Campeón

Cultura 03/02/2019 Por
"El estadio es como una sinfonía en la que miles de personas interpretan una sola canción". El fútbol y la pasión no heredada. Un padre y un hijo transitando cada uno su camino. Un vínculo que no se romperá nunca. Un cuento que emociona.
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1 / 2 - Ilustración: El Esperpento

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Especial para La Nueva Mañana

Mi viejo era de Independiente, no era hincha pero se había hecho simpatizante porque en su infancia llegaban a Córdoba las noticias del Rey de Copas que jamás dejaba de ganar y sus jugadores iban a impartir buen juego a los rincones más lejanos del planeta. ¡Cómo alguien podría no ser de Independiente! Sus triunfos y jugadores inspiraban a poetas y escritores, emocionaban a relatores de radio y a miles de niños como mi viejo, que agarraban la pelota en la plaza y peleaban por ser Bochini. ¡Yo quiero ser Bochini! ¡No, me toca a mí!

Pero en esa época, Córdoba quedaba muy lejos de Buenos Aires y aquel Independiente del que se enamoraban los niños no dejaba de ser más que una lejana película de superhéroes. Mi viejo nunca pudo ir a verlos a la cancha, nunca pudo presenciar el clamor del estadio para que el sonido de la hinchada penetrara en su corazón y lo convirtiera en un verdadero hincha.

El estadio es como una sinfonía en la que miles de personas interpretan una sola canción, improvisada partido tras partido, donde los tonos, son acordes que respetan el movimiento del más poderoso instrumento que hemos creado como seres humanos: la pelota.

Como no tuvo la suerte, mi viejo, de ir a la cancha porque le tocaron otras cosas, como vivir en el campo, en el interior, en una barriada postergada que tardaría años en tener calles de asfalto, alumbrado y ni hablar de un televisor, tuvo que conformarse con ser simplemente simpatizante. Media tinta.

De modo que cuando nací, tampoco pudo transmitirme con calor algo que llevaba con tibieza en el corazón. Aquellos años del Independiente supercampeón habían acabado y también el clamor de la juventud de mi viejo, que me tuvo de grande.

Pero algo hizo, una cosa muy pequeña: un cinto. ¡Sí, un cinto para poner en el pantalón! Rojo, de tela, de niño, y todo a lo largo de la cinta roja decía con letras blancas “Independiente”. Eso fue todo. Su único intento.
Lógicamente yo no podía percibirlo porque era muy pequeño y sólo me di cuenta años más tarde cuando ya me había hecho simpatizante de River.

Me le había escapado. A mi viejo lo cargaban en el trabajo pero a él no le importaba en lo más mínimo.
Así como él, pero en otra época, me hice de River con aquel equipo de Ramón Díaz que ganó todo. Concretamente lo que me hizo de River fue el gol de chilena de Hernán Crespo al Sporting Cristal de Perú en la Copa Libertadores del 96 en un partido de gloriosa muestra de buen fútbol en el que River acabó ganando por cinco a dos.

Un amigo de mi viejo, el Negro Vargas, lo había invitado a ver la copa de ese año en el bar de una estación de servicios que había a unas cuantas cuadras de casa. Él, con su hijo “el Conejo”, mi viejo conmigo. El Negro era de Buenos Aires pero hacía años que había migrado a Córdoba por trabajo y acá había conseguido enamorar a su mujer y ser padre del Conejo y dos niñas. Él sí había sentido el clamor de la sinfonía popular. Él sí se esforzaba abiertamente por hacer hincha a su hijo.

El Conejo conocía todos los nombres de los jugadores. Burgos, Ayala, Hernán Díaz, Astrada, Ortega, Crespo y por supuesto Enzo Francescoli. Miércoles tras miércoles pedíamos dos gaseosas chicas, un vino de la casa y dos lomos simples que cada padre compartía con su hijo.

Me hice hincha de River porque ver aquel equipo no podía derivar en otra cosa. Íbamos todas las semanas a la estación de servicios, compartía un lomito con mi viejo y veía el mejor fútbol que había conocido. Tanto lo disfrutaba que también me aprendí los nombres y al poco tiempo empecé a gritar los goles con pasión.  Pero me le había escapado a mi viejo y eso me hacía sentir una culpa terrible. Un día le pedí disculpas.

– Yo era chico –me excusé– a lo mejor si me llevabas a ver Independiente…

Pero él me respondió que no le importaba para nada, que me había llevado a ver a River porque el Negro Vargas durante aquella copa estaba muy mal de salud y no sabía cuándo iba a dejar a su hijo sin padre.

– Y era mi amigo –me dijo muy serio– y para mí acompañarlo era lo más importante, aunque mi hijo se me hiciera de River.

Hace un tiempo falleció mi viejo también y poco después Independiente llegó a la final de la Copa Sudamericana. Fui solo a un barcito, me senté en un rincón, pedí un vino de la casa y un lomo simple que tardó en venir hasta casi el final del partido.

Ganó el Rey de Copas y me emocioné tanto que se me anudó el estómago y dejé la mitad del lomito. Pedí la cuenta y me percaté de la mitad del sánguche esperando ser comido. Me invadió el silencio por un momento y suspiré.

– Salud viejo –le dije al lomito y terminé de un trago el resto de vino que había quedado en el vaso.


Martín Fogliacco

Martín nació en Córdoba en 1983, vivió en Recife, Brasil y estudió en Buenos Aires. Actualmente es docente y trabaja en el ámbito de la economía popular. Ha publicado notas para Valor+, Revista Islandia y Revista La Tinta. Participó en Radio Comunitaria La Ranchada con el segmento #Laburantes y en radio Cooperativa Gen como columnista en el programa Devuelvan la Pelota.

Sus primeras experiencias en compartir lo que escribía fueron en un taller que duró muy poco tiempo y que se llamó Nitrato Ferroso. Fue ahí donde sus relatos, que hasta entonces no eran otra cosa que impresiones de las ciudades donde vivía, se empezaron a convertir en cuentos con sentido del transcurso del tiempo.

Fue seleccionado para la Siembra anual de libros de la UNC, donde participó con su cuento Vientos y obtuvo el segundo lugar en el Festival literario del colectivo EsCuchara con su cuento Elefantes. En 2015 publicó su primer libro: Marula y pronto sale a la luz su segunda publicación: A vos quién te espera, de cuentos cortos en el que estará incluido “Campeón”.

 

  

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