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title: "Ecos de otro discurso polémico del Presidente: La escuela como escenario político"
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description: "La semana pasada Javier Milei visitó la Escuela ORT. Su intervención frente a estudiantes de cuarto y quinto año del secundario dejó una fuerte polémica y motivó hasta una denuncia penal en la Justicia federal."
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date_published: "2026-09-03T14:43:00-03:00"
date_modified: "2026-09-03T18:35:22-03:00"
tags:
  - "educación"
  - "Javier Milei"
author_name: "Alejandra Castro-Mariana de la Vega Viale"
category_name: "Opinión"
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category_description: "Notas de opinión"
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# Ecos de otro discurso polémico del Presidente: La escuela como escenario político

![2026_08_260827508](/download/multimedia.normal.bfbeffb0df4f5284.bm9ybWFsLndlYnA%3D.webp)

*El presidente Javier Milei abandona la Escuela ORT el 27 de agosto pasado tras dar un polémico discurso frente a estudiantes secundarios. Foto: NA.*

Hay escenas que, más allá de las discusiones coyunturales que suscitan, deberían detenernos a pensar. La visita del presidente Javier Milei a la escuela ORT en la Ciudad de Buenos Aires es una de ellas. No solamente por la presencia de un Presidente de la Nación en una institución educativa, sino por aquello que ocurrió cuando tomó la palabra frente a un auditorio lleno de adolescentes.

Podríamos proferir una justificada crítica sobre el carácter adoctrinador del discurso del Presidente, pero creemos más fecundo inclinarnos hacia la pregunta, quizá un poco más incómoda: ¿qué significa que una escuela se convierta en escenario político? Y junto con ella, ¿qué hacemos si quien protagoniza ese escenario es el Presidente de la Nación? ¿Cómo intervenimos si el discurso que despliega es de hostigamiento, descalificación y demonización de quienes piensan diferente?

Según los registros periodísticos de la visita, Milei presentó sus posiciones económicas y políticas en términos que excedieron ampliamente la exposición de una perspectiva de gobierno. Recurrió a una particular interpretación religiosa para fundamentar sus concepciones, caracterizó al marxismo como una expresión vinculada con lo demoníaco, descalificó reiteradamente a quienes sostienen posiciones políticas diferentes y convirtió al periodismo en objeto de hostigamiento frente a los propios estudiantes, llegando a convocarlos a manifestar su rechazo mediante abucheos.

No parece suficiente describir esto como un discurso “fuerte”, “provocador” o propio del estilo confrontativo del Presidente. Hay algo más para pensar cuando esas palabras son pronunciadas **desde el lugar institucional de la Presidencia, dentro de una escuela y frente a adolescentes**.

## Las palabras educan

Porque sabemos que las palabras educan. Y educan de manera particularmente potente cuando quien las pronuncia ocupa una posición de autoridad y cuando el escenario en el que lo hace es una institución destinada precisamente a la formación.

¿Qué sucede cuando, en lugar de argumentar contra una determinada corriente política, se la demoniza? ¿Qué sucede cuando el adversario deja de ser alguien con quien se disputa una interpretación de la realidad y se lo presenta como moralmente inferior, equivocado por definición o incluso asociado al mal? ¿Qué tipo de vínculo con el otro se está poniendo en escena?

También sabemos que un Presidente tiene ideas políticas y no está mal per se que las exponga ante un conjunto de jóvenes en la escuela, aunque esto pueda ser controversial y desate polémicas. Sería absurdo pensar una escuela al margen de los conflictos, debates e ideas que atraviesan la sociedad, el problema es la forma que adopta esa intervención y el modo en que se pone a disposición para que los chicos y las chicas puedan hacer algo propio con ello.

**No es lo mismo la confrontación argumentativa que la deshumanización del adversario; no es lo mismo defender una posición con convicción que construir al otro como una amenaza moral**.

