El laboratorio cinematográfico: una entrevista con Alejandro Cozza

Cultura 25/05/2019 Por
El cineasta habló sobre “El último cuadro de Luz Belmondo”, la nueva película filmada en el taller que coordina con Inés Moyano y Rosendo Ruiz.
Alejandro Cozza
- "Los talleres son laboratorios y nos gusta jugar a eso. Nos gusta jugar con los géneros clásicos, que es algo que yo probablemente no haría en mi obra", asegura Cozza. foto: Gentileza.

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Especial para La Nueva Mañana

Un grupo de desconocidos se reúne cada año a filmar una película. Su dinámica, fluida y descontracturada, reimagina modos más colectivos de hacer cine: todos comparten ideas, escriben el guión a cuatro manos y actúan frente a la cámara. Algo de eso vienen proponiendo los talleres de cine coordinados por Alejandro Cozza, Inés Moyano y Rosendo Ruíz, quienes estrenaron su película más reciente puede verse hasta el próximo miércoles 29 de mayo en el Cineclub Municipal.

Nacida en las entrañas de este taller, El último cuadro de Luz Belmondo experimenta con las posibilidades de la comedia: Martín, un cuarentón desilusionado con la vida, comienza una clínica de cine para filmar una película basada en su madre. De allí en más desencadena un borramiento de fronteras: entre la vida íntima y la ficción creada, entre el taller coordinado por Cozza y la película que engendra ese espacio.

“Una característica de la peli fue que nos pegamos mucho a la historia de Carlos, uno de los integrantes del taller”, dice Alejandro Cozza a La Nueva Mañana. “Tenía mucho de real su historia, entonces fuimos jugando con eso. Y al mismo tiempo él era actor en la ficción, o sea que siempre estuvo ese lugar de confusión medio ambiguo, donde nosotros mismos no terminábamos de entender dónde empezaba la realidad y dónde la ficción. Fue una cosa medio extraña”.

Entonces había algo entre la realidad y la ficción que se jugaba tanto en la película como en el proceso de creación

- Claro. Nosotros sabíamos que íbamos a jugar con esa línea todo el tiempo. Hay una cosa  generacional que es un poco producto de eso; de esta especie de machito que no termina de entender a su pareja, ni a la otra chica que le gusta y mucho menos a su madre. Es un poco un antihéroe y un nabo absoluto. Y fue una decisión que esos problemas no se resolvieran completamente.

¿Y cómo aparece la idea de explorarlo desde la comedia?

- Se fue construyendo de a poco. Es algo que yo noto a favor: en Córdoba no se han hecho casi comedias y eso es llamativo. Pensamos que aceptar este lugar cómico era una buena manera de no tomarnos muy en serio y de hacernos cargo que las cosas que pasaban en el taller eran lo mismo que empezaba a aparecer en la película mientras íbamos guionando. La comedia era una forma de jugar con eso.

El último cuadro de Luz Belmondo (4)
"El protagonista sería esta especie de machito que no termina de entender a su pareja, ni a la otra chica que le gusta y mucho menos a su madre. Es un poco un antihéroe y un nabo absoluto."

A su vez, el género de la comedia tiene muchas expresiones ¿Cómo fue el proceso de encontrar el tono particular para esta película?

- Había una idea de que la puesta en escena fuera más lúdica y juguetona. De repente, la cámara tenía mayor participación y los planos tienen cierta complejidad. Por ejemplo, las transiciones entre los ensayos de la película y la realidad de los personajes se filman con planos secuencia que apoyan esa ambigüedad de ir de un lugar a otro, sin un cambio de registro más evidente. En esa puesta más lúdica entendimos que también estaba el tono de la comedia. Hubiera sido distinto un realismo distanciado, por ejemplo. Hay una charla entre los dos amigos que está filmada en un solo plano, donde ellos van entrando y saliendo de la imagen. Ahí aparece este “juego de puertas” de la comedia: los personajes entran, salen, aportan líneas. Son juegos más visuales: la comedia va más por  la puesta en escena y el ritmo que por tratar de generar situaciones cómicas. No hay que hacerse el gracioso. Ese es el problema de la comedia: si hubiéramos querido ser graciosos hubiera sido un fracaso.

Antes mencionabas que es extraño que la comedia sea tan poco explorada en el cine de Córdoba.  Eso me recuerda a Camping, la película taller anterior, que empezaba como si fuera otra película intimista filmada en las sierras y de repente se desviaba hacia un thriller. ¿Crees que el espacio del taller funciona como un laboratorio para experimentar con otras formas cinematográficas?

- Absolutamente. Con Rosendo siempre lo decimos: los talleres son laboratorios y nos gusta jugar a eso. Nos gusta jugar con los géneros clásicos, que es algo que yo probablemente no haría en mi obra. Quizás ninguno de nosotros haría estas películas fuera de ese marco. Pero eso nos ayuda a descomprimir presiones, quitarle solemnidad a las cosas y jugar con las formas del cine. De golpe, tirarnos a explorar eso nos permite hacer cosas que no se hacen mucho en Córdoba. Nico Abello lo hizo un poco con La mirada escrita, pero el resto de los directores se ha orientado hacia una escritura más autoral. Eso está bárbaro, pero también pienso que perdemos la posibilidad de jugar con las formas. Y me parece bueno jugar a ser “otro director” más allá de las presiones personales o autorales.

Pensando un poco en tu rol dentro del taller y como docente, ¿por qué te parece importante seguir reivindicando la incorporación del cine en la educación?

- Todas las cosas que hago, ya sea escribir crítica o dar clases (soy docente hace ya muchos años), nunca estuvieron desligadas de la realización y de hacer cine. Entonces muchas veces te quieren encasillar: o sos crítico, o ahora sos el crítico que hace cine, o dirigís cine pero das clases. Y para mí eso siempre estuvo conectado. También siento que dentro del cine de Córdoba no tenemos que dejar nunca el estado de formación. Tenemos que hacernos cargo de que estamos en formación todos, más allá de que algunos puedan tener más o menos experiencia. El cine acá es siempre algo tan nuevo y tan “naciente” que está bueno no subirnos a ningún pony. Todos aprendimos juntos haciendo películas. Somos un poco la primera generación que empezó a hacer cine desde lugares muy distintos: desde los cineclubes, desde los espacios de formación, desde las tesis en la Metro o en la Universidad Nacional.  Y estas películas taller son otra expresión de eso.

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