No es otra tonta película de adolescentes raros

Cultura & Espectáculos 12/03/2018 Por
Lady Bird, la opera prima de Greta Gerwig, toma todos los riesgos que podrían convertirla en una película gastada. Pero la directora tuerce con delicadeza el género del coming of age y devuelve un film lleno de sutilezas.
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Por: Iván Zgaib - Especial para La Nueva Mañana


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Bienvenidos a la era del underdog, la figura narrativa de adolescentes pecosos e inadaptados que están reinando las pantallas de todo el mundo. Quizás más que nunca, la cultura masiva les entregó el cetro. Chicos y chicas que no encajan en los patrones de conducta social se convirtieron en vehículos ficcionales para un suspenso intimista: ¿pueden triunfar esos personajes que tienen todas las cualidades para salir perdiendo? El extraño culto al underdog es más obvio en la televisión, donde series como Stranger Things, This is the F***ing World y Everything Sucks expresan lo peor de esta moda. Lo “extraño” y lo “alternativo” pronto se vuelven etiquetas de consumo en el mercado de la cultura. Ya no hay nada fresco en los adolescentes perdedores: están más estandarizados que sus compañeros de clase populares.
Quiero preguntarme, en medio de este paisaje de falsos inadaptados, qué pasa con Lady Bird, la primera película dirigida por Greta Gerwig. El filme que pasó sin gloria por los Oscars tiene sus defensores y enemigos apasionados. Los detractores suelen apuntar contra una supuesta debilidad que salta a la vista con solo leer la sinopsis: acá viene de nuevo, otra coming of age sobre adolescentes confundidos que deambulan por los pasillos de la escuela al ritmo de himnos pop coloridos.
Esto podría ser peor si se tiene en cuenta que la protagonista es algo así como la reina de los underdogs. Una chica con el pelo teñido de rosa que se siente tan diferente como para hacerse llamar Lady Bird y diseñar afiches con su cabeza pegada al cuerpo de un pájaro. Y con esto quiero decir que la película de Gerwig tiene todos los elementos para salir muy mal. Cada momento amenaza con convertirse en un espectáculo de clichés gastados: el primer beso, la primera experiencia sexual, el baile de fin de curso. Pero hay una sinceridad espectral que ni los críticos más entusiasmados con el film terminan de explicar bien.

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Lo “extraño” y lo “alternativo” pronto se vuelven etiquetas de consumo en el mercado de la cultura. Ya no hay nada fresco en los adolescentes perdedores: están más estandarizados que sus compañeros de clase populares.

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Quisiera empezar de nuevo. Quisiera decir algo menos racional, porque Lady Bird está llena de emoción. Quisiera decir: está película puede ser incómoda, romántica y anti-romántica en el transcurso de una misma escena. Es como un pájaro deforme y pequeño que intenta despegar sus alas para volar y se cae con cada intento. Mirarlo da pena, risa y ternura. Y Greta Gerwig logra una sinceridad inusual por la manera en que plasma el fluir de esos estados de ánimo tan distintos.
Es un talento que se evidencia desde la segunda escena. Un primer plano de la ruta instala una atmósfera tranquila. Lady Bird y su mamá lloran en el auto mientras escuchan un programa de radio. Después, una conversación parece arrancar con tensión dramática pero pronto se vuelve graciosa y termina a los gritos: la piba se tira del auto en marcha porque no quiere seguir escuchando a la vieja. En sólo un par de minutos, el film transita la introspección, el resentimiento entre los personajes, la comedia inter-generacional y la histeria absoluta.
Entonces Lady Bird está llena de sutilezas que pasan desapercibidas. Si uno la compara con otras nominadas al Oscar, sale perdiendo a primera vista. Su tema no parece tan importante como la oda a la libertad de prensa de The Post o como la supuesta denuncia de la violencia de Tres Anuncios por un Crimen. El estilo de filmar de Gerwig tampoco tiene la elegancia formal de Paul Thomas Anderson ni de Luca Guadagnino. Pero la perspicacia emocional de Lady Bird sí responde a la mirada de su directora: que la película construya el paisaje de la adolescencia como un fluir de sensaciones diversas es el resultado de una serie de elecciones de registro actoral, de cámara y de montaje.
Pensemos en el modo en que la realizadora crea el ritmo de la película a través de situaciones que se cortan antes de tiempo. Ahí, Gerwig no sólo retrata con economía visual las rutinas de la escuela católica o de las calles de la ciudad donde se mueve la protagonista. También crea un ritmo armónico que se acelera y se detiene sin que notemos las costuras del montaje. El mayor logro en Lady Bird es entonces una cuestión de tonos: cómo ese registro esquizofrénico entre la comedia, el drama y lo cotidiano se empalman y cambian con la volatilidad de las hormonas adolescentes. Saoirse Ronan, la actriz principal, combina la misma ruleta emocional en su rostro y en su cuerpo. Y Gerwig sabe cómo aprovecharla: une a los personajes en el plano cuando necesita expresar la intimidad y pone a su heroína mirando a cámara en momentos de éxtasis y revelación emocional.

