San Cristóbal de las Casas entre lo colonial y la reivindicación indígena

Turismo 26/01/2019 Por
En el estado de Chiapas, al sur de México, se encuentra una comunidad que da testimonio del movimiento zapatista.
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1 / 8 - - En la entrada a Oventik un letrero que sentencia: “Está usted en territorio zapatista en rebeldía. Aquí manda el pueblo y el gobierno obedece”.

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Especial La Nueva Mañana

El estado de Chiapas conjuga montañas, vegetación exuberante, patrimonios arquitectónicos, movimientos políticos y una interculturalidad que se respira y se siente, fundamentalmente, en las calles de San Cristóbal de las Casas.

Esta ciudad de más de 185 mil habitantes es el gran núcleo chiapaneco donde confluyen y parten las ofertas turísticas, los intercambios comerciales, los eventos culturales, las propuestas académicas y un entramado social compuesto por comunidades indígenas que continúan hablando tzotzil y tzeltal, dos de las lenguas de la cultura maya.

En una de mis primeras salidas decidí tomar una combi que me llevara hasta el Centro de la ciudad. El transporte público es brindado por estos vehículos, también llamados “colectivos”, a los que solo les colocan asientos a los costados, y realizan distintos recorridos. Viajé al lado de dos señoras que conversaban animadamente en tzotzil o tzeltal, tratando, infructuosamente, de decodificar alguna de las palabras que decían.

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El centro de San Cristobal con sus serpenteantes "andadores". Foto:

El Centro, eje de la actividad

El Centro de esta ciudad, fundada en 1528, conserva esa arquitectura colonial de rejas, molduras, tejas y calles empedradas que lo hacen pintoresco y encantador. La organización urbana parte de la plaza principal desde donde salen tres calles peatonales o “andadores” que desembocan en distintas iglesias: el andador Guadalupe desemboca en la Iglesia de Guadalupe, el andador del Carmen en la Iglesia del Carmen y el andador Eclesiástico termina en la Iglesia de Santo Domingo, ubicada dentro del mercado de productos artesanales que recibe el mismo nombre.

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El centro conserva las fachadas coloniales coloreadas con tonos vivos.

En ese gran conglomerado céntrico hay un espacio destinado a vendedores de artesanías y de ropa, con los bordados típicos de cada zona, que se ubican con sus mantas en una explanada en diagonal a la plaza. En las peatonales hay bares, restaurantes y cafeterías para todos los gustos y bolsillos. Hasta se puede visitar una parrilla llamada “El argentino”, con una estatua de Diego Armando Maradona en la puerta.

También hay galerías de arte y locales que venden ropa y artesanías con diseños modernos, basados en el arte textil tradicional. Descubrir cada uno de esos lugares, recorrer, asombrarse, disfrutar, puede llevar varios días, así de diverso y atrapante es San Cristóbal.

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Los bordados típicos y finas artesanías estallan en colores.

Mis paseos por la ciudad estuvieron atravesados por las celebraciones de los Santos patronos de cada uno de los barrios y los preparativos para la celebración del día de la Virgen de Guadalupe, “la reina de México”, como rezan las pancartas.

Desde el amanecer hasta la noche se escuchaban bombas de estruendos en diversos puntos de la ciudad y en varias ocasiones me crucé con procesiones que acompañaban con música y cantos a la imagen de la Virgen. Es sorprendente el fervor que despierta la religión en estos pueblos que mixturan sus creencias ancestrales con aquellas impuestas por la colonización.

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La Iglesia de Guadalupe, vestida para la celebración de su Santa.

 

Oventik: visita a una comunidad zapatista

Hace 25 años, tuvo la primera aparición pública el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), un movimiento revolucionario que se formó con el propósito de defender la democracia, la libertad, la justicia y conseguir mejoras sociales para los indígenas y campesinos de México. Este hecho, conocido como el “Levantamiento zapatista”, originó un enfrentamiento con las fuerzas estatales durante doce días.

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Oventik, es uno de los poco caracoles zapatista que permite realizar visitas a sus instalaciones.

Como resultado de esos combates, se abrió un proceso de diálogo sobre temas como el derecho a la tierra, la vivienda, la educación, la salud y el empleo que exigían estos pueblos. Así, en 1996 el EZLN y el Gobierno federal firmaron los acuerdos de San Andrés sobre el “Derecho y Cultura Indígena”, en los que se establecía que el Estado debía reconocer a los pueblos indígenas constitucionalmente y respetar su autonomía.

Al no cumplirse estos acuerdos, el EZLN conformó los cinco caracoles (regiones organizativas de las comunidades) para ejercer por sí mismos sus derechos. El centro de acciones del movimiento estuvo, y sigue estando, en el estado de Chiapas.

A unos 50 kilómetros de San Cristóbal de las Casas se encuentra Oventik, uno de los caracoles zapatista que permite realizar visitas a sus instalaciones y conocer un poco más de cerca este movimiento. La relación entre la ciudad y el zapatismo no pasa desapercibida: San Cristóbal fue el lugar que los zapatistas irrumpieron para darse a conocer.

Para llegar hasta Oventik hay que tomar un auto o una combi que va recorriendo y dejando pasajeros en los pueblos que están a la vera de una ruta sinuosa y rodeada de montañas.

En la entrada, no se ve el tradicional cartel con el nombre de la comunidad; en su lugar hay un letrero que sentencia: “Está usted en territorio zapatista en rebeldía. Aquí manda el pueblo y el gobierno obedece”.

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En  las calles de Oventik se respira el respeto por la lucha de las mujeres, reivindicando el trabajo colectivo y la autonomía zapatista.

Para poder acceder a la comunidad, una persona anotó algunos de mis datos: nombre, apellido, nacionalidad, profesión y motivo de la visita. Luego se dirigió a pedir autorización y, en menos de media hora, llegó una mujer con su clásico pasamontañas y me invitó a pasar. Comenzamos a caminar juntas por la calle principal de la comunidad y a ambos lados se veían las instalaciones que funcionan como sitios de reunión y de esparcimiento, un auditorio, oficinas de los Consejos de los municipios y de Mujeres por la dignidad, todos con sus tradicionales murales coloridos y con consignas anticapitalistas, resaltando la lucha de las mujeres, reivindicando el trabajo colectivo y la autonomía zapatista.

Seguimos avanzando en dirección a las montañas, en una siesta soleada y apacible, aunque solo pudimos intercambiar algunas palabras porque ella hablaba, principalmente, tzeltal. Nuevamente, me sentí ajena a las conversaciones entre los habitantes de la comunidad, con ganas de preguntar algunas cosas y conocer más, aunque me llenó de admiración la revalorización de su lengua ancestral.

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Escuela secundaria de Oventik.

En el transcurso del camino, pasamos por un campo de deportes y nos dirigimos a las escuelas primarias y secundarias que, en ese momento, no tenían clases. En un llano verde, los chivos pastaban tranquilos; en una cancha de básquet, los granos de café se secaban a pleno sol. Las aulas llenas de dibujos y consignas por todos lados, la relación cercana y respetuosa con la naturaleza, la concreción de una comunidad autónoma que se reúne, debate y reivindica sus derechos me reafirmaron que “otro mundo es posible”.

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