Julio lo hizo (*)

El estadio Monumental de Instituto como escenario de un momento "milagroso" con múltiples vinculaciones y un héroe reiterado.

Su paso es lento. Sus ojos brillan. Lo mira a él, que también está en silencio y con sus luceros pletóricos. Pero sin palabras. Ella quiere hablar. Son tres cuadras desde el estadio hasta su casa. Un camino que ha hecho durante cuarenta años. Ese estadio que es como su segunda casa, ese estadio que lleva los colores de su corazón; y los de su esposo, también.

Su paso es lento. No tiene muchas intenciones de dejar el sitio donde hace instantes vivió un momento de emoción como hacía muchos años no vivía. Y ojo, que Doña Chona vio jugar en ese estadio a Mario Kempes y a Salvador Mastrosimone. Doña Chona quiere hablar, pero el Cholo está en silencio. Cuando llegue a su casa de la calle Lavalleja pondrá la pava, encenderá la radio y escuchará las entrevistas que hagan los cronistas desde el vestuario. A Doña Chona no le importa llegar a casa. Está escuchando el comentario por su radio portátil. Se ríe. Lo vuelve a ver a él, que sigue en silencio.

Doña Chona tiene unos 70 años, su es pelo gris, y posee arrugas esparcidas por todo su rostro. Su cuello prácticamente ha desaparecido. Tiene una camisa amplia de dos o tres números más de su talla. Lleva ojotas. Y se ríe sola.

El Cholo es un hombre silencioso. Siempre fue así. Incluso sus hijos se lo reclamaron muchas veces. Antes y ahora, que tiene sus nietos. “No sos demostrativo, papá”, le recriminaban y recriminan. La Chona no dice nada, ella lo conoció así, e incluso es consciente que con el paso de los años las conversaciones se fueron extinguiendo como un teatro cuando va apagando las luces de la sala. Ella le tiene una paciencia angélica. En el barrio de Alta Córdoba, sus vecinos también saben que el Cholo saluda y nada más; y que la que habla por los dos es ella. ¡Goza de una verborragia la Chona!

“Ese Ereros no tiene que jugar más. Yo no entiendo por qué lo siguen poniendo”, dice, como para tratar de iniciar una charla hasta el regreso al hogar, obviando la parte principal de lo que acaba de vivir. Él no dice nada. Siguen caminando a pasos lentos, mientras a su alrededor pasan cientos de hinchas con las camisetas albirrojas, agarrándose las cabezas, sonriendo, aunque no hayan ganado. Terminan de ver un partido sin goles. No les importa, hay un tipo que les devolvió la paga de la entrada.

Ella habla de Ereros, de que hay que traer un refuerzo que “genere fútbol”, de que se extrañó al “Negro Wanchope”; ella, con sus 70 años, analiza el partido que su Instituto ha empatado 0-0 ante Ferro. Pero no dice nada de lo que pasó en el último segundo. Espera que el Cholo hable de eso. No fue algo más. No. Ella sabe que lo que ocurrió le dejará una marca especial a su amado compañero de toda la vida. Ella se ríe. Lo observa, mientras caminan con el paso lento. Ya han hecho dos cuadras, y él continúa en mute. Están a escasos metros de la casa donde los espera el aroma al naranjo muy distante a la de los choris que había en la calle Jujuy.

Los sigo de cerca. Camino despacio, disimuladamente, para poder observar y escuchar la continuación de la escena. Yo también los vi. Y me llamó la atención. Vi lo que hizo Julio, y vi lo que hizo el Cholo. La escucho a la Chona que habla y habla, y él no dice nada. Los sigo de cerca, quiero escuchar de su boca qué lo llevó a reaccionar así. Los hinchas hacen cosas locas, estamos acostumbrados, pero ver a un hombre silencioso actuar así…

Llegan a la puerta de su casa, y el Cholo no dijo nada. Ambos me saludan con la mano y una sonrisa. “¡Que grande el Julio! Ponele un 10 en el diario”, me dice picarona la Chona.

