El descenso de Belgrano: tres años sin patear al arco

Deportes 12/04/2019 Por
Entre el desencanto, la tristeza, las acusaciones, la rebeldía y las promesas de amor eterno, la sociedad futbolizada escribe un nuevo capítulo, producen un efecto que puede causarnos cualquier cosa; menos indiferencia.
Cuero © Prensa Belgrano
Foto: Prensa Belgrano

chapa_ed_impresa_01

Especial para La Nueva Mañana

La sociedad futbolizada escribe un nuevo capítulo con el descenso de Belgrano. Porque entre el desencanto, la tristeza, el llanto, las acusaciones, la rebeldía que nace y las promesas de amor eterno, producen un efecto que puede causarnos cualquier cosa; menos indiferencia.

No me vengan con que bajar de categoría sirve para tomar impulso porque eso sólo ocurre en Suiza o en Noruega. Mientras sigamos machacando que el segundo es el primero de los fracasados y cada vez estemos peor por ese razonamiento que sólo nos muestra miserables, en Argentina perder es una tragedia. Y nadie quiere vivir en la tragedia, porque no hay nada más lindo que ganar para ir a hacerle burla a alguien…

Desde el simple momento en que el fútbol se convierte en una posibilidad de hacer feliz a la gente, su importancia se deforma y adquiere un rol absolutamente exagerado. Entonces, no es que Belgrano ahora jugará una divisional abajo: se trata de una ecuación emocional, con diferentes factores que hablan del orgullo y la ilusión, en dosis idénticas con la vergüenza y la angustia. Muchas personas aspiraban a ser felices con el crecimiento futbolístico de Belgrano y ahora sienten que les arrebataron esa oportunidad. O sea, les quitaron esa chance de ser felices porque el fútbol también es eso: situaciones emotivas extremas, como en la vida.

Si en la tribuna vimos hinchas llorando, evidentemente el descenso de Belgrano es mucho más complejo que cambiar de adversarios y de día de partido. Entonces ¿qué pasó? ¿hay que preparar una horca en la Isla de los Patos y mandar ahí a los dirigentes? ¿todos los jugadores son unos delincuentes?

Lo primero que se debe apuntar es la tremenda paradoja de la foto que Belgrano dejó ver desde el lunes: descendió en el fútbol, en el ejercicio de 11 celestes contra los otros, pero institucionalmente nunca estuvo mejor. No es que alcance con una tribuna hermosa o el predio reluciente en Villa Esquiú, pero tal vez sería bueno recordar que no hace mucho, los jugadores iban a correr a la costanera porque no tenían ni una plaza para entrenarse. Hecha esa salvedad, que ayuda a entender el contexto de la eterna dualidad clubes de fútbol / clubes con fútbol, Belgrano sincera su microclima en función de lo que marca su destino y hace vibrar a su gente. Es más fuerte la pena por el descenso, que el orgullo por la solvencia de lo demás.

La lógica del fútbol

El mismo Armando Pérez que fue ovacionado en el proceso de reconstrucción que puso a Belgrano en primera, es el que desde hace un tiempo es señalado como la esencia del fracaso porque le soltó la mano al proyecto de crecimiento en lo futbolístico y eligió sobrevivir. Él o los dirigentes que modeló para seguir ese guión.

Si hay algo irrefutable en el maldito sistema de los promedios que regula los descensos, es que condena a los que efectivamente anduvieron peor que el resto. ¿No sabían en Alberdi que se venía la noche? Sin embargo, no hubo ajustes en la política deportiva para reactivar a un equipo que se fue cayendo a pedazos, hasta el final. Triste y anunciado final. No hubo sorpresas. Nunca hubo tanta lógica. Los errores estructurales pasaron factura.

Posiblemente, ése sea el dolor mayor… La tribuna fue cambiando la cara cuando cada año, al arrancar la temporada, llegaban muchos jugadores de descarte (y entrenadores discretos) que terminaban ofreciendo una prestación no satisfactoria. Es decir, no es una cuestión profética sino un análisis de la realidad con una perspectiva obvia: con buenos jugadores, es más fácil armar buenos equipos; con jugadores grises, todo es cuesta arriba.

Desde el punto de vista futbolístico, hubo una sucesión de decisiones desafortunadas que no dejaron lugar a las dudas. Belgrano descendió porque jugaba mal; jugaba mal porque tenía jugadores de mala calidad y porque sus entrenadores los administraron peor, más allá de los libritos. En los momentos de crisis, cuando pudo verse la calidad de su juego, Belgrano fue más transparente que nunca: casi ni pateó al arco en los últimos tres años…. Si algo no se le podrá reprochar al equipo, es que haya mentido. Fue de lo peor de los tiempos recientes y careció del combustible para salir adelante. Por eso, hartos de estar hartos, de creer en los procesos con los entrenadores insolventes, los hinchas comprendieron hace mucho que esto iba a pasar. Y pasó…

Hoy, ahora, mañana, la sensación más fuerte, la que le rompió el corazón a los hinchas, es que la cancha linda es una gran noticia, pero que no sirve de mucho si los jugadores no dan tres pases bien. No se hizo lo necesario en varios años para sostener al equipo con la expectativa de entrar a alguna copa “jugando a algo”. Las decisiones, que pendularon entre la impericia y la subestimación, fueron una bomba de tiempo que estalló, como debía ocurrir.

Si algo debemos aprender, es que el fenómeno del fútbol en nuestras vidas no empieza ni termina con los partidos. Es una lucha cotidiana: desde su condición de alimento para el alma, se mete en las venas y genera algo parecido a la felicidad. O la infelicidad. Depende si la pelota entra o no.

  

 

Edición Impresa

Seguí el desarrollo de esta noticia y otras más 
en la edición impresa de La Nueva Mañana
 
Todos los viernes en tu kiosco ]


Te puede interesar