Señoras de Urca

Opinión 28/09/2016
Lexicon 80

Las detecté hace unos años, cuando me mudé al noroeste de la ciudad y me hice habitué del E5 para llegar al diario. El E5, para los que no lo saben, era la línea de la empresa Ciudad de Córdoba que venía desde el “Cható”, pasaba por mi casa, tomaba Urca y llegaba a la Ciudad Universitaria y más allá.

Yo no conocía Urca, y la primera vez que pasé con el bondi por la Menéndez Pidal me enamoré de ese barrio tan próximo y tan ajeno. Casas hermosas de ladrillo visto con piletas que se olían de lejos, negocios a mano, mucho verde, y a pocas cuadras del Centro. Sé que parezco una agente inmobiliaria ofreciendo una casona, pero no, lo mío es admiración sin fines de lucro. De hecho, nunca me entusiasmaron los barrios cerrados, un poco por principios político-urbanísticos, pero también porque vivir lejos de todo, sin un almacén donde comprar a última hora dos atunes y media docena de huevos, me parece un atentado al sentido común.

Tantos años mirando Urca desde la ventanilla del colectivo terminaron por convertirme en una entendida en la traza que va entre las calles Roque Funes y Sagrada Familia. Supe movimientos y rutinas según llovía, hacía frío o en pleno enero. Reconocí cambios en carpinterías y rosales. Ubiqué la mejor ropa de las vidrieras. Y luego estaban los que subían y los que bajaban de mi ómnibus, parada por parada. Y las señoras de Urca.

Hay dos tipos de señoras de Urca. Están las dueñas o las hijas de las dueñas de las casas, y están las que limpian las casas de las dueñas.

En un horario tan femenino como es la siesta, las señoras a veces coincidían en el colectivo, y compartían el intento más o menos sutil de acaparar un asiento libre, pero los parecidos se acababan allí.

Fue fácil deducir que las empleadas habían terminado su jornada de trabajo y estaban tomando el colectivo que las liberaba hasta el día siguiente. Sin mucho esfuerzo auditivo, pronto comprobé que el E5 era sólo el primer paso de un largo regreso a casa, que implicaba la toma de una segunda línea. Supe de sus vidas, de sus hijos y de las maestras de los hijos, y de la canilla falseada que nadie arreglaba. Hablaban entre ellas sin continuidad, con frases cortas mechadas con largos silencios que a veces duraban hasta que los chicos de los call centers de Sagrada Familia se trepaban y la densidad poblacional del bondi me disparaba el brote claustrofóbico.

Con las otras señoras, en cambio, se complicaba la pesquisa. ¿Qué hacían en el transporte público y hacia dónde iban? Por portación de carpetas, a las jovencitas las clasifiqué en el rubro “estudiantes”, pero de sus madres nunca supe nada, salvo que se quedaban quietitas en el mismo lugar del pasillo, que no levantaban los brazos para agarrarse, como Macri en la foto apócrifa de su baño de pueblo, y que tenían las manos con llenas de anillos hermosos y libres de trabajo doméstico. Me llevó tiempo determinar que no usaban el auto porque en la casa había dos, uno para el padre y otro para el hijo varón, pero esta conclusión puede estar viciada de prejuicios, lo admito. Además, no responde a la incógnita de por qué no llamaban a un taxi.

Nunca se manifestó un patrón de prioridades en el orden del ascenso al E5; yo creo que las señoras subían sin organización de clase o fingían no hacerlo. A veces, desde mi asiento, miraba sólo los pies en el estribo y jugaba al juego del calzado para saber quién era quién, más fácil que tomar agua como diría mi madre. Pero no tanto como el del color de la piel, ese sí es un regalo. Otro clásico: las bolsas de plástico con manija y llenas de cosas, jamás vistas en cercanías de las dueñas y prácticamente una prótesis para las empleadas.

Lo que sí, era imposible determinar si dos señoras provenían de la misma casa, aunque momentáneamente hubieran quedado paradas una al lado de la otra. Invertí muchísimo esfuerzo en relacionarlas como pares ordenados. Hice escuchas buscando una palabrita suelta con La pista, usé el rabillo del ojo para captar algún gesto. Hasta intenté unirlas por olores comunes, pero nada. Ese secreto era de ellas y quizás también de los choferes, pero a mí, que conocí a todas las señoras del E5, nunca me fue develado.

Te puede interesar