Oda a las ninfas bajo el mar

Cultura 17/08/2019 Por
Cláudia Varejão dirige Ama-San, un film de no ficción sobre un grupo de buceadoras que siguen una tradición japonesa milenaria. Un universo donde los hombres permanecen ausentes. Se ve en el Cineclub Municipal.
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ama san 02 - En Ama San las mujeres se definen por un rasgo común, estén en la tierra o en el agua, son heroínas. Foto: gentileza

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Especial para La Nueva Mañana

Lleva tiempo tocar el fondo del mar. Hasta veinte minutos en la vida de tres mujeres cualquiera en un pueblo cualquiera, por encima de un reino coral. Vestir a los chicos antes de ir a la escuela, acomodar plantas en el jardín trasero, hojear revistas rugosas en una peluquería del centro. Cada paso de lo que parece un día más, pálido como el de un ciudadano común, pega un sobresalto con cierta épica luminosa. Una de las mujeres prende sahumerios para rezarle a su suerte y a la de sus compañeras antes de que peguen un chapuzón en el mar.

El suave giro que da Ama-San después de media hora desmiente entonces que su mundo sea trivial. Nada de ciudadanas cualquiera, sino buceadoras que siguen una tradición milenaria. Mujeres japonesas que ganan sus vidas sumergiéndose en el agua para juntar moluscos escurridizos, difíciles de atrapar, así como los cazaron sus antepasados. Entonces, cotidianeidad localizada y espectacularidad. La no-ficción comandada por Cláudia Varejão une aquellas esferas, cuidadosamente y con precisión.

El costado más terrenal de la película no se justifica sólo por registrar la vida de las protagonistas fuera del mar, sino por su aproximación formal. El gesto observacional ensayado, con una cámara aparentemente invisible que sobrevuela la respiración de las mujeres, mantiene a flote una sensación de realismo imperante, de un pedazo de vida que parece fluir libremente y que la cámara pesca en el momento justo. Una suerte de ilusión conspirada a conciencia; planificada para dar cuenta de una mirada móvil que cambia de perspectiva entre los distintos rincones de las casas, de los cuerpos que las habitan y los lazos afectivos que entretejen.

La primera incursión bajo el agua anuncia un exabrupto. Es opuesto a la tranquilidad familiar. No se trata sólo de un instante de riesgo, en el cual las mujeres ponen a prueba su cuerpo contra viento, marea y tiburones. El salto dramático de la inmersión acuática supone, también, un salto en la percepción. El sonido embotellado, sin el bullicio cotidiano de los niños ni el susurro de la televisión que vende belleza o el traqueteo de la lancha, abre la experiencia a un tiempo suspendido, diferente. Apenas el burbujeo entrecortado y la presión de los cuerpos contra el agua nos sumergen (literalmente) en ese clima.

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La proeza de Varejão, sutil pero definitivamente palpable desde los sentidos, se construye sobre esa transición: desde la tierra al agua, desde la rutina familiar a las hazañas coreográficas que hacen las mujeres bajo el mar.

La cámara también se suelta y sigue esa corriente. Se mueve más que cuando permanece en el suelo y sigue con asombro a las protagonistas, valiéndose del coletazo de sus piernas, del haz de luz que penetra el agua azulada y de la textura de las plantas y los moluscos que danzan delicadamente con el flujo del océano. Hay un placer por descubrir ese universo y una espectacularidad que convierte a estos pasajes en pequeñas escenas de acción, perfectamente ensambladas.

Los momentos sobre el suelo, si bien redundan en observaciones repetitivas y ciertos cabos sueltos, suelen aportar a la construcción de una imagen unificada, donde las mujeres se definen por un rasgo común. Estén en la tierra o en el agua, son heroínas. Cuidan solas a sus hijos, repiten rituales de sus antepasados y pescan animales marinos para sobrevivir. La presencia nebulosa de los hombres, prácticamente invisibilizados o relegados a un lugar marginal (dramático y visual) también fortalece esa atención privilegiada.

El registro de Ama-San no es informativo ni taxativo, más bien es una descripción atenta, que en sus mejores momentos elabora un retrato paciente y detallado de aquellas mujeres. Su hallazgo es que, incluso con un abordaje de baja intensidad (casi sin sobresaltos dramáticos ni picos de tensión) logra plasmar visualmente un aire de proeza, casi legendario. Como si esas mujeres japonesas, ávidas cazadoras de moluscos, estuvieran a la altura de cualquier superhéroe ensalzado por Marvel.

 

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