Córdoba de papel

Cultura 19/03/2021 Por Iván Zgaib
En Bandido, la película cordobesa que abrió el Bafici, Luciano Juncos sigue los dramas de un músico popular, pero encuentra sus límites a la hora de filmar el pueblo que devuelve el entusiasmo a su protagonista.
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Especial para La Nueva Mañana

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Todos los ojos apuntaron al Bandido. Con el inicio del Bafici, la película del cordobés Luciano Juncos ocupó un escaño de exhibición privilegiada: nada más y nada menos que la apertura del evento. La cabeza del festival (Javier Porta Fouz, el populista menos pensado) infló el pecho y le adjudicó al film la potencia de llegar a un público popular que podría rescatar al cine de sus círculos más endogámicos. Una referencia, quizás, a la tríada de poderes que ostenta la película de Juncos: el   rostro de revista de Osvaldo Laport, las pulsaciones de júbilo que libera el cuarteto, el viaje al corazón profundo de los barrios cordobeses.

Bandido se destaca entre el cine local por algo de eso. Recupera el sendero que señaló Rosendo Ruiz hace diez años con De Caravana, y en este rumbo se aleja de la mayor parte de las ficciones que habían replegado su mirada sobre los propios dramas personales, las propias clases acomodadas y una tendencia a conjurar atmósferas de baja intensidad, entre la melancolía y la contemplación. Pero lo que resulta más novedoso en Bandido es su intención de abrir la ficción a la Córdoba real, a un presente moldeado por la transformación de la ciudad. 

Roberto, el cantante cabizbajo de Laport, termina involucrado en la lucha de un barrio popular. El detonante es la instalación de una antena cancerígena, algo que puede sonar lejano pero funciona como parábola de un negociado a espaldas del pueblo. En palabras de los propios vecinos que sueña Juncos: el Estado y una empresa quieren instalar la antena venenosa ahí, en el mismo parque donde los chicos juegan al fútbol y se lanzan por toboganes. Una tragedia anunciada.

Entonces bien, lo que hace Bandido es proyectar ecos de esa parafernalia que inauguró el “cordobesismo”. Un orgullo decadente para tapar desastres: la ciudad rifada que expulsó a las clases populares, hizo lugar para los negocios empresarios, encendió luces encandilantes en el centro y soltó a las calles una jauría policial cuyo sadismo haría mojar de entusiasmo a Patricia Bullrich y Sergio Berni.  

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La tríada de poderes que ostenta la película de Juncos: el rostro de revista de Osvaldo Laport, las pulsaciones de júbilo que libera el cuarteto, el viaje al corazón profundo de los barrios cordobeses.

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Roberto es el nervio dramático de Bandido. En las primeras escenas, Juncos sigue al protagonista en un plano secuencia que toma el pulso de su conflicto. Se mueve detrás de bambalinas como un nadador ahogado en clonazepam, hasta toparse con una imagen que despide toda la energía que él no encuentra: una horda de fans esperándolo a aullidos bajo el escenario o al costado de una vereda. La paradoja se filma con claridad. Roberto es un cantante desapasionado que canta sobre vidas apasionadas frente a multitudes sin freno. 

Hay allí dos universos que la película divide a ras para tensionar a su protagonista. Por un lado, la alianza entre la burocracia de la música y la industria de la política cordobesa. Digamos, las sanguijuelas que drenan el entusiasmo de Roberto por seguir cantando. Y, por otra parte, los vecinos nobles que tocan música de manera espontánea, sin las presiones del dinero. Pero es ahí, en el movimiento de un espacio a otro (del escenario al barro) donde Bandido se topa con su limitación más profunda: cómo retratar aquel universo tan peculiar, el de los vecinos comunes, sin caer simplemente en la presentación de personajes pintorescos o rayados. 

Un elemento curioso es la estructura mecánica que deja a la película caminando en círculos. La disposición de las escenas tiende a insistir sobre una idea fija. Una tesis predeterminada que el film expone una y otra vez, de manera obstinada: que la maquinaria comercial de la música chupa el deseo y que los modos espontáneos del pueblo devuelven la esperanza. Y Juncos se entrega a una propensión verborrágica. Mueve los hilos a través de diálogos informativos, al mismo tiempo que descuida la creación de acciones o imágenes potentes que den cuerpo a esas ideas.  

Lo que resulta más novedoso en Bandido es su intención de abrir la ficción a la Córdoba real, a un presente moldeado por la transformación de la ciudad. 

El mismo registro de la película parece contribuir a ese hermetismo. Roberto pega un salto desde un contexto frío a uno acogedor, pero la aproximación formal no puede escapar a su esteticismo calculado: los planos estáticos, los movimientos de cámara delicados, las composiciones simétricas (semejantes al panal distópico donde zumban las avispas del gobierno provincial). La apariencia pristina de Bandido compone una sensibilidad más cercana al mundo del cual quiere huir Roberto que al que quiere abrazar.

Semejante a Motitos (la otra película reciente que se interesó por filmar la ciudad), Bandido aprisiona a sus personajes en el dictado de un guion. Lo que pierde es una bocanada de aire para que sus criaturas y su universo respiren; para que el barrio que revive el entusiasmo de Roberto también se vuelva carnoso ante la pantalla (para que nosotros, los espectadores, podamos habitar y creer algo de ese despertar).

Hay una escena que se destaca por romper aquella lógica: Roberto se entrega a una sesión musical espontánea con los vecinos, en medio de la calle, una tarde cualquiera. Se trata de un momento de calma que se destaca por su gratuidad, por liberarse momentáneamente de los artilugios que se fuerzan en el resto de la película.
 Fuera de allí, el film de Juncos queda atrapado en una contradicción. Intenta acercarse a un costado de nuestra realidad, pero compone una versión acartonada, hecha de papel. Córdoba, como siempre. Tan lejos y tan cerca.

Bandido podrá verse en el Cineclub Municipal a partir del jueves 25 de marzo.

  

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