Tito Rivarola, el buscavidas que interpela al poder desde Alta Gracia

Sociedad 14/08/2020 Por Adrián Camerano
La vida del dirigente social y un repaso por la historia de la Coordinadora 27 de Mayo, la organización que lleva 23 años de lucha, de los ‘90 hasta este presente pandémico.

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Especial para La Nueva Mañana

La vida es una moneda, y quien la rebusca la tiene. Algo de eso sabe Humberto “Tito” Rivarola: ayudante de panadería, pintor de obra, jardinero ocasional, encargado de edificio y vendedor ambulante crónico son algunos de los oficios terrestres ejercidos por quien lidera la Coordinadora 27 de Mayo, la organización político-social que interpeló a los gobiernos de Alta Gracia de los últimos 23 años. 

La suya, una vida de privaciones de las tantas que nos suele regalar la periferia –geográfica y social- cordobesa, es también la historia de quien supo salir adelante y reinventarse tantas veces como hiciera falta.

Un “self made man”, pero a la criolla y de abajo. Bien de abajo.

Niño callejero

Tito nació en el 57 y muy pronto quedó huérfano de padre y madre; una murió, otro prefirió los amoríos a las responsabilidades familiares. Quedó “regalado”, lo acogió la calle y vivía "solo, en una pieza en la casa de una abuela y con un perro que cagaba y meaba adentro. Era un zoológico eso”, dice. De pequeño frecuentaba la parrilla de un club de barrio Pueyrredón para comer las sobras, o se quedaba en alguna casa hasta la hora de la comida, para ligar algún plato salvador. La escuela, ese paraguas que a veces salva, tampoco le fue muy amigable: llegó, apenas, a cuarto grado.

Era muy niño aún cuando entró a trabajar en una panadería, donde recuerda que lo “súper explotaban”. Tito amasaba, hacía el reparto, las cobranzas y otras tareas, todo por unas monedas que fueron nada cuando -perdidamente enamorado de la esposa del dueño- decidió avisarle que entre felipes y milonguitas, el jefe tenía una amante. “Yo tenía 12, la esposa del patrón 21, y estaba tan enamorado de esa gringa que le batí la cana al jefe. Se armó un quilombazo bárbaro y me tuve que ir. Después entré a trabajar en otra panadería, y a los 15 años es que me escapo a Buenos Aires”, relata.

Con "pasaporte" cordobés, rumbo a la gran ciudad

A dedo, en el 73 Rivarola viaja a Capital Federal con equipaje mínimo: un bolsito con dos pulóveres, una camisa, un jean y tres revistas Hortensias que eran una suerte de “pasaporte cordobés” en la gran ciudad. En Congreso vivía una hermana, a la que le costó encontrar, y pronto lo cobijó “la Fede”, la Federación Juvenil Comunista que formó a legiones de militantes bajo los preceptos del comunismo cocinado en el caldo de la Revolución Rusa.

“El cordobés” armó un círculo propio dentro del partido y comenzó a organizar a conventillos e inquilinatos, hasta que el Golpe de Estado suprimió toda actividad política legal y lo encarceló. ¿El delito? Palpitar desde afuera un River-Boca en La Bombonera, por carecer del dinero para abonar la entrada. "Estaba con mi hermano y la policía nos aplicó la ley de espectáculos deportivos. Estuve una semana preso, en la cárcel de Devoto". Ese episodio y otros propios del terrorismo de Estado lo convencieron de volverse a Córdoba, donde la cosa tampoco estaba fácil.

Se afincó en Unquillo, en la casa de su padre, pero en el pueblito serrano de entonces "no se hallaba". "Yo quería seguir militando, y no había nada", rememora. Ingresó a trabajar en un frigorífico, donde un compañero chileno le sacó la ficha de que quien dibujaba la hoz y el martillo en el baño era él, y no otro. En el 78 se casa, tiene tres hijos y en el 84 se separa, para luego largarse a mochilear a Comodoro Rivadavia ida y vuelta, luego a Uruguay y sur de Brasil, hasta retornar a Córdoba y totalizar más de 8 mil kilómetros a dedo. Al regreso -casi deportado desde Santana do Livramento- canalizaba broncas en épicas batallas campales contra la policía, como parte de la hinchada de Talleres.

Unos años más tarde, en julio de 1994 compró un terreno "pelado" en Alta Gracia y durmió en la obra hasta que pudo techar y traer a la familia. Así desembarcó en la ciudad del Tajamar, y comenzó otra historia.

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“Telegrama de despido”

En 1995 Carlos Menem había sido reelecto, y un recién llegado Rivarola conducía el centro vecinal de barrio Parque Virrey. Desde allí impulsa las demandas vecinales de agua, luz y calles, para pronto incorporar reivindicaciones como alimentos, techo, educación, salud y trabajo, “porque para nosotros un centro vecinal no tenía que ser un satélite de la Municipalidad, sino estar comprometido con las necesidades de los vecinos”. 

