Elpidio Torres, el vecino de Alta Gracia que pasó a la historia con el Cordobazo

Sociedad 09/08/2019 Por
Era trabajador de la IKA, fue dirigente durante dos décadas y pasó a la historia como uno de los líderes del Cordobazo. Protagonista central de su época y, a la vez, relegado a un segundo plano.
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- Rafael Torres junto al busto inaugurado este año, en homenaje a su padre. Foto: Gentileza

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Especial para La Nueva Mañana

En “Elpidio Torres, protagonista fundamental de El Cordobazo”, el libro de 2015 sobre el sindicalista de SMATA, Betty, su compañera de toda la vida, relata cómo en el 55 el joven peronista por negarse a bajar un cuadro de Perón por orden de un militar, pasó medio año en prisión. Esa no fue la única oportunidad en la que estuvo tras las rejas. En diferentes dictaduras, bajo variopintos gobernantes, sufrió encierro este trabajador de la IKA, que además fungió como peón de campo, empleado de una pizzería y una pensión, jardinero, lustrabotas, vendedor ambulante, panadero y canillita.

Este agosto se cumplen 90 años de su nacimiento en Córdoba, ciudad que tributó su nombre a dos escuelas y una plaza; un busto céntrico también lo recuerda, a medio siglo del Cordobazo. En Alta Gracia, donde vivió por cuatro décadas, su figura no recibió homenaje. Por estos días el SMATA local impulsa que se bautice con su nombre el demorado Parque Industrial.

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Elpidio en un retrato de los años 70. Foto: Gentileza




“Cirilo” o “Pollero”

Despuntaba la década del 30 cuando los padres de Elpidio decidieron trocar Córdoba por la cercana Alta Gracia, famosa en aquella época por su clima seco. La pareja se instaló en una casa en Barrio Sur, muy cerca del arroyo y fue ese bucólico paisaje el testigo de los primeros pasos del niño Elpidio. Un muchachito que las escasas fotos de la época reflejan -al decir de su hijo Rafael- como dueño de “una infancia muy carente, con limitaciones educativas, sociales y culturales”. El futuro jefe del SMATA apenas pudo cursar un par de grados de la primaria, cuando fue convocado por el mundo del trabajo. “Hay una foto suya de cuando tenía 11 años, donde está casi descalzo, un pantalón hasta las rodillas muy gastadas y pullover más gastado aún. Yo no sabía que a mi papá le decían “Cirilo” a esa edad y lo descubrí escrito en el reverso de esa foto” rememora Rafael Torres, quien ante La Nueva Mañana se confesó como “apasionado por Elpidio”.

“El Pollero” es otro de los apodos con el que se lo recuerda en Alta Gracia. En la filial local del SMATA, el dirigente Pablo Maldonado cuenta que cada viernes se juntan a comer asado jubilados de distintas épocas y zonas, que mentan las andanzas de su dirigente más significativo. “Así me enteré yo que le decían “Pollero”, porque tenía esa travesura de salir a cazar alguna gallina, algún pollo, que después dividía con todos”, completa. El mismo apodo confirma Benito Cuello, amigo de la infancia y compañero de la IKA, pero lo vincula a la venta ambulante que Elpidio desarrolló  repartiendo pollos con su padre, o con un tío si la anécdota la relata Torres hijo.

A los 10 o 12 años Torres conoce a quien sería su “Segundo Padre”: Rafael Gigena Van Mark. “Un bohemio personaje, poeta, nacionalista y cristiano arribado desde Buenos Aires, quien imprimió una huella en el pensamiento, conducta y convicciones de Elpidio”, señala el médico hijo de Elpidio a este medio. “Es más, entiendo que me puso a mí el nombre de Rafael como un justo homenaje y reconocimiento a aquel hombre”, completó.

La historia cuenta que el Crucero de Alta Gracia, a fines de la década del 40, fue el sitio donde se conocieron Elpidio y Betty, Estela Beatriz Gutiérrez Brandán. El pueblo peronista festejaba el resultado de las elecciones legislativas, cuando al decir de Betty “yo estaba trepada arriba del camión, cuando llegamos al Crucero nos dicen: “…Bajen…”, yo vi que era muy alto y me dije que no iba a saltar. Entonces Elpidio me ve, le digo “… no puedo bajar de acá…” y me dice “…por favor, deme la mano…” y ahí nos enamoramos a primera vista”. El matrimonio se asentó en una casa tipo chalet californiano frente al Parque Infantil de Alta Gracia, a la que accedieron gracias al empuje de la mujer y a un plan de viviendas impulsado por el peronismo.

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La casa frente al Parque Infantil donde vivieron Betty y Elpidio. Foto: Adrián Camerano


Panadero, municipal, “kaisero”

En Alta Gracia, un muy joven Elpidio Torres descolló como un proto peronista que militó en el partido Laborista y se consideraba nacionalista, en la vertiente nacional y popular. A los 16 tras desempeñar múltiples oficios, se empleó en una pensión de Córdoba, de allí lo despidieron el 18 de octubre de 1945, “por haber asistido a las manifestaciones en el centro de Córdoba al día siguiente del mítico 17”, reconstruye Rafael.