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 El mayor logro en Lady Bird es entonces una cuestión de tonos: cómo ese registro esquizofrénico entre la comedia, el drama y lo cotidiano se empalman y cambian con la volatilidad de las hormonas adolescentes.

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Lady Bird podría ser una película de adolescentes cualquiera. Pero no: es sobre esta adolescente que crece, se pierde y se encuentra en el año 2002, al sur de Estados Unidos. La ubicación temporal casi lo vuelve un film de época. Pero a diferencia de los brotes nostálgicos de la cultura contemporánea, Gerwig no se limita a reconstruir el pasado en base a detalles vacíos como referencias musicales y televisivas. Lady Bird, con su ego frágil y gigante, quiere mudarse a Nueva York un año después del ataque a las Torres Gemelas. Y lo que se asoma ahí es el republicanismo conservador de la era Bush, que avanza de manera sigilosa en la intimidad de las personas.
Las crónicas desde la Guerra de Afganistán se escuchan como susurros que salen del televisor mientras los personajes intentan armar sus vidas. El corazón más reaccionario de Estados Unidos también se revela como un relámpago que ilumina los actos mínimos: una señora quiere convencer a las adolescentes de que el aborto es un pecado, una familia echa de la casa a su hija por tener sexo premarital y una vieja careta guarda un poster del republicano Reagan como si fuese una suerte de héroe nacional. La cultura ultraconservadora de los años del terrorismo no es un mero detalle: se está haciendo carne en los personajes frente a nuestros propios ojos.
A raíz de eso, vale decir que la destreza emocional del film es acompañada por una sensibilidad social. No es menor que Lady Bird venga de una familia trabajadora que tiene que hacer cuentas para llegar a fin de mes, con un padre que queda desempleado y una madre que hace horas extras. Este es el contra-punto a todas las ficciones de adolescentes ricos que se visten con ropa de diseño, que duermen en casas de muñecas y reproducen diálogos falsos como si fuera lo más natural del mundo.
Algo similar quiero decir sobre la mirada de género: Lady Bird es una película sobre una chica filmada por una mujer desde una perspectiva feminista. Que la protagonista pierda la virginidad cogiéndose a su novio desde arriba tampoco es casual: es la inversión del modelo machista que ve a las mujeres como objetos sexuales. Que los novios no sean el centro del film, sino un elemento más que conforma la identidad de esta adolescente, también es bienvenido. Gerwig podría correr el riesgo de encajar su película en el modelo clásico del cine de adolescentes con protagonistas femeninas. Pero cada vez que lo evita devela la pulsión original que comparte con sus personajes. Lady Bird tiene un corazón tan gigante que desvirtúa las expectativas sobre las narraciones románticas: antes del final, nos vamos a dar cuenta que las verdaderas historias de amor son entre mujeres. Se dan entre dos amigas y entre una madre y su hija.
Cuando la película abre espacios para esas peculiaridades, también pone de manifiesto una dulce creencia en las personas. Pienso que eso es lo más lindo que deja Gerwig: aunque sus criaturas estén bajo la sombra obtusa del conservadurismo republicano, siguen luchando. Siguen soñando con otras vidas, con ser mejores personas, con entenderse con los otros y con prestar atención a sus propios deseos. Por todo eso, voy a decir que no: Lady Bird no es otra película tonta sobre adolescentes raros. Es demasiado honesta como para merecer esa etiqueta.

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Quisiera empezar de nuevo. Quisiera decir algo menos racional, porque Lady Bird está llena de emoción. Quisiera decir: esta película puede ser incómoda, romántica y anti-romántica en el transcurso de una misma escena.

LADY BIRD I Tráiler oficial subtitulado (HD) Lady Bird

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