Lecturas de verano: Tierras altas en el lado más lejano de la Luna

Cultura 02/03/2019 Por
Un matrimonio que no funcionó, los hijos que también se alejan y la soledad como única opción. Las relaciones humanas pueden ser muy conflictivas aunque se viva a 384,400 km de distancia.
20-21 tierras altas
- Ilustracíon: El Esperpento

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¡Cuántas contradicciones atraviesan la vida de una persona! Eso nunca deja de asombrarme. Pese al dolor, las injusticias, la impotencia, la vida no deja de sembrar sus caprichosas sorpresas que paralizan la razón. El error y la estupidez tienen tanta validez como cualquier lógica moral a la hora de pensar qué es lo que guía los encadenamientos de una vida... Un laberinto de túneles circulares que se cruzan entre sí, sin el menor concierto, siendo probable que cualquier bifurcación que elijamos nos lleve al mismo punto.

Por ejemplo, Miriam puso como excusa a mis hijos. Dijo que ya no los soportaba. Que me seguía amando, pero que a mis hijos, adolescentes y torpes, no los podía aguantar. Entonces nos separamos y ya no la volvimos a ver. Mis hijos, por su parte, comenzaron a odiarme con una fuerza inusitada. ¡Qué paradoja! Al recordar sus reproches y sus rostros cargados de una furia amarilla todavía quedo perplejo. Hice lo que pude. Su madre, años antes, nos había abandonado, y, a pesar de estar tenuemente agradecidos de que yo me hiciera cargo de ellos, era evidente que no podían perdonarme el hecho de no haber sido capaz de retenerla. ¡Cuánta injusticia! Cuando se fue Miriam ese sentimiento retornó con agudeza y me volvieron a hacer responsable. Mi ultimo y nuevo gran fracaso fue culpa de ellos. En aquel momento, no se los dije, no les reproché, me contuve, pero cuando el menor entró a la universidad, también los abandoné.

Hace cuarenta años que vivo en la Luna. La última vez que vi a mis hijos fue hace veinte. Hace diez que no hablo con ellos. Me fui cuando se descubrieron los túneles subterráneos. En aquel momento, nadie lo creyó posible; parecía una fantasía, pero ahí estaba el agua fluyendo lenta y silenciosamente en el interior de la Luna. Cerca del 2036, una expedición al polo norte de la Luna por su lado oscuro, se topó con una extraña abertura, el marco de una cueva, cubierta por una fina capa de material sólido semitransparente. Los exploradores se metieron y fueron a dar, luego de unos ochocientos metros de marcha en declive espiralado, a una especie de cenote cargado de agua burbujeante y vaporosa. El agua lunar estaba contaminada con metales tóxicos. No obstante, de ahí en más la cosa fue rápida: el descubrimiento de los canales interiores cargados de ríos hirvientes, la instalación de bombas extractoras y de la primera gran planta potabilizadora lunar, la fabricación de los primeros invernaderos extraterrestres.

El ciclo del agua se da al revés que en la Tierra. El núcleo caliente del satélite funciona como un sol interior: el centro vaporiza el agua que condensa al entrar en contacto con una primera capa semisólida y exlávica y de ahí se filtra hacia las cuencas originales de las corrientes lunares. En aquel momento, nadie creía posible la existencia de ríos en la luna debido a su baja gravedad, un sexto del de la Tierra. Sin embargo, al estar más cerca del núcleo, la gravedad aumenta lo suficiente como para permitir que el agua corra, aunque no sea más que como suaves arroyos. Ahora, la superficie del satélite está cubierta en buena parte por una vegetación espesa y de una extraña palidez. La luna, en unas décadas, será el pulmón verde más puro de todo el sistema solar. Otra paradoja.

