A margem: una misteriosa aparición en la ribera

Cultura 06/08/2021 Por Iván Zgaib
Ozualdo Candeias, un camionero obnubilado por una cámara de 16mm, filmó una de las películas más hipnóticas del cine brasileño. Se ve en el Cineclub Municipal.
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Especial para La Nueva Mañana

Una noche de calor, cuando Ozualdo Candeias vivía al borde del ferrocarril, soñó con ser maquinista. No llegó a cumplirlo, pero pasó gran parte de su vida viajando por Brasil. Desde las profundidades verdes de Mato Grosso hasta la boca de la basura en São Paulo, lo hizo todo. Fue peón, oficinista, obrero en una fábrica de camas, estudiante de sargento de aviación. Compró su primera cámara por un antojo intempestivo, casi accidental, y la llevó por los parajes oscuros de la ruta. En aquel tiempo, durante los años 50, era camionero. Transportaba cargas y se asomaba por la ventanilla, mirando el cielo, con la esperanza de encontrar una nave extraterrestre.

Aunque no pudo filmar criaturas espaciales, su primera película estuvo habitada por las figuras que seguirían apareciendo en su cine como luces misteriosas: los obreros juguetones, las putas de caderas atrapantes, los loquitos dulces, los asesinos rabiosos. La irrupción de Candeias con A margem iluminó la ribera del cine en medio de la noche. No solo tenía cuarenta años cuando todos los directores del Cinema Novo (con Glauber Rocha a la cabeza) ya eran treintañeros y habían revolucionado el cine antes que él, sino que provenía del universo popular que ellos no integraban pero siempre habían querido filmar. 

Hasta entonces, el imaginario espacial del cine brasileño había estado dominado por el legendario desierto del sertón y las burbujas sociales de la ciudad (desde los departamentitos de burgueses afiebrados en el cine de Khouri hasta las colinas de las favelas en Rio, 40 Graus de Pereira dos Santos y Couro de Gato de Pedro de Andrade). Pero cuando Candeias estrenó A Margem en el  ‘67, estaba proyectando un paisaje desconocido: unas criaturas vagando en círculos por las orillas del Río Tiete, a las afueras de São Paulo. Estaban, literalmente, al costado de la ruta: entre los yuyos, los basureros, las guaridas de las putas, las iglesias con paredes descascaradas, el patio de recreo de los trabajadores.

A margem podrá verse el domingo 8 de agosto a las 20 hs en el Cineclub Municipal. 

Todos los lugares de la película poseen ese aspecto sucio e indeterminado, como si fueran una obra que no se sabe si sigue en construcción o si ha sido abandonada. Es un paisaje de ruinas vivientes, cuyo impacto no importa solo por una cualidad documental, sino por un carácter construido. Es decir, por lo que Candeias hace al acercarse a ese universo mitológico, que es el de su propia vida y al mismo tiempo otro. Está compuesto por una delicada sincronía, tejiendo hilos invisibles que unen el ritmo andariego de la cámara, el cuerpo hermoso de los actores y la propia sinergia del lugar (la materia vital, como las calles donde los niños juegan al fútbol, que no son fondo sino cuerpo del film).

 A Margem no posee una historia, al menos no en el sentido clásico del término. Eso es lo que la hace transgresora: que erige el paisaje emocional de los perdedores del sueño desarrollista y  lo hace depurando la narración impostada. La primera escena, de una intriga seductora que nos pone en trance, comienza con la cámara navegando desde un bote. Enfrente, en las colinas que orillan con las aguas negras, puede notarse que los personajes empiezan a mirar directo a cámara. Su atención está cooptada por el extraño movimiento que atraviesa el río. Y a pesar de que no sabemos qué observan (¿qué o quién está moviendo aquel bote?), quedamos atrapados en esa perfecta arquitectura de miradas. Somos parte de lo que sucede. Estamos abducidos por el intercambio de gestos: nos transportan y nos ponen a habitar los márgenes en primera persona.

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Incluso si el flujo del montaje nos acerca a experimentar íntimamente la ribera, Candeias nunca pretende crear una sensación de inmediatez. Él nos sumerge y al mismo tiempo crea imágenes enrarecidas que nos expulsan de la laguna. Por eso su forma es a la vez flotante y concreta, como si el realismo popular de Pereira dos Santos se uniera al legado de las vanguardias de los ‘30, despegándose de un tirón de su pose terrenal.

 A medida que A margem avanza, esa cualidad de doble filo se vuelve más punzante. Los personajes, que se persiguen y se seducen entre las ruinas, están entregados a una caminata placentera y tortuosa que no conduce a nada. A cada paso intentan generar algún tipo de conexión, pero se trunca. Es como la coreografía de un sueño desesperante, donde el deseo del soñador amenaza con concretarse pero lo que se repite es su concreción frustrada. 

Ese desplazamiento es el que convierte a la película en un objeto espectral. Su propio gesto de vanguardia: inventar una forma particular de movimiento; un ritmo volátil que hace redescubrir el lugar. Candeias sacudió la brújula del cine brasileño porque abrió las puertas del purgatorio. Y nos dijo: vengan, vamos a jugar desde los márgenes. Así se sienten los fantasmas. 

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