija un monto indemnizatorio o cláusula de rescisión. Hay una relación entre lo que cobra el futbolista y la cifra de la cláusula, que refleja una cotización estimada del jugador.

Para blindar la posibilidad de que alguna institución o inversionista se lleve al jugador, algunos clubes fijan cláusulas con cifras que rozan lo inmoral. Recordemos: Neymar tenía una de casi 300 millones de euros…. Y apareció el PSG con unos cuantos barriles de petróleo, para llevárselo.
Lo que le pasó a River es la evolución de todo esto, es la bajada local. Antes había palabra; hoy, hablar de palabra es un chiste. Entonces, se hicieron contratos, que fueron incorporando aspectos periféricos para cubrir todas las posibilidades y hasta hemos llegado al caso de que los clubes grandes del país les hacen contratos (¨becas¨) a muchos de sus jugadores adolescentes.
De pronto, River (o Boca, como Belgrano, Talleres y otros) detecta un talento en un club de provincia. Y hace valer sus influencias, sus recursos y su poder (a veces extorsivo), para sumarlo a sus planteles. Pregunten en Unión Florida cómo fue que Nicolás Oliva pasó a Instituto; o cómo es que Carlos Tevez (o Carlos Martínez, alias “el manchado”) dejó All Boys para firmar en Boca; o cómo fue la salida de Javier Pastore, quien dejó Talleres y arregló en Huracán; o cómo Kevin Genaro (un delantero que prometía) salió de Alta Córdoba para ponerse la camiseta de Boca; o cómo Diego Novaretti salió de Belgrano para irse a México…. No todos los casos son iguales, por supuesto: el común denominador es que el poderoso, a su manera, con sus herramientas, se aprovechó del más débil e hizo su negocio. Muchas veces, con el jugador al medio.
En la escala evolutiva, los grandes de Argentina pasan a ser medianos o chicos en el mapa del fútbol internacional. Boca o River no pueden pagar lo que frecen los clubes de Europa. Pero sí tienen la capacidad de triplicar lo que ofrecen entidades modestas.


El modelo de los contratos con cláusula de rescisión es propio de estas épocas y germinó en el laboratorio del fútbol para dejar cada vez menos aspectos en el terreno de lo inesperado. River le puso cláusulas muy altas a sus jugadores más importantes: así se fue Sebastián Driussi, por ejemplo. Llegaron los rusos del Zenith y se lo llevaron pagando lo que decían los papeles.
Lo que River no esperaba de Alario es el amor evaporado y que todo quedara reducido a una cuestión de dinero. Apareció un club alemán y resolvió el tema con extrema simpleza: veintipico millones de euros sobre la mesa y a otra cosa. Chau Copa, chau hinchas, chau todo.
Esta cuestión termina siendo una invitación a la reflexión. Es curioso ver a River del otro lado, probándose la pilcha como víctima, cuando hace poco indujo a Marcelo Larrondo y Javier Pinola a dejar Rosario Central a los tirones, para ficharlos más allá de cualquier tufillo ético.
En el concierto de corazones rotos y decepciones talladas a fuego, Córdoba tiene muchos ejemplos. Los hinchas todavía recuerdan la manera en que Ricardo Gareca se fue de Talleres para dirigir a Independiente…. O cómo Fernando Quiroz aceptó dirigir a Racing Club y huyó de Instituto.
Pura lógica de la ley del gallinero, resuelta de manera legal pero tirando la ética a la basura.
Mientras tanto, el mundo sigue. La novela de Lucas Alario y River, en breve, agotará su vida útil y pasará al plano de las estadísticas. La delirante aventura de nuestro fútbol seguramente renovará la capacidad para sorprendernos, porque la ley del gallinero sólo necesita que haya alguien abajo, para que el de arriba se sienta poderoso. Y esos, sobran.

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