Soy uno de los primeros ingenieros botánicos que se instaló aquí. Ahora hay pequeños poblados con centros comerciales y hasta incluso hoteles. Hay familias bien constituidas y los primeros selenitas ya han visto la luz del sol azulada en el reflejo del planeta Tierra. Yo, no obstante, permanezco soltero. No quiero saber nada con tener familia. Ya tuve suficiente con mis hijos, su madre y también con Miriam. Algunas veces, sin embargo, cuando camino por los bosques lunares, al tocar las pálidas hojas de los siempreverdes y al comprobar el milagro de la luz solar rebotando en los océanos terrestres y llegando hacia mí, me siento afortunado, triste y solo, pero afortunado. Poder contemplar todo esto de lo que en parte soy responsable es una satisfacción incomparable.

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Detalle de la ilustración "Tierras altas" de El Esperpento.


Esta tarde, sin embargo, no me siento bien. Estoy agotado por la jornada laboral y me pesan los hombros. He decidido dar un paseo por el desierto lunar para despejarme. Subo a uno de los vehículos todoterreno, tomo uno de los caminos trazados durante unos dos kilómetros y después me salgo de la huella. Pongo rumbo hacia el cordón montañoso. La región fue bautizada como Tierras Altas de la Luna, pese a su baja altura, pero en favor de que la zona es en efecto la más elevada del satélite. Cierro mi casco extravehicular y me bajo al pie de una de las pequeñas colinas. Comienzo a trepar a pie la suave pendiente hasta llegar a una cima. Camino hasta el centro de esa planicie y me dejo caer. Siento los síntomas, diáfanos y certeros, de un ataque al corazón. No voy a pedir auxilio, no voy a mandar ninguna señal. Estoy cansado, miro hacia la brillantez de la Tierra y activo el servicio de mensajes fúnebres:

“Gracias por utilizar nuestros servicios. Nuestra empresa está orgullosa de atravesar la galaxia para conectar las almas humanas. La pérdida de los seres queridos es uno de los grandes pesares a los que se ha enfrentado la humanidad desde siempre: es importante dejar un solvente mensaje para que el proceso de duelo pueda darse con eficiencia. A continuación reproduciremos en su holovisor fotografías de sus seres queridos. Cuando escuche el click comience a hablar”.

Las imágenes comienzan a reproducirse: Toby, mi primera mascota, en el patio de casa de mis padres lamiéndome la cara, mi padre y yo en una canoa en un lago, mis hijos jugando al fútbol. Por encima en pequeños números brillantes un cronómetro en cuenta regresiva: 3, 2, 1... Escucho el click.

Pasan otras imágenes: la mamá de los chicos en la sala de parto, los chicos en sus primeros días de escuela, un festejo navideño con Miriam. Trato de concentrarme en las imágenes, pero a mi mente no viene nada. Es como ver un viejo álbum de fotos de un completo desconocido. No siento nada. Un gran vacío lunar. Soy un desierto atravesado por raíces inertes.

—Este.... —alcanzo a balbucear, pero luego me arrepiento y quiero desactivar la grabación. Una puntada en el corazón me impide apretar el control deseado.
“Gracias por utilizar nuestro servicio, su mensaje será enviado automáticamente apenas los sensores de su traje confirmen su deceso. Sus seres queridos sabrán que usted se ha ido, pero dejándoles unas últimas palabras de consuelo”.

Una música funcional aparece mientras el holovisor reproduce mi mensaje. Veo mi mirada perpleja, mi balbuceo ininteligible seguido de una horrible contracción de mis músculos faciales producto del dolor. Después, un breve y ahogado insulto: “me cago en la mierda”. Es raro, no recuerdo haber dicho eso. El mensaje vuelve a comenzar y se eterniza en un loop. Mis dedos ya no responden. El dolor me paraliza por completo. A través de las imágenes del holovisor alcanzo a vislumbrar por última vez el brillo de la Tierra.

Emiliano Baigorri

Emiliano Baigorri (1984). Licenciado en Letras (UNC), vive en Córdoba y trabaja como bibliotecario. Publicó los poemas “Los veloces son los nuevos profundos” (Sello Editorial el Ojo del Mármol) y la plaqueta “Lo que nos excede no nos importa” (Elemento Disruptivo). Participó como editor de la revista digital Vagón de Ostras (2014-2016).

Lo pueden visitar en:
http://profeciasdelamultiplicacion.blogspot.com.ar/ o escribirle a [email protected]

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