Alta Gracia: Marcos Domínguez y la calidad de vida

Sociedad 25/10/2019 Por
Referentes sociales cuestionan a un relevamiento oficial que midió cómo se vive en la Ciudad del Tajamar. Cerca, el serrano Marcos Domínguez lleva más de cien años viviendo con calidad.
Ludmila Ochoa
- "No sé a quiénes encuestaron, no abrimos más comedores porque no hay quién los atienda", asegur Ludmila Giménez Ochoa, de Barrios de Pie.

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Especial para La Nueva Mañana

Según un relevamiento del Conicet basado en datos propios, de los ministerios de Salud y de Desarrollo Social de la Nación, en Alta Gracia se vive más que bien. Más explícitamente, con  “los mejores índices de calidad de vida”, según titularon algunos medios locales días atrás, cuál slogan de campaña. El artículo -de escasísima repercusión, cosa extraña tratándose de un asunto tan relevante- refiere al Índice de la Calidad de Vida (ICV) calculado en los más de 52 mil radios censales argentinos.

En el mapa interactivo elaborado por los investigadores, donde cada distrito aparece con un color de acuerdo al puntaje obtenido, la Ciudad del Tajamar aparece pintada de verde esperanza. Como una suerte de oasis enclavado en  las sierras cordobesas, que nos cuenta una Alta Gracia homogénea, sin mayores matices ni problemáticas. Algo que ponen en cuestión referentes sociales de la ciudad, como Ludmila Giménez Ochoa, de Barrios de Pie. “No sé a quiénes encuestaron” lanza, para dar cuenta de una periferia donde habita la desigualdad.

Los olvidados

Con 62 años, Humberto “Tito” Rivarola es un referente de las organizaciones sociales de Alta Gracia. Desde su llegada a la ciudad, en 1994, lucha para que el Estado cumpla con sus obligaciones básicas: trabajo, salud, vivienda. Innumerables tomas de tierras, acampes y cortes de ruta han tenido en la primera línea a este buscavidas que fue panadero, obrero de un frigorífico, albañil y encargado de edificio, y que hoy rebusca la moneda en la calle. “Como vendedor ambulante puedo decir que el bajón económico es muy profundo, y que en los barrios la gente come carcaza de pollo, hay mucha necesidad” dice “Tito” y destaca el auge de los merenderos y de la economía informal. “El crecimiento de las ferias es un parámetro de que la cosa está mal” sostiene, y asegura que “el capitalismo es cíclico: nos presenta gobiernos de derecha, luego con un sesgo progresista, y así”.

“De 1994 a esta parte, las demandas son exactamente las mismas. Por eso habría que ver a qué se refieren con calidad de vida”, cuestiona. Su propio derrotero vital interpela al titular difundido alegremente días atrás.

A su turno, Ludmila ratifica el mayor número de comedores y señala que desde Barrios de Pie “no abrimos más porque no hay cómo atenderlos”. “Nuestra idea es que sean una unidad productiva, con talleres y otras actividades”, completa.

Pese a sus jóvenes 26 años, Ochoa señala que “esta crisis ya la vivimos”, aunque con elementos más recientes que la complejizan con relación a los 90, como el desembarco del narco y la existencia de “dos generaciones que nunca tuvieron un trabajo fijo”. La dirigente cuestiona también el relevamiento oficial, señalando marcados déficits locales en salud, educación y medio ambiente. “Se sigue apuntando a los barrios populares, y se han hecho obras, pero las que se ven, no las necesarias. A mí me llama la atención de dónde sacan la información, por ahí te da un poco de bronca. Es cierto que si ves el mapa de Argentina está en rojo, está bien, pero para mí a Alta Gracia le falta un montón para decir ´tenemos una calidad de vida alta´”, concluye.

La calidad de nuestras vidas

Para elaborar el IVC se tomaron indicadores socio-económicos y ambientales. Todos los barrios de Alta Gracia aparecen pintados del verde que resulta de puntajes superiores a 7, menos dos sectores que tienen alguna décima menos. Llamativo, teniendo en cuenta que zonas ponderadas con casi 9 puntos están en jaque por la contaminación de las canteras, además de no contar con agua de red, gas natural ni cloacas. Ítems, los dos últimos, inexistentes en media ciudad.    

Extenso sería comparar los registros de Alta Gracia con los de otras localidades cercanas. Pero si vale el dato, a menos de 100 kilómetros puntaje inferior registró la zona del cerro Totora o Negro, donde el centenario Marcos Domínguez reside dignamente desde 1949. 

Criollo de ley, don Marcos relata que en ese rincón de Calamuchita “hace más frío ahora que antes” y gasta las horas trenzando algún cuero o hilando lana en su huso casero. Los años no vienen solos, y a sus 103 la movilidad le está faltando, aunque la mente sigue intacta. El refugio serrano que se fue ampliando en estos últimos años es comandado por Jorge, su sobrino, un hombre llano que hace añares que no baja a Villa Alpina y que siempre está dispuesto a dar un consejo o las indicaciones de rigor a los montañistas que llegan a la zona.

El Totora o Negro es un cerro majestuoso, que se yergue al lado del Champaquí, su hermano mayor. Tiene 2660 metros de altura, apenas 130 metros menos que el denominado “Techo de Córdoba”, y una cumbre difícil por escarpada, que a veces demanda varios intentos para lograr coronarla.

Sin estrés ni urgencias, en su amplio y luminoso refugio don Marcos recuerda los tiempos en que arreaba su propio ganado y cazaba pumas –“leones”, para los lugareños-, que cada vez se ven menos. Allí, lejos de todo y tan cerca a la vez, este centenario de rostro agrietado vive en armonía con la naturaleza, toma agua de vertiente, genera energía con paneles solares y consume la carne de sus propios animales.

A él le dedicó una canción el dolorense José Luis Aguirre, que en “Más de cien inviernos”, le tributa: “Enséñenos Don Marcos, enséñenos padrecito como se vive tanto, con tanto y tan poquito”. Una celebración de Domínguez, que  vive con calidad un centenar de primaveras también. 

 

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