El exterminador insatisfecho

Opinión 08/04/2019 Por
Toda construcción se apoya en una estructura que soporta el peso de lo edificado; dicen los tratados de ingeniería que es fundamental hacerlo sobre un piso sólido porque con bases poco profundas, se corre el riesgo de sufrir grietas.
nena pobreza

Toda construcción se apoya en una estructura que soporta el peso de lo edificado; dicen los tratados de ingeniería que es fundamental hacerlo sobre un piso sólido porque, si están en terreno poco firme o con bases poco profundas, se corre el riesgo de sufrir grietas… Sobre los materiales, bueno, lo convencional parece mejor: piedra, cemento, hierro. En definitiva, todo buen ingeniero sabe que la suerte de lo que vaya arriba depende de lo que hay abajo, qué lo soporta.

Ahora cuando se trata de crecimiento económico, ¿sobre qué se funda, con qué se hace?... Para cimentar la economía del futuro ¿es legítimo echar mano a los seres humanos? ¿hombres, mujeres, niños y viejos? La vida de millones de argentinos como piso para elevar el nivel de vida de los supervivientes. El carbón para las máquinas de la era victoriana...

Contesta la más elemental noción de cuerpo social: esto que sucede en la obra del ingeniero Macri es aniquilación sistemática de los nadie.

El imaginado crecimiento del PBI argentino en los años venideros afianzado sobre 9 millones de pobres, según informa Indec, o proyectados fuera de muestra estándar, 16 millones, de acuerdo a la medición del Instituto de Políticas Públicas del economista Claudio Lozano, lesiona cualquier presupuesto político democrático.

Un niño de cada cuatro, pobre. Esto que desgarra el tejido social y desnuda la crueldad de la minoría que gobierna por mandato de la mayoría es, nadie presuma ignorancia, un genocidio.

Cuando se evoca políticamente a la dictadura cívico militar que azoló esta patria nuestra en la década de los 70, o se la juzga en los tribunales de la república, el sustantivo genocidio se revela en su condición instrumental: la desaparición de personas como el acero afilado de la aniquilación de resistencias.

En materia económica fue lo que hoy huelga detallar. Lo que el cronista pretende es identificar en aquel plano histórico esta devastación producida en el mundo del trabajo por la caída del salario, la pérdida de puestos y la precarización. Dirá entonces Diego Rubinzal: “En esa época cerraron 15 mil industrias, sector que se desplomó del 36 al 21 por ciento, se consolidó la valorización financiera, es decir, la patria financiera, era más negocio especular que producir”.

Con esa foto del espanto, el autor de “Historia económica argentina de 1880 a 2009” nos permite abrir el foco sobre esta hora donde la administración de Cambiemos hace víctimas todos los días, siembra de necesidades al pueblo cuyos destinos prometió mejorar. Del declamado "voy a acabar con la pobreza" la aspiración parece haber virado a "voy a acabar con los pobres".

Estos siniestros guarismos del 32 o 35 por ciento gritan la vigencia del plan de exterminio social que se recrea en cada medida oficial; mientras a los gobernados – desde ahora las víctimas -  se les envenena el agua de la esperanza, la clase gobernante – en adelante, los victimarios – se regocijan en las alabanzas que les suelta el mundo de los negocios concentrados y centralizados, el capital especulador y la espada del capitalismo financiero, el FMI solícito a la hora de ahogar en sangre la desorganización de las cuentas internas. Genocidio.

En junio de 1975, Celestino Rodrigo llevó a cabo el ajuste más brutal jamás operado en el país hasta ese momento, los servicios públicos y el transporte aumentaron el 100 por ciento, la nafta se disparó a la estratosfera: 180 por ciento de incremento.

Sus consecuencias obraron al mismo tiempo la licuación de las deudas empresarias en pesos y el empobrecimiento de los asalariados. Pero en tanto se trataba de obreros industriales en una nación que seguía las inflexiones del capitalismo en cada una de sus fases - se transitaban los últimos años de su ciclo de oro, al decir de Eric Hobsbawm – soportaron el ajuste como no pueden hacerlo hoy los argentinos de la crisis del 2001; de acuerdo al consenso general en historia económica del país, desde 1974 a la actualidad la caída del salario real se sitúa en el 40 por ciento, y es a partir de esos años 70 cuando se abre la fase contractiva absoluta de la fuerza de trabajo industrial.

Repasemos algunos datos, el PBI industrial entre los años 1946 y 1977 era, en promedio, de 4.8. Desde 1978 al 2011 se contrajo hasta una tasa de 1.9 por ciento. Una variable sensible para reconocer el crecimiento es el consumo de cemento, pues bien: el período virtuoso informa 6.0 por ciento, su fase negativa 2.6.

Este ajuste en que se empeña Mauricio Macri es el bisturí que se ensaña con la manteca.

El informe 2018 de la encuesta Latinobarómetro señala que “el país con la menor expectativa económica futura es Argentina con 33 por ciento, que sufre una crisis económica” Junto a Nicaragua encabezan el lote de desesperanzados (¿desesperados?) y son los dos países donde no hubo elecciones presidenciales el año pasado. “Se podría decir”, continúa el informe, “que cuando la magnitud de la crisis sufrida por los países es muy profunda, las expectativas futuras se frenan” como es claramente nuestro caso.

Argentina está en escenario de recambio, con los más sirviendo de plataforma para los menos, su contrapiso, la aniquilación no solo de expectativas sino de los propios argentinos sin recursos, el genocidio silencioso de las mayorías populares.

El pueblo tiene derecho a contestar la violencia de tanta medida urdida en los despachos de quienes tienen su vida y la de los suyos resueltas por generaciones venideras. El arma es la conciencia política y la toma de audaces desiciones. Escuchemos a Giovanni Sartori: “Más que la ida (asunción del mando) lo que cuenta es el regreso del poder (la instancia de convencer). Si ese trayecto no es vigilado, si en el proceso de transmisión de poder los controlados se sustraen al poder de los controladores, el gobierno sobre el pueblo corre el riesgo de no tener ninguna relación con el gobierno del pueblo”.

*Néstor Pérez es periodista, autor del libro “La palabra incómoda".

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