“Me acuerdo siempre del día que un compañero del barrio me cantó el tema “Telegrama de despido”, de la Mona: fue apenas llegar a Alta Gracia y quedarme sin empleo como encargado de edificio”, relata. El desamparo, la desazón existencial que Tito sintió ese día no lo desanimaron, sino que lo convencieron aún más de la necesidad de intentar una salida colectiva. El grupo de gente que lo acompañaba en el centro vecinal se consolidó, contactó a la Unión de Organizaciones Sociales y luego a Córdoba desde Abajo, el paraguas político que los cobijaría durante los años siguientes. A la vez, comenzaron las articulaciones con las organizaciones locales de la época: una efímera Comisión de Desocupados, y el Movimiento de Trabajadores en Resistencia, que organizó el corte de ruta aquel 27 de mayo de 1997. 

“Se vivía en un sistema muy injusto y teníamos que organizarnos. El MTR cortó la ruta 5 ese día, y nosotros estábamos en una asamblea, justo por tomar las tierras del ferrocarril, y decidimos bajar a apoyarlos”, relata. Aquella vez consiguieron 30 puestos para hacerle changas de poda a Epec, y pronto comenzaron a pelear trabajo y bolsones. “Un día vino el gobernador Mestre a inaugurar una sala de rayos x, y fuimos a reclamarle por qué había cortado la entrega de módulos. De pronto quedé cara a cara con él y empecé a reclamarle lo que había hecho. ´Yo no sé nada´, me dijo, y después no me acuerdo más, porque me sacó la policía”, refiere hoy el dirigente en su casa sencilla de barrio parque San Juan.

Tomas de tierras, cortes de rutas, ollas populares y trabajo territorial caracterizarían al grupo, que adhirió a Barrios de Pie y luego se escindió, por diferencias metodológicas; ya se llamaba Coordinadora 27 de Mayo, en homenaje a aquel corte inaugural del 97.

Rivarola destaca que “el grupo siempre fue el mismo, porque la lucha nunca se termina”, y dice que “podés cambiarte de nombre como cambiarte de ropa, pero vos vas a seguir siendo lo que sos”.

“Década ganada”, macrismo y después

Si no fueron los “los años felices”, se le parecieron bastante. Durante el kirchnerismo los integrantes de la organización recibieron algunas mejoras básicas, indispensables para afrontar la diaria, que se tornó un poco menos dura. “Con Néstor y Cristina tuvimos ayuda, nos salió la asignación”, destaca Ana Azábal, que entró a la Coordinadora en 2003, y su compañera Alicia Cabañas recuerda que en aquellos años “empezamos como a respirar un poco mejor, nos vimos como que servíamos para algo”.

Más tarde la Coordinadora tuvo un parate, que no casualmente coincidió con graves problemas de salud de Rivarola, que casi muere. Hasta que a fines de 2018 “el tiempo de Macri fue fatal, nos quitaron todas las ayudas, todo lo que necesitábamos”, dice Ana, y Alicia refiere que “se sumaron más compañeros y salimos de nuevo, a seguirla luchando”.

Tito señala un sector lateral de su casa y cuenta: “Un día nos sentamos acá con referentes de todos los barrios y dijimos ´vamos a salir de nuevo´. Así pasamos a ser la organización más grande de Alta Gracia, sin planes ni bolsones ni nada”.

En tiempos de pandemia, con 63 años Tito apenas puede movilizarse, padece una diabetes avanzada y arrastra otras dolencias importantes. Pero no está retirado, ni mucho menos: acompaña a las dirigentes de Barrios de Pie Somos, que coordinan una pléyade de 3 comedores y 8 merenderos en la región, y discute “con los sectores de la clase media que tienen un discurso progre, pero se les eriza la piel a la hora de acercarse a los que menos tienen”.

"En las asamblea yo siempre tiro las mismas preguntas: ¿por qué sos pobre?; ¿por qué yo, vos, él, todos nosotros somos pobres? Y la otra pregunta es: ¿tenés algún pariente, algún conocido, algún vecino que haya llegado a la universidad? Son los parámetros que tenemos para saber si la cosa de verdad cambia, o seguimos estando jodidos", ejemplifica. Rivarola, que años atrás intentó sin éxito la política partidaria, concluye que “en los gobiernos nacional, provincial y municipal hay gente muy buena… el problema está en que los malos son más”.

Por estos días Tito dedica su energía al comedor que instaló en su casa junto a Marcela, su compañera desde hace 16 años. Juntos crían a una nieta y siguen craneando luchas futuras en este presente pandémico que a él lo encuentra en cuarentena y sin poder vender películas en la calle. 

Un aislamiento obligatorio que lo tiene a mal traer pero que respeta, porque “me quedan retazos de vida, pero los quiero cuidar”.

Jirones de una vida bien vivida, que valía la pena contar.

 

 

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