Zapatitos

Cultura 06/10/2019 Por
“La vida simple” es una serie de pequeñas crónicas que intentan capturar la experiencia sensible de lo cotidiano. A partir de breves encuentros con taxistas, cirujas, naranjitas, presos, porteros e inmigrantes, cada crónica busca plegar la experiencia de realidad de todos los días para sacar de ella un fotograma de vitalidad y un sintagma de sabiduría popular.
Zapatito

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Especial para La Nueva Mañana

LA VIDA SIMPLE

Llegaba tarde. Tenía poca plata. Me subí a un taxi. No sabía la dirección. Improvisamos, con el taxista, un destino. Seguimos, en línea recta, por varias cuadras ese azar. A las muchas el tachero frenó. Así, de golpe. Avenida Corrientes. Me ordenó, amable, bajarme del taxi. Segundos antes había recibido un llamado. Era urgente. Su hijo estaba atrapado. En el subte. Línea B. Un accidente grave. Se iba a buscarlo. No me cobró. Yo agradecí. Le desee suerte. Me derivó al taxi del lado. En el intercambio, se chiflaron la info. Al subirme, el tachero nuevo sabía ya para dónde ir. Tenía cara de bueno. De sufrido. Pero de bueno. De su espejo retrovisor colgaban dos zapatitos, de bebé los zapatitos, y un billete de cincuenta –falso, seguro, como todos los de la suerte. Mientras esquivábamos autos, hablamos. Del subte. Que estaba cortado. Me pregunto si sabía porqué. Le dije lo que había escuchado: un tipo. Se había tirado. El subte se lo había llevado puesto. Alerta, el tachero me cruzó la mirada. Le comenté, ligero, lo que pensaba: cuánto odio por el mundo debía empujar a una persona cuyo último acto de vida implicaba hacerse matar por otro, matando así la tranquilidad de ese otro con un recuerdo y un estigma imborrables. ¿Era una forma de venganza?, pregunté, retórico pero no tanto, innecesariamente filosófico. El taxista asintió, sin afirmar. Charlamos de eso, sobre eso, sobre el suicidio, yo verborrágico frente a un él más cauto. La charla devino en otra. Las palabras siguieron su curso improvisado, como el nuestro por la noche que empezaba. No sé cómo llegamos a hablar de los zapatitos: le pregunté si tenía hijos. Tragó saliva. Asintió. Me dijo tuve cinco. Guau, cinco, muchos, exclamé, imprudente. Cinco tuve, remarcó. Ahora tengo cuatro. El más grande se mató. Al frente mío. Una noche. Hace cinco años. Mi angelito. Ahora es mi angelito. El que me cuida, me dijo, acariciando los zapatitos.

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Nacho Tamagno nació en Villa María en 1989. Actualmente reside en la ciudad de Córdoba. Es actor y, de forma más secreta, escritor de cuentos y crónicas.

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