Ya convertido en hincha de General Paz Juniors, Elpidio regresa a la ciudad del Tajamar y forma parte del núcleo que arma una primera unidad básica en Belgrano 166.

Tras su paso por el sindicato de panaderos en 1947, ingresa con funciones menores a la Municipalidad de Alta Gracia, en la que estuvo dos períodos. Fue muy cercano al intendente José Martínez, y llegó a jefe del Registro Civil, como su padre.

En el 55 Elpidio participa como civil del comando leal que intentaba resistir el embate de la fusiladora. Luego ocurre el episodio del cuadro, es cesanteado de la Municipalidad y encarcelado seis meses. Lo liberan, se ganaba el mango trabajando en la pizzería de su hermana Amalia frecuentada por directivos de la IKA, a quienes ella les comentó de la búsqueda laboral de su hermano y ahí empezó todo: en el 56 Elpidio llenó la solicitud e ingresó a la planta de Santa Isabel, convirtiéndose en uno de los miles de “kaiseros” que tenía Alta Gracia en esa época: de 13 mil operarios, 7 mil vivían en la ciudad del Tajamar.
Al principio limpiaba zanjas, pasó a la línea de montaje y al mes ya era delegado. En el 58 asumió como Secretario General del Smata Córdoba, cargo que recién dejaría -por propia voluntad- en marzo de 1971.


Benito Cuello, de 89 años, es quizás el vecino de Alta Gracia que más trató a “El Negro” Torres. “De chico corríamos maratones y participábamos de los actos; ya de más grandes cazábamos palomas, perdices, vizcachas” rememora, y define a Elpidio como “una persona muy correcta, y un buen gremialista”. “Él tenía una fuerte personalidad, solidez y una visión general del industrialismo, que priorizaba siempre la fuente de trabajo. Y sabía contemporizar entre la empresa y el sindicato” evalúa “Pepe” Tissera, abogado laboralista, ex letrado de la JTP.

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Una publicación de época de Alta Gracia da cuenta del protagonismo del joven sindicalista.



Daniel González, hijo de Luis Primo González, lugarteniente de Elpidio en el Smata, el peronismo y la vida recuerda que “Las dos familias eran muy amigas. mi padre, manejaba la Estanciera de la IKA, cada mañana buscaba a Elpidio y a sus hijos, dejaba a los chicos en la escuela y se iban los dos para el sindicato; iban armados por seguridad, porque ya les habían tirado en la ruta alguna vez”.

Eran tiempos convulsionados, al punto que en la tranquila Alta Gracia, sendos atentados conmocionaron al núcleo dirigente del SMATA. “Un día llega mi padre a casa y encuentra un paquete cerrado, que parecía un explosivo. Por suerte no detonó, llamó a la policía y eso fue todo. Pero a los pocos días se sintió una explosión, mi padre salió corriendo, casi en bolas, y era que le habían puesto una bomba a la casa de Elpidio”, rememora González.

El atentado en los meses previos al Cordobazo contra la familia Torres (ya habían nacido los tres niños) nunca se esclareció. “Toda la familia sufrió malos tiempos, la gran sostenedora fue mi vieja”, relata Rafael.

Elpidio era una figura prominente, en 1964, con 35 años de edad, fue nombrado miembro de las 62 Organizaciones Peronistas del Interior del País, lo que le valió entrevistarse con Perón en Madrid. Trabó con el General una relación afectuosa, que se tradujo en documentos concretos que hoy atesora Rafael: fotos firmadas por Perón, cartas manuscritas y otros recuerdos materiales que son testimonio de época.

Su ciudad adoptiva no registraba demasiado a ese Elpidio convertido en figura pública. “En la semana, él estaba poco en Alta Gracia. Además, era muy reservado: se carteaba con Perón y no lo sabía nadie, sólo lo comentaba con sus allegados”, asegura Rafael, mientras muestra parte de su voluminoso archivo.

En el Cordobazo, Elpidio es una de las tres famosas “patas” de la mesa junto a Agustín Tosco y Atilio López. Transitó los duros meses de cárcel en La Pampa, Neuquén y Devoto, y al ser liberado regresó al SMATA y a su querida Alta Gracia. Pero su vida había cambiado para siempre: en el 71 corta amarras, renuncia al SMATA, vende la casita de Centenario 366 y la familia se muda a Córdoba.

Ya en la capital provincial transitará la segunda mitad de su vida, con menor exposición pública con episodios poco explorados, como su detención ilegal durante el terrorismo de Estado en 1978 que lo mantuvo cautivo en el Campo de la Ribera. Pero esa es otra historia.

 

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