Lecturas de Verano: El cable

Cultura 12/01/2019 Por
Una conversación que devela una decisión definitiva. Descartar todo el lastre posible, incluso el de un mundo mercantilizado que siempre tiene ofertas tentadoras para no dejarte ir.
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1 / 2 - Ilustración a cargo de El esperpento

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Un cuento de Alex Appella, Ilustrado por El Esperpento.

No importa su decisión final, solamente el tono de voz, su selección de palabras era suficiente para causar escalofríos contemplativos. La sensación de la tierra sacudiéndose bajo una cascada de rocas. ¿Cuánto tiempo vive una piedra en el mismo lugar hasta que decide cambiar el paisaje? Ella se preguntaba esto a menudo.
“Me estoy volviendo loca y necesito alguien con quien hablar.”
“¡Julia!”

Silencio en el teléfono. Dónde ir ahora. Ella nunca había llamado para decir esto antes. Julia inspiró hondo hasta sus medias desparejas y exhaló una ola de pescaditos de colores por el tubo. Imaginaba esto seguido.“Pegué una mirada el otro día y teníamos demasiadas huevadas, basura complicando las cosas,” dijo empujando una pila de papeles a un costado. Una cuenta de teléfono, tal vez paguen este mes. Una fotocopia de la solicitud de trabajo de Bill a Wal -Mart para los del seguro de desempleo. Le habían dado el trabajo a su marido, ella estaba segura de que lo harían. La solicitud varía muy poco de la del plan de viviendas. Escribir números y esperar.

“Si sos lo suficientemente pobre ganás,” dijo Julia.
“¿Cómo dijiste?”
“En voz alta o para adentro, es lo mismo. Pero va en serio, me voy.”
“¿Te parece?”
“Claro que sí.” Igual como le digo a los chicos, pensó. Esto la hizo poner un mechón por detrás de su oreja y sonreír.
“¿En serio? Siempre me preguntan los chicos,” continuó. “¿Y sabés qué digo? Sí, claro que sí, eso les digo.”
“¿Y funciona?”
“La mayoría de las veces. Escuchá, tuve una venta de garaje para deshacerme de toda la porquería. Puse la freidora, el Nintendo, el sillón inflable, los videos de ejercicio, todo lo idiota y extra. No te imaginás cómo la gilada viene en rebaño a los monoblocks para comprar nuestras
porquerías. ¿Qué se piensan que pueden comprar de gente que vive en ratoneras?”
“Por ahí es curiosidad, no más.”
“Vendí casi todo, no me puedo quejar. Lo más gracioso fue que le dije a Bill que fuera a colgar los carteles por el barrio. Y él hizo un buen trabajo. Todos llegaron bien. Bueno, cuando fui el domingo a sacarlos, vi lo que había usado para colgarlos: los cuchillos serrucho viejos que encontramos en el depto cuando nos mudamos. Como había llovido, por supuesto llovió, toda la pintura roja estaba
chorreada. Parecían conejos descuartizados en los postes de luz. Así y todo la gente vino a llevarse nuestras porquerías.”

Su ánimo se alivianó un poco con esas palabras, pero al poner sus pies nuevamente en el linóleo con burbujitas regresó al estado que en ella prevalecía.

