El “New Deal” de Joe Biden reivindica el rol del Estado

Ed Impresa - Política / Economía 07/05/2021 Por Facundo Piai
El presidente de EE.UU. anunció el plan de empleo más grande desde la Segunda Guerra y cuestionó las consecuencias del libre mercado. Con el viraje yanqui, las políticas liberales ya no tienen respaldo en las potencias.
Biden © gentileza
Las posiciones que adoptan las potencias mundiales son modelizantes. Foto: archivo.

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Especial para La Nueva Mañana

Las posiciones que adoptan las potencias mundiales son modelizantes. Es decir, el poder que les confiere la centralidad legitima un modo de proceder, de organización social y política, de cómo asignar los recursos en una economía; en definitiva, forjan una visión de mundo. En parte, la centralidad delinea los márgenes de lo posible. De ahí la importancia que tomó el discurso del presidente de los Estados Unidos, a 100 días de su asunción.

Joe Biden reconoció ante la Asamblea Legislativa, y el mundo, que “la economía del derrame nunca ha funcionado”. En efecto, se mostró a favor de la intervención activa del Estado en la economía para garantizar el desarrollo integral. Consecuentemente, el presidente demócrata rechazó la idea de que el mercado es quien asigna los recursos con más eficiencia. Un precepto que había logrado consenso en el seno del bipartidismo norteamericano y desde allí se diseminó por el mundo con la globalización. 

El discurso de Biden rebate la orientación que tomó la política económica norteamericana en los últimos 40 años, al menos. Los históricos paquetes de salvataje para reconstituir la economía anunciados recientemente, que superan los 6 billones de dólares, y la reforma fiscal progresiva tiran por tierra las transformaciones estructurales implementadas durante los 80.

En donde la desregulación gubernamental de la economía, reducción de impuestos que gravaban la renta y disminución del gasto público, fueron algunos de los objetivos conseguidos durante las dos gestiones de Ronald Reagan, quien asesorado por economistas liberales decía en 1981: “El crecimiento, la prosperidad y el bienestar no se generan desde el Estado. Solo cuando se deja que el espíritu humano invente y cree, solo cuando los individuos pueden tomar decisiones libremente y obtienen recompensa personal cuando tienen éxito, solo entonces las sociedades están económicamente vivas y son dinámicas y libres”. 

Si la agonía del socialismo permitió poner en duda el rol del Estado con las reformas liberales de Ronald Reagan y Margaret Tacher; la disolución de la URSS significó el triunfo de un capitalismo de libre mercado. La debacle del socialismo real erigió a EE.UU. como fuerza dominante y al dogma liberal como bandera. De esta manera, el fin de la dialéctica del mundo bipolar de posguerra también significó el vencimiento del estado de bienestar. Pues prevalece la idea de que el Estado es un lastre para el ejercicio de la libertad, combustible de la expansión de la economía. Así, hasta la teoría keynesiana o cualquier forma de dirigismo estatal en materia económica dentro del paradigma capitalista, incluso, es confrontada por el liberalismo dogmático.

Del fin del poder gubernamental a la hegemonía efímera

A mediados de los 90, en campaña por su segundo mandato fue Bill Clinton quien anunciaba que “la era de los grandes gobiernos se ha terminado”. Es precisamente esta antítesis al Estado Nación/gobiernos fuertes posibilitada por la doctrina de libre mercado  la que debilitó el poder de Norteamérica como hegemonía mundial. Puesto que la globalización, que se presentaba como el medio seguro mediante el cual EE. UU. fortalecería su imperio, resultó, contrariamente, el canal propicio para el triunfo del poder trasnacional. Y con él la consolidación de las cadenas globales de valor y del capitalismo liberal financiero. Es precisamente este nuevo capitalismo financiero y globalizado el que deglute el sueño de la “América grande”.

El liberalismo pregonado por y desde los gobiernos yanquis terminó por derruir las bases del poder gubernamental. De este modo, la transnacionalización de la economía debilitó a los grandes polos industriales históricos que trasladan sus plantas en busca de menores salarios, diversifican su renta en el mercado bursátil y la fugan a guaridas fiscales. Resultado: desempleo, indicadores sociales impropios para una potencia occidental, burbujas financieras, deslocalización de industrias, balanza comercial negativa por arribo de importaciones asiáticas, etc.

Mientras tanto, quienes usufructúan la debilidad económica y los problemas sociales ocasionados por la deslocalización de industrias son los grandes tigres asiáticos. Particularmente, la República Popular Comunista China que desde 1976 a la fecha no hizo más que expandir su PBI, año tras año. Así, de la mano de una economía planificada por y desde el Estado superaron con éxito la crisis financiera mundial del 2008, neutralizaron los contagios de coronavirus con severa organización social y crecieron más de dos puntos el año de la pandemia. Los creadores de la pólvora forjan su bonanza abriéndose a los capitales productivos, a la vez que imponen condiciones, sin que el gobierno pierda el control de la dinámica económica. Invirtiendo en ciencia, técnica y asociándose a multinacionales mediante joint venture. El éxito del capitalismo de Estado del país que preside Xi Jinping reduce a chácharas baratas al dogma liberal. 

“Wall Street no creó este país, fue la clase media y los sindicatos forjaron la clase media”

Así lo entiende la actual administración de los Estados Unidos que señaló a la “autocracia” china como sus principales “adversarios”. Los yanquis más lúcidos entienden que no tienen chances de competir por la hegemonía mundial con la potencialidad China desde el libre mercado. De hecho, esas mismas mentes reconocen que la indignación social que concluyó en la toma del Capitolio, son consecuencia de un modelo económico acabado. Por tanto, el “New Deal” de Joe Biden busca poner de pie al mercado interno norteamericano inyectando en los estratos más postergados ingentes cantidades de dinero, invirtiendo en infraestructura, estimulando también la producción industrial; financiado con más impuestos para los estratos más ricos. “Los impuestos de los contribuyentes se usaran para comprar productos estadounidenses hechos en EE.UU. para crear empleo en Estados Unidos. Así es como se van a hacer las cosas durante este gobierno”, así resumió el mandatario norteamericano al círculo virtuoso mercado internista que pretende reafirmar. Consolidando el consumo y señalando a las importaciones chinas como una amenaza para el desarrollo.

A 100 días de su asunción, desde la Casa Blanca buscan “regresar” a la disputa por la hegemonía mundial. El discurso presidencial del ex vicepresidente de Obama oficializó el abandono de los Estados Unidos de la filosofía del libre mercado y sus políticas. Ergo, en el nuevo orden mundial multipolar, ninguna potencia reniega del rol central y dinamizador del Estado. 

Resta por dilucidar qué efectos tendrá esta nueva dialéctica en la Región y el país. ¿Qué los otrora defensores de la iniciativa privada desregulada hoy renieguen de sus efectos sociales condicionará las discusiones en ciernes: por la hidrovía, la estructura portuaria principalmente privada o la ausencia de dirección estatal en los principales resortes de la economía argentina?

  

  

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