No fue magia

Opinión 13/01/2017 Por
El reconocido periodista nos regala su exquisita pluma, invocando la polémica pero simpática decisión de FIFA de ampliar de 32 a 48 los participantes para el mundial de 2016. Negocios por encima del espectáculo.
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1 / 2 - Infantino se frota las manos. FIFA sigue ampliando su negocio, en detrimento del espectáculo - Gentileza Libero

La decisión de elevar la cantidad de equipos participantes del Mundial 2026, que pasará de los 32 vigentes a la módica cifra de 48, no tiene nada que ver con el fenómeno de la inflación. Se trata del sinceramiento de un universo que, definitivamente, prefiere un público virtual, necesita clientes más que hinchas e impulsa negocios que reclaman que la pelota no se detenga. No hay muchas actividades comerciales más rentables que el fútbol: las referencias económicas de un Mundial no se circunscriben sólo a las tribunas llenas, los hoteles ocupados y los panchos que la gente come en la esquina. Esas son, apenas, las migas en un negocio absolutamente mayúsculo.

La primera lectura es bastante llana y ¿poco cautivante? más cantidad de equipos derivará en más partidos en el verde césped. O sea, más horas de televisión. O sea, más espacios para venta de publicidad, más tiempo de exposición y exhibición. O sea, más escenarios para comercializar productos. Por si no queda claro, el negocio no es el fútbol sino lo que se vende a través del él, con el anabólico de los 22 tipos corriendo en la cancha y encendiendo la pasión de la gente por todas partes.

La decisión de FIFA señala que el futuro llegó. Tener espectadores en vivo es un recurso en extinción, activo y redituable en muy pocos clubes del mundo. El avance galopante del confort fue propiciando una fiaca en los movimientos de las personas, hasta convertirlas en habitantes pasivos en diferentes aspectos. Vivimos en el reino de los controles remotos y la relación estrecha con la tecnología. ¿Acaso los hinchas serán iguales dentro de diez años, para cuando se aplique esta modificación?
Los ejemplos son contundentes hoy mismo. Mientras Messi hace alguna diablura con sus patitas de goma dentro de la cancha, Barcelona factura minuto a minuto con lo que se genera a partir del éxito del rosarino. Pero no sólo por ganar partidos, sino por las actividades comerciales que se disparan en tiempo real con cada malabarismo de Lionel.

También podemos diagnosticar que el cambio estructural tiene puntos que deberán ser resueltos. Analicemos una paradoja: si el negocio del nuevo Mundial será presentar más partidos, ¿cómo se armoniza la realidad de que, al haber más equipos clasificados, las eliminatorias serán más cortas? O sea, ¿más televisión pero menos televisión?

Mientras tanto, en la tierra, donde los chicos todavía sueñan con ser jugadores de fútbol (y los más grandecitos nos vamos a dormir imaginando goles heroicos sobre la hora), la sobredosis de partidos en un Mundial nos hará abrir las manos. Como un “fulbazo” seco, un domingo de invierno bajo cero. La apuesta por los 48 equipos no tiene ninguna expectativa de mejorar el atractivo del  juego; más bien, es la certeza de un alto riesgo hacia todo lo contrario porque se nivelará para abajo, más allá de que un Mundial es un torneo corto, de alta intensidad, parejo en la ronda inicial y bastante lógico de allí en adelante.

No hay 48 selecciones de primer nivel. ¿Cuántas habrá? ¿10? Si bien los futboleros terminamos viendo todo (lo confieso: veo también la segunda división de Paraguay…), la historia indica que a las finales siempre llegan los más poderosos. ¿Cuál es el sentido, entonces, de poner más sillas a la mesa?

Si cabe la referencia, en Argentina tenemos un experimento para compartir. El torneo de 30 equipos fue la respuesta a una necesidad política y económica de la AFA. Primero, para congraciarse con más levantadores de manos; segundo, se hizo la movida con la esperanza de que el Gobierno aumentara el dinero que pagaba, aunque no para repartirlo de manera equitativa… Y si bien es cierto que algún ajuste en los números hubo, el tema económico no fue ni cerca de lo que se imaginaban los orfebres del mamarracho actual.

Invito a que miremos el Mundial que se vendrá con el prisma de lo vivido en Argentina: aquí, la apertura deportiva de ninguna manera ofreció calidad. De los 30 equipos de Primera División, cinco o seis tienen nivel de segunda categoría y estructuras que posiblemente ni lleguen a eso.

FIFA pendula entre esa receta y el espíritu de una idea que anda flotando en la AFA: se habló de formar una Superliga para reunir a unos pocos con capacidad de gestionar negocios sustentables.

El negocio enamora a todos, pero en vez de impulsar un Mundial para los mejores, FIFA propone lo inverso, prostituida a la necesidad de mantener encendidos los televisores. Entonces, la imposición a ultranza del criterio del entretenimiento condicionará, de manera severa, la calidad del juego.No es difícil imaginar partidos desiguales, con resultados inusuales; los grandes, más grandes; los chicos, miserables invitados a goleadas ajenas…

La visión empresarial del Mundial genera un efecto colateral: el desarrollo del fenómeno hacia los ámbitos del negocio, se comerá una porción de la calidad que han sido capaces de ofrecer los mundiales. La ecuación, que consistirá en multiplicar el negocio televisado y comercializado, ya nos hace saber que difícilmente las revoluciones llegarán desde el juego.

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