Festival de Cine de Mar del Plata: ¿quién quiere tocar el futuro?

Cultura 27/11/2020 Por Iván Zgaib
La edición se realiza con proyecciones gratuitas vía web. Mientras el cine va hacia una experiencia individual y virtual, películas buscan alcanzar una experiencia directa.
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"Al morir la Matinee"

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Especial para La Nueva Mañana

1.

La dulce noticia de que el Festival de Mar del Plata se haría de todas maneras también tuvo su cuota de extrañeza. Digamos que afuera hay un virus y nuestro único escudo protector es la web. Un espacio incorpóreo, paradójicamente, con sus gráficas abstractas, sus bóvedas de almacenamiento fantasmáticas, sus apps y video-reproductores impersonales a los que nos enfrentamos desamparados, como lobos aullando en los pasillos de nuestras casas. 

Durante las conversaciones grabadas con los directores, el equipo del Festival se aferra a un optimismo de sobreviviente; junta aliento para convencerse y seguir adelante con la vida. Estas sesiones de zoom, dicen, pueden ser tan hermosas, tan memorables, tan conmovedoras como las que alguna vez acontecieron en el auditorio Astor Piazzolla, bajo los techos colmados de caracoles gigantes y las mil butacas habitadas por espectadores de sangre caliente.

2.

Cuando recibo audios de amigos que discuten las películas del Festival, no puedo dejar de pensar en esta ola de melancolía arrolladora: incluso sabiendo que la virtualidad se convirtió en el refugio para cuidarnos, la añoranza por una experiencia directa está al acecho. Nos persigue, nos perturba, nos empuja a inventar rituales frágiles e intrincados que más o menos preserven alguna red afectiva. Y las películas también son presa de ese síntoma. No es que haya despertado con la pandemia, sino que ahora está exhibido de manera descarnada y viscosa. Es como un flashforward; los fantasmas de Navidad de Dickens llevándonos del brazo a observar un futuro lúgubre del que ya teníamos huellas: una existencia cada vez más abstracta, más anquilosada, menos directa. Quizás ahora podemos verlo claramente.

3.

Al morir la Matineé, un desinspirado film uruguayo que compite en el Festival, proyecta esa corriente de forma nítida: la nostalgia por el género muerto del cine giallo (furor italiano de los ‘70), es también la nostalgia por una manera de experimentar el cine en otra época. Todo transcurre en una gran sala donde los personajes (un niño solitario, algunos viejos cascarrabias y un grupo de adolescentes borrachos) forman una comunidad silenciosa, nacida al calor de un proyector de fílmico que lanza imágenes terroríficas sobre la pantalla platinada. Se reúnen a ver películas ahí, como una tribu alrededor de una fogata, pero el asesino serial que logra infiltrarse desata un espectáculo sanguinario que lo tiñe todo. Mata a cada espectador, y junto a ellos parece morir el cine que tanto homenajea la película.

Mama Mama Mama STILL

4.

Más allá de las narraciones, la ola de nostalgia por una experiencia directa también se encarna en la materialidad de ciertos films. ¿Qué podemos decir, sino, de la superpoblación de películas filmadas con material analógico? Como Heliconia de Paula Rodríguez Polanco, que usa el grano de la imagen para potenciar la visión empañada por el calor en las playas colombianas. O Mamá, mamá, mamá, en la que Sol Berruezo Pichon-Riviére descubre la superficie extrañada del fílmico como una superficie propicia para invocar los sueños, campo liberado del régimen realista. O incluso películas como La historia de lo oculto, que usa trucos de postproducción para quebrar a la imagen digital prístina y dotarla de errores, de pequeñas manchas.

Si algo hacen estos ejercicios es crear un espacio opuesto a la tecnología digital; es decir, opuesto a la prédica de la alta-definición, que no logra más que producir imágenes chatas, monótonas, automáticas. Nos dan la impresión de mostrarlo todo, pero lo que nos ofrecen es frío y uniforme. “Se mira y no se toca”, sería una vieja reprimenda que actualiza esa parte del cine contemporáneo. Las películas que recurren al analógico (o que manipulan el digital), en cambio, parecen invocar la capacidad del cine por movilizar otros sentidos: el ruido visual, los granos, los poros, los rayos y las convulsiones de la imagen. Todo eso es táctil. Imprime una textura particular a los planos y nuestro nervio óptico se vuelve sensible al roce. Nos acaricia la piel rasposa de las películas.

Pero esto (la fascinación por tocar; o sea, otra forma de experiencia directa, semejante a enterrar los pies en la arena o a abrazar a un amigo) no es necesariamente consciente o valioso en sí mismo, ni tampoco exclusivo al cine. Seguramente encontremos el mismo fetiche por las imágenes escamosas en lugares impensados; como en las historias con filtros nostálgicos de algún conocido en instagram, o en el último video de tu estrella pop favorita (Lana del Rey o Dua Lipa, por nombrar algunas). La melancolía es también una fuerza colectiva inconsciente. Está brotando en una laguna virtual que añora una laguna de la naturaleza.

Homenaje obra Philip Henry Gosse_02

5.

Homenaje a la obra de Philip Henry Gosse, de Pablo Weber, es la película del festival que remueve los basurales del presente para hacernos ver el futuro. O viene a mostrarnos que el futuro ya está entre nosotros, por si alguno andaba distraído.  Weber logra algo fascinante. Trama un paralelismo impensado entre la colección de corales de un investigador del siglo XIX con su propio archivo de imágenes diseminadas por los conductos subterráneos de internet. Videos del ejército sirio, registros de un teleobjetivo capturando el sol, reflejos de la ciudad de Córdoba en charcos podridos de lluvia y rostros creados automáticamente por máquinas. Lo que vemos (un pozo ciego de imágenes, agotador e inabarcable) se presenta como una materia manipulable, plástica. 

En los planos de un campo de margaritas, por ejemplo, las flores se desfiguran. Parecen moverse con el soplido natural del viento, pero al mismo tiempo se esfuman, pierden su definición visual. Los pétalos tiemblan, se derriten, se escapan de los bordes de la figura. Todo adquiere un aspecto verdaderamente monstruoso, entre la virtualidad abstracta y el paisaje concreto, esculpiendo la visión de un mundo que nos recuerda más o menos al nuestro (o lo que alguna vez fue o lo que creímos que era).

Decir que la película de Weber cruza un umbral sinuoso más allá de la humanidad no es un gesto retórico. Es un hecho: produce imágenes de lo no-humano, tan bellas como aterradoras, cuyo efecto cautivante se sostiene por una sospecha. Nos hacen preguntar, una y otra vez, qué es lo que estamos viendo. Si nos podemos emocionar con sus engendros marítimos nadando en una laguna de partículas sintéticas. Y por sobre todas las cosas, si este terreno minado de registros visuales y satelitales puede considerarse una huella de lo real. 

Como nos enseñó Harun Farocki (un fantasma que recorre a Weber): hay que “desconfiar de las imágenes”, chiques. 

Más info: 

El Festival de Cine de Mar del Plata continúa de manera online y gratuita hasta el domingo 29/11:

  

  

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