Flavio Lo Presti: la lectura como experiencia

Cultura 30/08/2019 Por
Entrevista al escritor, profesor en Letras Modernas y crítico cultural que publicó libros de columnas y cuentos. Una de las voces más claras de la nueva generación de escritores cordobeses.
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- "Los libros son casi como la evidencia de la mortalidad, en un sentido", reflexiona Lo Presti. Foto: gentileza

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Especial para La Nueva Mañana

Nacido en 1977 el autor de Recuerdos de Córdoba, Yo escribo mucho peor y Los veranos, nos dice: “No se puede definir la experiencia de lectura a través de palabras, ni el placer ni la intensidad de cómo se vive la literatura. La lectura es una experiencia”.

¿Qué libros te marcaron en la infancia, la adolescencia, la juventud y la adultez? Tenés prologado tu último libro, Los veranos, con una cita de It de Stephen King.

- Sí, es verdad, pero It es un libro que leí mucho más tarde que temprano. Nunca fui un lector de género. Cuando era chico e iba a la primaria, leí un cuento de Cortázar, que, si hoy lo diera en la escuela primaria, no sé qué chico lo entendería. A mí me pegó muy fuerte ese cuento, La noche boca arriba, es un relato que tiene un millón de errores,  trampas y trucos; tornillos sueltos digamos. Pero, en ese momento me pareció una cosa extraordinaria y, a su manera, me lo parece todavía. No de forma muy entusiasta, pero sí como admirador de una orfebrería un poco kitsch.

Leía muchos libros de aventuras cuando era chico, pero hubo un largo momento de mi vida en que no tenía una distinción muy clara entre niveles de cultura (por más que esto último no tenga mucho sentido establecerlo). Leía con la misma seriedad a Sidney Sheldon que a William Faulkner. Eso fue hasta los catorce, quince años, cuando comencé a distinguir la literatura que más me interesaba, por cómo estaba escrita, de la que me dejaba de interesar casi instantáneamente.  Creo que fue cuando leí por primera vez a Isabel Allende. Al leerla, me di cuenta que era como una imitación mal escrita de aquella otra literatura que me interesaba más.

Todo se dio cuando sacaron una colección, creo que de Sudamericana, donde venían un montón de libros, como A sangre fría de Truman Capote. De esa misma colección, leí al vuelo Las palmeras salvajes, de Faulkner y La vida breve, de Onetti, entre otros. En esa misma antología estaba Isabel Allende y ahí me di cuenta que desentonaba con el resto.

Otra cosa que fue muy importante para formarme como lector fue la colección Biblioteca Página/12, que salía los sábados, y allí encontrabas libros extraordinarios. Creo que fue gracias a esa colección que leí por primera vez Olalla de Robert Louis Stevenson, me voló completamente la cabeza. Olalla es un cuento largo, muy hermoso, sobre un tipo que va a pasar una temporada para reponerse de una dolencia nerviosa, en una casa de unos aristócratas venidos a menos en España, de sangre impura en algún punto, pero tienen en su genética algo animalesco, demoníaco. Es muy sutil como lo cuenta Stevenson. También, producto de esta colección, leí a Stendhal, Dostoievski, Gogol…

¿Cuando agarraste It?

- Lo habré leído hace tres, cuatro años.

¿Y qué te pareció?

- Es un librazo. Tiene momentos medio difíciles de digerir. Uno, como lector, llega muy preparado para los momentos finales, cuando los protagonistas enfrentan toda esa cuestión cósmica. Es un libro sabiamente construido, en términos que el momento más difícil se hace verosímil; llega con una preparación que lo hace digerible. Los chicos del libro me parecen fascinantes y, la forma en la que está contado, a pesar de ser un poco mecánica, es muy sabia, como dije.

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"Hay cosas que funcionan como el dispositivo para no volverte loco al pensar que algún día te vas a morir. En mi caso, es leer", confiesa Lo Presti. Foto: Gentileza

¿Cómo se hace para leer y escribir tanto? ¿Cómo se mantiene la motivación?

- Uno encuentra en la vida, que básicamente no tiene un sentido, una guía en algunas cosas que se vuelven parte de uno y funcionan como el dispositivo para no volverte loco al pensar que algún día te vas a morir. En mi caso, es leer. Es cualquier cosa que mantenga la cabeza ocupada. Con respecto a eso, hay un ensayo de Claudio Magris, que publicó la revista cordobesa El banquete, titulado Robinson y los libros. Allí Magris dice que los libros se inventaron para no estar solo con uno mismo.

Por otro lado, leí un ensayo hace poco, de Pierre Bayard, que se titula ¿Cómo hablar de los libros que no hemos leído? donde dice que es más importante tener el mapa de la literatura que leer los libros puntualmente con mucha dedicación. Vamos a ponerlo en otros términos: él utiliza una imagen que toma de El hombre sin atributos de Robert Musil. En específico, es la imagen de un bibliotecario, que, cuando es consultado sobre cómo tiene conocimiento de todos los libros que posee, dice que él no se deja entorpecer por el conocimiento de libros particulares, sino que prefiere conocer el mapa. Así todo el tiempo consulta catálogos.

Creo que, cuando ejercés la crítica y estudiás literatura, tenés herramientas para que parezca que leíste mucho y en realidad no es tanto como parece. Los libros que uno puede leer son limitados, no tengo tiempo en la vida para leer todo lo que quiero leer. Los libros son casi como la evidencia de la mortalidad, en un sentido. Por más larga que sea una vida, la cantidad de libros entre leídos y por leer siempre dará un déficit.

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