Los años verdes

Cultura 15/06/2019 Por
De nuevo otra vez, dirigida por Romina Paula, se integra a una corriente de films argentinos recientes que atraviesan y se dejan atravesar por el movimiento sísmico del feminismo. En esta película, las certezas sobre la maternidad, el amor y el deseo quedan en suspenso.
De nuevo otra vez (7) (1)
De nuevo otra vez (7) (1) - Romina Paula rescata elementos vivos (personas, vínculos reales, viejas fotografías familiares) y las reordena dentro de un régimen ficcional que rompe las estructuras clásicas.

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Especial para La Nueva Mañana

El cine argentino ya lleva un tiempo en el banco de acusados. Algunos críticos (pocos, pero fervientes creyentes de que el cine no está escindido del mundo) han apuntado de manera insistente a un fenómeno curioso: que una porción mayoritaria de las ficciones locales ha permanecido reacia a filmar su propio presente, privilegiando universos atemporales antes que coordenadas precisas, componiendo planos circunscriptos a casas de muñecas domésticas antes que expandiendo el campo visual al pulso incierto del espacio público.

Todo esto mientras acá, fuera de campo, las plazas se han llenado de multitudes híbridas que levantan y derriban figuras políticas; la cultura popular se ha expandido con nuevos mitos (quizás no pase un día sin que algún ciudadano suelte gritos volcánicos o plegarias dirigidas a Cristina, pero ninguna película se anima siquiera a pronunciar su nombre en voz alta); y los basurales mediáticos y cibernéticos vienen a confirmar que todos tenemos algo para decir sobre el estado del mundo, en cualquier momento y sin filtro alguno.

Incluso si los críticos al hermetismo del cine argentino han estado en lo cierto, ¿no estaremos en condiciones de pensar que algunas películas recientes ya se muestran más permeables al presente? De nuevo otra vez, el film de Romina Paula donde la protagonista vuelve a Buenos Aires en medio de una crisis con su pareja y su maternidad, viene a confirmar este giro: un grupo de films realizados en los últimos cuatro años que atraviesan y están atravesados por el movimiento sísmico del feminismo. En la pantalla, las capas rocosas que sostuvieron mandatos de género, manuales de amor y burocracias del placer también están crujiendo.

El deseo, por ejemplo, sobreviene en cambios subterráneos para las mujeres de Cetáceos, Familia sumergida y Sueño Florianópolis. En otras películas, el centro vital lo ocupan comunidades des-patriarcadas:  las nómades calientes que recorren la Patagonia gimiendo y acabando sin hombres en Las hijas del fuego, el matriarcado de rubias-clones en Nosotras Ellas, la familia que habla de su padre ausente como si se tratara de un personaje ficticio en Adiós entusiasmo. Y también están las películas que echan una sombra de duda sobre la maternidad: el drama invernal de La omisión, la fábula desterritorializante de Julia y el zorro, la tragicomedia de Mi amiga del parque y el estudio formal sobre el cuerpo (maternal y sexual) en Alanis.

Nada de esto hace que las películas sean mejores ni peores, pero sí las abre a una relación distinta con el afuera; más porosa, menos enceguecida. En De nuevo otra vez, esa apertura a lo real va desde el clima de época hasta las fronteras borroneadas entre ficción y vida íntima. La directora, por empezar, es también la protagonista y comparte su nombre real con el personaje ficticio. Su madre y su hijo en la pantalla son, a su vez, su madre y su hijo en la realidad.

Señalar esto sería apenas un dato curioso, por eso habrá que calar más profundo: cada una de aquellas decisiones genera efectos concretos que convierten la película en un extraño objeto de ficción. No se trata de un mundo cerrado en sí mismo ni de una manipulación al estilo de un truco de magia, sino de un film en estado impuro. Romina Paula rescata elementos vivos (personas, vínculos reales, viejas fotografías familiares) y las reordena dentro de un régimen ficcional que rompe las estructuras clásicas. Indaga sobre una intimidad que es, a su vez, parte de algo más grande; un sacudón de la cultura.v

Incluso cuando la verborragia en primera persona puede resultar agotadora (por momentos, egocéntrica, circular o hasta obvia), De nuevo otra vez es verdaderamente inteligente para utilizar personajes secundarios que entretejen un diálogo transgeneracional.

Mientras la madre de Romina defiende las habilidades que tiene cualquier mujer para tomar buenas decisiones con sus hijos,  la hermana joven de su amiga expresa un espectro opuesto: la emergencia de una nueva manera de vincularse afectivamente, menos apegada a los vínculos estancos y más abierta a la falta de certezas.

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Romina se tambalea entre aquellas generaciones, lo cual la deja en un lugar incómodo: a los cuarenta, reconoce que los valores absolutos de la maternidad y el amor se resquebrajan, pero se siente confundida ante el horizonte incierto. Se mueve con fragilidad, como un pez perdido que se retuerce en aguas nuevas. Hasta las fotografías gastadas que interrumpen la narración lineal juegan en esa clave dramática: son vestigios de otra época, de antepasados cuya existencia parecía sellada. Los giros de la vida podían congelarse como el rayo de una cámara que detiene el tiempo. Al menos, eso parecía.

La incertidumbre que descoloca a Romina es una fuente de energía para el film; constituye su fuerza. En una de sus mejores escenas, por ejemplo, el montaje crea un juego de miradas que se cruzan y desencuentran entre muchas personas; la puesta en escena justa para seguir el camino escurridizo del deseo. Pero además, libera un atentado contra la claridad que acecha a toda la película: la irrupción de monólogos teatrales, las escenas imaginarias o los textos literarios sobre fotografías. Su armazón se erige bajo una forma caleidoscópica. Su narración, lejos de arribar a conclusiones o clímax dramáticos, asume una búsqueda infinita.

Este carácter performático del film no niega sus elementos reales: estos conviven y se alimentan los unos a los otros. Por eso, sería un error pensar que De nuevo otra vez viene simplemente a documentar una época o a reflejar una realidad que está ahí afuera. Romina Paula deposita en el cine un componente activo: éste también puede moldear y devolverle algo a ese mundo errante. Por lo cual es seguro decir que de acá a unos años no veremos esta película como un espejo histórico, sino como la composición de un paisaje afectivo. Un territorio emocional que Romina Paula ha performado para ser habitado y devolvernos al mundo. Ahora, estremecidos.



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