Existe una diferencia sustantiva entre una controversia política y un discurso de odio, y esa diferencia puede resultar especialmente relevante cuando quien la expresa es el Presidente, y quienes escuchan son adolescentes que están construyendo sus propias interpretaciones acerca de la sociedad, de la política, de la autoridad y de los vínculos con otros.

La adolescencia no es una etapa de vacío intelectual que deba ser protegida de las ideas. Todo lo contrario: es un momento de intensa construcción de posiciones, identidades, pertenencias y criterios de interpretación del mundo. Reconocer a los adolescentes como sujetos de derecho supone reconocer su capacidad de pensar, opinar, discutir y participar.

Pero también obliga a preguntarnos qué hacemos los adultos con el poder que tenemos sobre las condiciones en las que esas subjetividades se forman.

## Qué clase de territorio es una escuela

Y no es un escenario cualquiera. **La escuela es territorio de lo público, es un espacio político justamente porque en ella se encuentran sujetos, historias, creencias y posiciones, todas diferentes, que deben aprender a habitar el mundo común**. Su carácter político, lejos de dirimirse en la adhesión a una determinada fuerza partidaria, se despliega en la posibilidad de construir colectivamente herramientas para comprender y disputar sentidos sobre el mundo, y actuar en él.

En ese punto, resulta necesario subrayar que **la escuela forma parte de un sistema educativo cuyos contenidos, objetivos y perfiles de formación se encuentran regulados y definidos en un marco federal y constitucional**. La formación ciudadana, el respeto por los derechos humanos, la democracia, el pluralismo, la participación y la resolución pacífica de los conflictos no son preferencias personales de un docente o de una autoridad escolar: constituyen parte del horizonte público en el que se inscriben los procesos formativos que allí tienen lugar.

En este marco, las tensiones generadas en la comunidad de la escuela ORT **tampoco pueden ser reducidas a una disputa entre “familias oficialistas” y “familias opositoras”, ni entre quienes apoyan o rechazan al Presidente**.

Las reacciones posteriores de familias y miembros de la comunidad educativa abren otra dimensión: ¿qué acuerdos institucionales hicieron posible la escena?, ¿cómo se construyó esa decisión?, ¿qué lugar tuvieron las familias?, ¿qué información recibieron?, ¿qué posibilidades de participación tuvieron los y las estudiantes?, ¿qué posibilidades de consentimiento hubo?, ¿qué lugar tuvo su voz antes, durante y después del acontecimiento? Estas preguntas no son accesorias.

Una institución educativa está atravesada por relaciones de poder, negociaciones, acuerdos y conflictos. Decidir quién habla con los y las estudiantes, quién es invitado, qué condiciones rodean esa presencia y qué respuestas se construyen, son decisiones que producen efectos institucionales y pedagógicos.

En tiempos en los que la palabra pública aparece cada vez más atravesada por la descalificación, la humillación y la violencia, decir que la escuela es un escenario político es asumir que allí tienen lugar, inevitablemente, las disputas por los sentidos con los que interpretamos y construimos el mundo común.

Es, por tanto, reconocer la responsabilidad de habilitar la lectura, la escucha, el intercambio y el debate de ideas políticas, de concepciones acerca de la sociedad, de modelos y perspectivas de gobierno, ofreciendo a los y las estudiantes herramientas para analizarlas, confrontarlas y construir sus propias posiciones.

Se trata de hacer de esa dimensión política de la escuela una experiencia formativa y crítica, **capaz de reconocer el conflicto, la diversidad y el disenso como constitutivos de la vida social en el marco de los valores democráticos que nuestra Constitución consagra** y que el pueblo argentino está dispuesto a defender.

Sobre las autoras. **Alejandra Castro**, es doctora en Educación y decana de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la UNC; **Mariana de la Vega Viale**, es mgter, en Didáctica, y se desempeña en la Cátedra de Pedagogía de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la UNC.

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