“No quiero jugar más,” dijo, estirando sus manos sobre la mesa. Enfocá, le recordaba Bill todos los días, enfocá.
“Vendí el tele y la video, les saqué buena plata. Los chicos no tuvieron problema, mucho mejor de lo que me esperaba. Y ya no tengo que ver las propagandas de Wal-Mart a donde Bill va a trabajar por un cheque que no alcanza. He estado tratando de ser un poco más positiva. Es exactamente en lo que estaba pensando cuando sonó la puerta esta mañana. La abrí con una sonrisa, y ahí había un hombre de traje. ¡De traje! Tenía un portafolios, lentes oscuros y una sonrisa bastante extraña. ‘¡Epa!’ dije sin pensar, pero esa fue mi primera reacción.
“’Señora’ dijo, ‘¿Cortó usted el cable?’
“’Sí, así es,’ le contesté.
“’¿Por qué cortó el cable, señora?’
“Le dije que habíamos vendido la TV, y él contestó, lo más amablemente posible, ‘Eso no era necesario. De hecho, yo puedo ayudarla a recuperar su TV.’
“’Pero yo no quiero la TV,’ le contesté. Él continuó, ‘Tenemos un nuevo plan con el que podemos poner el cable en menos de una semana y los primeros doce meses son completamente gratis para usted y su familia. Eso es cable gratis por todo un año, señora. Sin trampas.’
“’No quiero cable,’ contesté otra vez y él empezó a sacar folletos, ‘Con esta promoción, usted puede adquirir un TV Panasonic nuevo por menos de la mitad de su precio de venta. Entendemos que los tiempos son difíciles para ustedes, es por eso que estamos aquí para ofrecer toda la ayuda que podamos.’
“’No quiero su ayuda, estamos bien así,’ le dije y entonces traté de cerrar la puerta, pero él metió el pie como si no fuera nada y prosiguió. ‘Si no le importa firmar aquí, yo me encargo del resto. Sin
pagar nada, usted tendrá TV y cable en acción en menos de una semana.’”
“¿No le preguntaste para quién trabajaba?”
“¿Vos sabés que sí? Y mientras más trataba de obtener una respuesta, más simpático se ponía. Todo lo que decía lo tenía memorizado como un escudo protector. Yo ya sabía que Bill me iba a retar por haber abierto la puerta. No tomó las precauciones que debería, ¿sabés? Por suerte los chicos estaban en la escuela. ¿Pero quién podría sospechar tanto en un lugar como este? Vivimos en una isla en Alaska, no es cierto? ¿A dónde se va a escapar un delincuente?”
“¿Él nunca dijo de dónde venía?”
“No, y sabía nuestro nombre y que habíamos cortado el cable. No era de la compañía de cable, yo conozco a los tipos. Uno de los técnicos vive en el complejo de al lado. Para entonces, mi estómago había empezado a darse vuelta, e hice la única cosa que se me ocurrió en ese momento, grité con todo lo que los pulmones me daban, ‘¡No queremos TV por cable!’ Grité lo suficientemente fuerte como para que el tipo se shoqueara por un segundo y pegué el portazo. Soné exactamente como la mina del otro lado del pasillo que siempre anda gritándole al teléfono. Anda con un teléfono desconectado, hablándole todo el tiempo. ¿Alguna vez te conté?”
“No, pero esa es una buena. Me la voy a acordar.”

Julia se sentó tranquila, hundió el mentón en el pecho sin perder el teléfono en su hombro. Le gustaban sus manos. Le gustaba que a sus niños le gustaran sus manos.

“Entonces nunca pudiste saber de dónde era el tipo. Interesante. Tal vez era del gobierno. Quién sabe qué tipo de parásitos han proliferado dentro de la secretaría de vivienda pública.”

“Qué se yo, y me parece que tampoco quiero saber. De cualquier forma, todo esto es una mala, muy mala señal. No quiero que esto pase desapercibido o hacer como si nada hubiese pasado.”
Ella se paró y empezó a tirar los imancitos de la heladera a la basura. Iba imaginando como sería no tener una escoba o un pelapapas.
“Así que me voy, ese es el tema. Por eso te llamaba. Pensé que me estaba volviendo loca, te acordás? Bueno, no, eso es lo bueno. No estoy perdiendo el control. Bill y yo hacemos las valijas esta noche y nos vamos. Con los chicos. Un bolso cada uno. Nos vamos de este país.”
“¿Te parece?”

“Sí, claro que sí.”

Publicado originalmente en Amerika Skitzofrenika
(escrito por Alex Appella, traducido por Magú Appella)

Sobre la autora

Alex

Alex Appella nació en Estados Unidos, en un pueblo muy pequeño en el este de Oregon. Empezó a encuadernar sus escritos y collages mientras vivía en un velero en Alaska, antes de llevar sus ediciones a mano a las calles y plazas de Latinoamérica. Lo que empezó como una solución temporaria para una vida nómada, es ahora su forma de vivir.

Alex llegó a Argentina en 1994 para investigar la historia de su familia, con la intención de quedarse seis meses. Tantos años después, sigue escribiendo y encuadernando libros en su taller en las sierras de Córdoba, donde vive desde el año 2000 con su marido y sus dos hijos.

Sus libros de artista participan de exposiciones con regularidad en Estados Unidos, y se encuentran en instituciones como The Getty Museum (Los Ángeles) y en bibliotecas y universidades de toda América del Norte.

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