¿Qué paso? ¿A qué se debe toda esta narración?

Volvamos unos diez minutos en el tiempo.

Se juegan 94 minutos. El partido está a punto de terminar. Se disputa en el coqueto estadio Juan Domingo Perón del barrio de Alta Córdoba. Están 0-0. Se viene una contra letal de Ferro. El cielo celeste comienza a sentir la despedida del sol. El juvenil Endrizi le hace penal a Morales Heredia. El árbitro, correcto, cobra penal para el visitante. El suspenso gana la escena. Todos los ojos apuntan hacia el héroe de siempre, pero esta vez parece complicado. En este torneo le patearon dos penales, y no los pudo atajar.  Aunque en la temporada anterior atajó tres y le erraron frente a él dos más.

El árbitro Merlos dice que se ejecuta y se termina el partido. Parece una película. Se acomoda Javier Correa. Justo él, un pibe surgido de la cantera de Instituto, pero que ahora defiende los colores de Ferro. Se pelea por patearlo con el experimentado Eduardo Tuzzio, que es el indicado a ejecutarlo. “Dejame a mí”, dice Correa. Julio los observa. Tuzzio cede. Marini, el técnico del “Verde” se agarra la cabeza. Correa se para frente a la pelota. Hay tensión en el estadio. La Chona besa el rosario que cuelga de su desaparecido cuello. El Cholo deja su butaca de la platea, desde donde ha festejado goles de Dertycia y Oliva. Se para con gestos de preocupación. Le da la mano a la Chona. Ella lo aprieta fuerte. Correa tiene las manos en la cintura. Julio lo mira a los ojos. Corren los segundos. Parecen una eternidad. Una brisa dulzona cosquillea los rostros expectantes. Los relatores le ponen emoción a sus narraciones. Algunos hinchas no quieren ver, se tapan los ojos. No hay sonrisas. Ferro, ese rival odiado por los albirrojos debido a lo que ocurrió aquella tarde de 2012, cuando el ascenso se disolvió como agua entre las manos. Si convierte Correa, Instituto pierde. Una derrota, la segunda consecutiva, sería un golpe fuerte.

El club atraviesa un duro momento económico. En la semana se habló de una venta de Julio, pero el comprador no apareció. Necesitan vender. Él, él sabe que lo están viendo muchos ojos. En su espalda, que lleva tatuado “Glorioso por siempre”, tiene una mochila de presiones, de pasado, presente y futuro; y sabe que los hinchas esperan otro “milagro” de él. No importa que no sea una final. El árbitro Merlos da la orden, Correa hace sus primeros pasos. El Cholo le aprieta fuerte la mano a la Chona. Correa llega al punto donde está la pelota. Julio, que observaba los ojos del delantero, acaba de ver hacia qué palo miró. Es el derecho y hacia allá se tira. Su cuerpo parece alargarse. El silencio es brutal. Sus manos llegan, los dedos parecen que se estiraron y sacan la pelota. ¡Lo atajó! La explosión es tal. “¡Te amo Julio! ¡Te amo mi Chona! ¡Te amo con todas mis fuerzas, Instituto!”, grita, desaforado, el Cholo mientras abraza y besa a su mujer. Un beso largo, largo, largo y alocado.

En la platea todos se abrazan y ovacionan a Julio. “Olé, olé, olé, Julio, Julio”. Los miro, todos lo abrazan a Julio, las fotos van hacia él. Marini se va insultando al aire. Correa no lo puede creer. Los dirigentes festejan, la venta está más cerca. Los jugadores celebran. Al pibe Endrizi le volvió el alma al cuerpo. Y el Cholo la besa apasionadamente a la Chona... Julio Chiarini lo hizo.

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(*) Este cuento forma parte del libro "El Pase y otros relatos de goles olvidados", publicado en el 2014 por El Emporio Ediciones.

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