La odisea espacial de Apolo XI: desde la Tierra a la Luna

Opinión 20/07/2019 Por
Tras esa primera huella histórica de Neil Armstromg el 20 de julio de 1969, un total de 12 hombres lograron caminar, con vacilantes y torpes pasos, sobre la superficie de nuestro satélite natural.
centro de control by Nasa
Tanto en el Centro de Control como en el resto del mundo, más de 650 millones de personas alrededor del mundo siguieron con atención el alunizaje. - Foto: Nasa

Cincuenta años han pasado desde que se imprimió la primera pisada humana en la Luna. Fue la del astronauta norteamericano  Neil Armstrong, la noche del 20 de julio de 1969 (hora argentina). Ese pequeño y gran paso.

Transcurridos los tres años siguientes, un total de 12 hombres habían caminado, con vacilantes y torpes pasos, sobre la superficie de nuestro satélite natural. Las imágenes trasmitidas por TV son inolvidables para quienes las vieron, incrédulos, en forma directa.

Como lo son otras, registradas por el personal del Apolo 15 desde la Luna, recreando en 1971 la imaginaria experiencia de Galileo. Muestran un martillo y una pluma que, al ser soltados, caen juntos, a la misma velocidad, a Tierra. Una experiencia que ningún ser humano, nunca, pudo atestiguar aquí en nuestro planeta. Pero que en la Luna es lo normal. Y es que al no haber aire, no existen los dos efectos que aquí retrasan la caída de la pluma: la resistencia del aire, que frena un poco la caída de la pluma, y el empuje hidrostático del aire, que la impulsa levemente hacia arriba. Ese video, disponible en redes sociales, es la comprobación gráfica de que la gravedad acelera a todos los cuerpos por igual, sin importar su peso.

 Ante esas acciones, tan visibles, llevadas a cabo por lo astronautas en la Luna, muchas veces se escucha la pregunta: "¿Por qué, en estos últimos 47 años, los países capaces de hacerlo no volvieron a enviar naves tripuladas a la Luna?". Podríamos ensayar diferentes respuestas. Sin embargo, más interesante resulta plantearnos otra pregunta: "¿Cuál era el sentido de enviar seres humanos a la Luna, en 1969?"

 Las respuestas a ese interrogante pasan tanto por cuestiones técnicas como políticas. Comencemos por estas últimas. La Unión Soviética y los Estados Unidos se hallaban enfrascados en la guerra fría. Además de los aspectos bélicos periféricos, y del enfrentamiento comercial, la carrera espacial fue un claro emergente de ese enfrentamiento.

Una competencia por el enorme capital simbólico que significaba "ir por delante" del competidor en materia espacial. Los soviéticos habían comenzado ganando esa carrera, con el primer satélite artificial lanzado en 1957, el Sputnik I, y también con el Sputnik II, que llevaba a la perra Laika en su interior; fue  el primer ser vivo incinerado en el espacio en aras de la política. También habían avanzado, los soviéticos, con la puesta en órbita del primer ser humano: Yuri Gagarin. En este caso, sí se había previsto su regreso sano y salvo a la Tierra luego del vuelo orbital. Luego hubo más de una decena de artefactos soviéticos no tripulados que arribaron a la Luna.

Sin embargo, si los soviéticos habían arrancado ganando la carrera espacial, los norteamericanos prácticamente la clausuraron como triunfadores al depositar el módulo de alunizaje del Apolo 11 en la superficie lunar, hacer que dos hombres caminaran sobre la Luna y traer de regreso a la Tierra a la tripulación completa. Fue un impacto tremendo. Hasta 1972, otras cinco misiones Apolo consiguieron éxitos similares.

 Desde lo práctico, las misiones Apolo trajeron a la Tierra, además de fotos, numerosas rocas para ser analizadas por geólogos en laboratorios terrestres. Las facilidades de análisis a bordo de los Apolo eran mínimas. Se trataba de naves verdaderamente sencillas, casi rudimentarias, y en muchos aspectos resulta sorprendente que hayan podido cumplir tantos logros. Las capacidades de procesamiento de datos de la computadora de a bordo eran inferiores a las de cualquier celular moderno. Comparables a las de una antigua Commodore 64, probablemente.

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 Es probable que falten menos de diez años para que podamos ser testigos del próximo.Foto: Nasa

Ahora podemos volver a la pregunta original. ¿Por qué hasta hoy no se volvieron a enviar naves tripuladas a la Luna? Porque es caro y riesgoso, y ya no hace falta. Caro, porque los seres humanos necesitamos de oxígeno, agua, comida, una temperatura templada, y de eliminar excretas durante el viaje. Además, ocupamos mucho espacio. Una nave tripulada es mucho más compleja que una sonda robótica, de las que han viajado decenas a la Luna. Pero además, si se envían seres humanos a la Luna hay que garantizar que vuelvan a la Tierra. Debe preverse el regreso, duplicando la duración del viaje. Por otra parte, las modernas sondas no tripuladas están ya equipadas con computadoras modernas y poderosas, y con facilidades de análisis de muestras de suelo y gases. El análisis se puede hacer directamente desde el suelo selenita, y transmitir los resultados a Tierra por radio.

 En relación al viaje de ida y vuelta a la Luna, una curiosidad. El viaje de ida tarda casi un día más que el de vuelta. Durante la ida, la gravedad de la Tierra, mucho mayor a la de la Luna, va frenando la nave que se aleja; la hace ir más despacio. Durante la vuelta, la gravedad terrestre tira de la nave, y la acelera.

 Los principales motivos para volver a enviar seres humanos a la Luna hoy serían tendrían que ver con tareas que no pueden ser dejadas en manos de robots. Entre ellas, la construcción de una base permanente, que permita en el futuro ser una escala de un hipotético viaje a Marte. O comenzar a explotar minerales en la Luna, antes las dificultades que plantea la minería en la Tierra. Tanto EE.UU. como China tienen en la mira estas cuestiones. El viaje a Marte parece esta más cerca y se facilitaría mucho si hubiera una estación de transbordo en la Luna. La década de 2020-2030 promete traer novedades al respecto.

 Han pasado 50 años desde el primer alunizaje tripulado en la Luna. Es probable que falten menos de diez años para que podamos ser testigos del próximo.

(*) Astrónomo, divulgador. Universidad Nacional de Córdoba.

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