Chica rutera

Cultura 13/09/2019 Por
Chubut, libertad y tierra, del mítico director Carlos Echeverría, es una road movie documental que hace indagaciones necesarias sobre el territorio patagónico pero se tambalea con su construcción narrativa.
Chubut
- La película intenta hacer del cine un catalizador para visibilizar conflictos sociales. Foto: Gentileza

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Especial para La Nueva Mañana

Algún día, cuando sea necesario reconstruir las piezas arqueológicas de la Patagonia, los futuros historiadores (humanos o alienígenas, quién sabe) deberán desenterrar las reliquias cinematográficas de Carlos Echeverría. Sus documentales tendrán la fuerza de trazar una constelación; un tejido de imágenes que desorganice la mirada oficial acartonada sobre el rincón más gélido del país.

Juan, como si nada hubiera sucedido (su obra maestra del ‘87) ya atinaba a hurgar por atrás de las apariencias. Bariloche era algo más que un limbo apacible de cordilleras nevadas y fotografías familiares con San Bernardos. Era también paisaje de la bruma dictatorial; el escenario donde la investigación sobre un desaparecido político descubría la disolución de un sueño, de otro modo de imaginar la ciudadanía.

En Pacto de silencio (2006), aquel supuesto rostro armonioso de Bariloche se trizaba con la perspectiva del narrador. Las imágenes de una comunidad amorosa entraban en tensión con la educación sentimental que sembró el nazismo bajo las colinas patagónicas.

Algo de esos procedimientos permanece intacto en el filme más reciente de Echeverría, aunque los resultados son siempre menos regulares. Chubut, libertad y tierra se lanza a un viaje rutero por la estepa sureña, atravesando coirones, vientos sucios y bibliotecas viejas. El punto de partida es una chica que decide recorrer la provincia para descubrir el pasado de su abuelo, un médico regional que ella nunca conoció personalmente.

Pero se trata de un viaje incierto: comienza en los pasillos del hospital donde trabajó el viejo y termina en la casa de los descendientes de pueblos originarios que reclaman su derecho a las tierras ancestrales.

Chubut, libertad y tierra puede alquilarse en la plataforma de streaming Cine.Ar Play. En el mismo sitio puede verse de manera gratuita  Juan, como si nada hubiera sucedido.

El nexo, entre un punto y otro, sigue siendo el abuelo: un hombre que además de ser médico inició un partido para reclamar la reforma agraria. Es por eso que los paisajes que Echeverría filma con tanta insistencia (planos abiertos de tierras extensas y desoladas) son mirados como un terreno en disputa.

Lo que empieza como un pequeño drama familiar deriva en una tragedia de escala histórica. Ahí, la ambición echeverriana: pasar de una historia íntima a la historia de un país entero. En 2019, es cuestión de ir hasta el pasado para comprender que las luchas de otro siglo quedaron inconclusas; que las raíces del poder continúan expandiéndose con firmeza y sosteniendo una apropiación desigual de la tierra. La película intenta hacer del cine un catalizador para visibilizar esos conflictos (sin dudas, importantes), pero su obstáculo (constante y difícil de pasar por alto) recae en una construcción narrativa que se desenvuelve con torpeza.

El primer rasgo que lo evidencia es un intento por allanar un camino creativo; una vía de escape a la categoría del documental de información. El personaje de la nieta sirve ahí como una excusa: un personaje fantasma que habilita la creación de escenas más o menos ficcionales. Pero la construcción dramática de la protagonista permanece tan infundada y poco desarrollada (¿por qué está dispuesta  a seguir ese viaje interminable?) que la “historia personal” se tambalea en relación a “la historia nacional”.

Incluso cuando intenta sostener aquellas oscilaciones (entre lo informativo y lo narrativo, lo íntimo y lo colectivo), la película se desequilibra. Abusa de la voz en off monótona (muchas veces introduciendo y enmarcando los temas que van a discutirse posteriormente), a tal punto que la puesta en escena queda impregnada por un aspecto forzado y redundante.

Las conversaciones presuntamente espontáneas o las escenas de viaje (como cuando la protagonista hace dedo en la ruta) insisten tanto en mantener una función instructiva (siempre dirigiendo los sentidos), que vale preguntarse por qué no adoptaron ese rasgo de lleno, en vez de ensayar una narración que se despliega sin cuidados.

Sobre el final, la película de Echeverría señalará algunos nodos problemáticos que mantienen activa la disputa por el territorio patagónico. Eso es valorable. El proceso para llegar a esa lectura, sin embargo, no afronta con gracia la complejidad del conflicto. Intenta valerse del drama personal sin suficiente pulso dramático, aboga por el proceso de investigación sin evocar misterio y recurre al género del road movie sin sentido de la aventura. El viaje se detiene a mitad de camino.

 

 

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