Bella Vespa, el taller de motos que tiene de cliente a Mestre

Sociedad 04/01/2017
En pleno corazón de barrio Güemes, Oscar González y sus hijos restauran las míticas motos italianas. Desde el intendente hasta coleccionistas extranjeros, se cuentan entre sus clientes. Los González, además, son empleados municipales.
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Oscar González y sus hijos son empleados municipales y dueños de Bella Vespa, el taller que restaura la mítica moto italiana en barrio Güemes.

Al atravesar la puerta de chapas azules de Fructuoso Rivera al 444 el aire cambia. Adentro, la atmósfera se vuelve más espesa, más aceitosa, más difícil de respirar. Como si este espacio dominado por esqueletos de lata, goma y cables requiriera de una cierta adaptación para ser habitado. Los cuerpos de decenas de Vespas descansan abrazados unos a otros y ellas parecen esperar pacientes su turno. Cuando llegue el momento, Oscar González, como un Gepeto, las devolverá a la vida y a las calles de cualquier ciudad.

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Pero la magia de restituirles el runrún italiano no es sólo tarea de Oscar. Sus hijos y sus nietos también asisten al alumbramiento de las antigüas motos. Walter se encarga de conseguir los repuestos originales en las principales plataformas de venta online del mundo. Miguel se encarga de pintarles la cola, el chapón delantero, las aletas laterales. Y Raúl, el más chico de los tres hermanos, hace el trabajo que no se ve, de alcanzar herramientas, cambiar un tornillo, poner una horquilla.

-A Walter, el del medio, no lo podía sacar del taller. Se metía en todos lados, quería saber esto y aquello. Miguel, el más grande, se enamoró del olor de la pintura como yo me enamoré del motor de la Vespa. Y Raúl, el más chiquito todavía está aprendiendo.

Raúl, “el más chiquito”, tiene 42 años. Pero hay algo en el tono de Oscar al hablar de sus hijos que deja entrever una historia anterior. Él, que empezó a trabajar en un taller de motos a los 8 años, habla de sus hijos como si aún fueran niños.

***

Oscar González se acomoda la camisa blanca manga cortas y enciende un cigarrillo. Me acerca un tarro de pintura vacío al que le pone una remera vieja a modo de almohadón. Me siento. Las piernas me quedan algo encogidas. Miro a mi alrededor. A excepción de una Vespa modelo 125 de color rosa chicle, no hay nada que delate el paso de alguna mujer en el taller.

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Le pregunto a Oscar si siempre hay sólo hombres en Bella Vespa.

-Sí, acá por lo general somos hombres nomás. No es algo que hayamos planeado. Se dio así. Los chicos se criaron conmigo porque la mamá me dejó cuando el más chico tenía un mes. Como había quedado mal de la cabeza, no trabajé durante seis meses.Tenía que cuidar a los tres que se me escapaban. Un día, Walter estaba persiguiendo un globo y se cayó al canal. Ese día los agarré, me colgué el corralito “del más chiquito” y me fui al taller de Brusa, en la Julio A. Roca, donde trabajé 34 años.

-¡Ay no me dejaban trabajar. Y Walter era el peor, quería saber todo! Si no hubiese sido por mi papá y mi hermano, no podría haberlos criado. Siempre fuimos hombres. Hasta que un día lo llevé a Miguel a cortarse el pelo y me enamoré de la peluquera. Con ella me casé y tuve dos hijas. La Vespa rosa que viste es de una de ellas.

***

Pero durante el día y fuera del taller, los papeles se invierten.

Cuando no están en Bella Vespa,  Oscar, Miguel y Walter, trabajan en la Municipalidad de Córdoba. En la calle, Walter, el del medio, de 44 años, pasa a ser jefe de su padre y de Miguel. Walter es funcionario municipal.

-Soy director de señalamiento y semáforos. Y durante cinco años fui director del Consejo Deliberante- dice como al pasar, sonriendo de costado, haciendo como que juega con una llave.

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Y por si queda alguna duda de la ideología del cuarteto de Bella Vespa, agrega “Somos radicales. De cuna somos radicales”.

Miguel y Oscar, responden a Walter, su jefe en la Municipalidad. Oscar se encarga de arreglar los semáforos de la ciudad y Miguel de pintar las calles y las señales de tránsito. No es casual que a Miguel le haya tocado pintar, a él le encanta la pintura en todas sus formas.

-Las latas de pintura me persiguen por donde voy. Pero llegan las cinco de la tarde y yo corto todo y me vengo para el taller a…

Pero Walter no le deja terminar la frase. “Un funcionario público trabaja las 24 horas del días. No cortamos nunca”. Miguel asiente con la cabeza y se va a buscar algo en algún lugar.

Le pregunto a Walter si algún otro funcionario también tiene Vespas y sonríe pero no dice nada. Entonces le pregunto directamente por el intendente de la ciudad de Córdoba.

 -¿Y a Ramón? ¿Le gustan las Vespas?

Entonces se acerca en silencio, guiña un ojo y me muestra su celular. En la pantalla se ve una Vespa azul brillante, resplandesciente, impoluta. Eso sí, un tanto "glam" para el concurso de baches y  "elixires cloacales" cordobeses.

-¿Se la vendieron?

-No, no se la vendimos.

-¿Pero es la de él?

-Sí

.-¿Se la regalaron?

-No.

-Entonces, ¿se la cambiaron por algo?

Pero Walter no dice nada.

Según Oscar una Vespa restaurada puede valer desde 140 mil pesos, pero hay algunas que no tienen precio.

***

Con 70 años de existencia la Piaggio Vespa nació en Pontedera, Italia, después de la Segunda Guerra Mundial y rápidamente se popularizó en todo el mundo. Se buscaba un modelo liviano y económico, que se adaptara a la época.

Cuenta la leyenda  que en 1945 se llegó a un modelo casi definitivo y que al mirarlo por primera vez Enrico Piaggio exclamó: ¡Parece una avispa!, dando sin querer el nombre comercial  que luego usaría el modelo (vespa en italiano significa avispa). Y un 23 de abril de 1946, Piaggio & C. S.p.A. presentó en la Oficina Central de Patentes, Inventos, Modelos y Nombres de Marca del Ministerio de Industria y Comercio de Florencia una patente para una “motocicleta con un complejo racional de órganos y elementos con una carcasa combinada con el guardabarros y un capó recubriendo las piezas mecánicas.”

Hoy es venerada en todo el planeta y en sus siete décadas ya se han vendido más de 18 millones de unidades.

 

 

Consuelo Cabral

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