Los millennials no abandonan sus juguetes

Cultura 29/06/2019 Por
La última película de Toy Story 4 se asemeja narrativamente a sus antecesoras, pero su viaje emocional presenta un giro con respecto a la mirada de la saga sobre el cambio y el fin de las etapas.
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- Toy Story 4 procesa el miedo al cambio y al fin de las etapas con una postura liberada.

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Especial para La Nueva Mañana

Son casi las doce y los pochoclos pegoteados en la alfombra hacen ver el cine como una película de desastres. Mañana es día de clase, pero no importa. Unas niñas corretean por el cine a brazos abiertos mientras las luces del shopping se apagan a sus espaldas. Dos adolescentes con pinta de punkys patean bandejas de nachos vacías: acaban de salir de la función sin culpa, porque ahora es cool mirar películas animadas; especialmente si se trata de Toy Story 4, que en apenas una semana amenaza con convertirse en la depredadora más grande de la taquilla argentina.

Niños y adolescentes al margen, uno podría jurar que la mitad de la sala está cooptada por adultos. Treintañeros reventados que jugaban con muñecos en el año ‘95, cuando la primer Toy Story proyectó su imaginario almibarado de amistades eternas entre humanos y juguetes. Ahora, una pareja millenial con lentes de marcos negros no necesita hijos ni sobrinos como excusa para entrar a la película. Se sacan selfies besándose junto al póster de Woody y reviven la nostalgia de una saga cuya pulsión es esa: aferrarse con uñas y dientes a la inocencia.

El fenómeno de Toy Story lleva dos décadas sellando su lugar en la cultura pop desde una cualidad extraña. El drama de Woody, un juguete que se angustia porque ve crecer a sus dueños, atraviesa la saga entera con una ternura arrolladora. Dispara un temblor emocional al estilo de una vieja coming of age de Spielberg, pero invita a mirar el fin de la infancia desde una perspectiva que reivindica la inocencia. Es un movimiento doble, casi contradictorio: soltar y abrazar en un suspiro.

El humor excéntrico de los films siempre estuvo apoyado en presentar el mundo como si fuera visto por el prisma de los juguetes. Los aburridos espacios cotidianos, como un viejo sillón giratorio del living o una gasolinería apagada, se convierten entonces en paisajes de aventuras. Cada rincón atomizado por la mirada adulta es subvertido con la libertad expansiva que desata la imaginación infantil. En paralelo, los films dejan una huella sobre los nuevos tiempos del cine: re-escalan el mundo y la ficción a través de una técnica híper-digitalizada. Casi por accidente, narran el fin de una época para su propio medio artístico.

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En Toy Story 4, cada uno de esos motivos es recuperado religiosamente. Incluso la superficie de su trama y sus hilos narrativos, con historias de juguetes perdidos y odiseas de rescate, parecen calcar el rumbo de sus antecesoras al punto de volverla redundante. Pero lo que marca un verdadero giro es la visión renovada que nace del viaje emocional, serpenteando subterráneamente a las acciones narrativas: una vez más, Woody debe enfrentar la transformación del vínculo con su nueva dueña, pero con consecuencias diferentes.

Bo Peep, una vieja amiga del protagonista, reaparece como su contra-punto: pasó de ser una muñeca delicada que estaba siempre presente para su niña a convertirse en una amazona aguerrida que conduce una tribu de juguetes libres. Cuando su nueva filosofía acorrala las creencias de Woody, la película quiebra por primera vez el suelo firme sobre el cual se había apoyado la saga: que los juguetes sufrían cuando eran abandonados y que su destino era volver a la mano de algún niño que jugara con ellos.

Toy Story 4 procesa el miedo al cambio y al fin de las etapas con una postura liberada. En ese sentido, quizás sea la película más madura de la saga: su nueva forma de nostalgia es menos regresiva y más abierta a la incertidumbre pantanosa. La visión afirmativa de sus juguetes propone aceptar que los planes que parecían seguros pueden caerse, que los horizontes pueden redefinirse. Por eso, no resulta tan extraño que sean los millennials ojerosos quienes sigan cortando entradas para ver esta película. Hasta el infinito y más allá, ciertamente.

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