Hay vida en Marte

Cultura & Espectáculos 09/02/2018 Por
Compartimos un nuevo cuento para disfrutar en verano. El autor es ilustrador, escritor y diseñador gráfico. Desde su Neuquén natal a la ciudad de Córdoba, cosechó un estilo fantástico con gran imaginación. Publica una tira de humor en La Tinta.
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- ilustración: El esperpento

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Por: Por Jó Rivadulla

Estaba en una caverna oscura y fría. Le dolía una rodilla y le sangraba la mano. Y había alguien más ahí.
Esa fue, más o menos, la secuencia de pensamientos que cruzó por la mente de Ilana en los instantes posteriores a la caída. Justo antes de eso había pensado: “¡mierda!”.
La caída había sido consecuencia, en cierto modo, de una persecución que los involucraba a ella y a Kar El Gordo. Kar disfrutaba amedrentando a quienes eran más débiles que él (que resultaban ser casi todos). Y aun peor: le gustaba poner apodos.
Lo primero que un niño aprendía era que en el mundo hacía mucho, mucho frío. Lo cuarto o quinto que aprendía era a temer a los apodos. Si a uno lo llamaban de cierta manera durante mucho tiempo, entonces quedaba condenado a cargar con ese nombre para siempre. Y la vida no era fácil para quien debía lidiar con un mal nombre.
Zuul la Temible jamás se hubiera alzado con el liderazgo del clan si su apodo hubiera sido, en cambio: “La Debilucha”, o “La Inconsecuente”, o “La Inepta”... Del mismo modo que Troj no se habría convertido en el hazmerreír de la aldea de no haber sido por su apodo: “El Hazmerreír De La Aldea”.
El nombre era poder. Pero crearse un nombre respetable siendo una niña pequeña y frágil era ya bastante complicado sin necesidad de que Kar el Gordo aportara lo suyo. Posiblemente el mismo Kar hubiera sido un niño menos furioso si Grut El Muerto no lo hubiera bautizado de acuerdo con su característica más prominente.
A su corta edad, Ilana había comprendido que era más fácil huir de la gente que de los apodos. Al menos hasta que una tropezaba y caía dentro de una caverna oscura.
Cuando se acostumbró a la oscuridad y vio al hombre con la boca cosida pensó en asustarse, pero ya estaba asustada, de modo que se limitó a mirarlo y temblar. El extraño parecía inquieto. Con un movimiento brusco acercó un puño hacia ella. No fue un gesto agresivo, parecía estar ofreciéndole algo. Ilana extendió sus manos instintivamente y recibió un objeto pequeño y pesado. Lo miró. Era una esfera del color del ámbar, fría, viscosa y muy bella. Ilana no poseía cosas bellas. La observó durante un momento y, al levantar la vista, el extraño se había ido.

La voz de Kar sonó amplificada por la roca de la caverna:
-¡Ilaaaana! -dijo con tono burlón- ¡La enaaaana!
Ilana no quería salir de la cueva por temor a Kar. Pero tampoco quería quedarse en la cueva por temor a la cueva. Además, él entraría a buscarla. Sus huellas en la nieve eran muy difíciles de pasar por alto, incluso para un imbécil como Kar.
Comprendió que tendría que salir y enfrentarlo. Pero no iba a permitir que le quitara su nueva adquisición, que ya se había convertido en su objeto más preciado.
En su ropa no estaría segura, Kar podría obligarla a desnudarse y arrojarla a la laguna, como había hecho con Frit El Azul. Solo había una opción: abrió la boca y colocó la esfera delicadamente sobre su lengua. Al hacerlo notó un intenso sabor dulzón, como el de una fruta muy madura.
No podría hablar, pero solo empeoraría las cosas si lo hiciera, de todas formas. Se puso en pie y comenzó a trepar hacia la luz.

-¡Ajá! -dijo Kar- ¿En qué estábamos? ¡Ah, sí! Estabas a punto de mearte encima, ¿no?
Ilana no dijo nada.
-Me hiciste correr. Y no me gusta correr. Ahora es tu turno de hacer algo que no te va a gustar -sonrió con la mitad de la boca, luciendo todavía más estúpido.
El enorme cuerpo de Kar bloqueaba gran parte de la entrada de la caverna. Esquivarlo resultaría imposible. Quizás lo más fácil sería aguantar lo que fuera que quisiera hacerle aquella vez. Si no le ofrecía mucha pelea, probablemente se cansaría rápido y la dejaría sola.
El bruto miraba a su alrededor, como buscando inspiración. Y pronto la encontró. Sus ojos brillaron de tal modo cuando la miró de nuevo que Ilana experimentó un momento de pánico. No quería saber lo que pasaba por esa cabeza retorcida, pero sabía que lo averiguaría muy pronto.
Kar la tomó del cuello y la llevó a rastras hacia una pila humeante de excremento de mamut. Ilana intentó resistirse, pero eso solo lo animó más.
- ¡Esto será interesante! - dijo, mientras introducía su mano derecha en el excremento - Abre la boca.
Ilana palideció. Y en ese momento sintió que la esfera se quebraba y un líquido ácido se derramaba sobre su lengua y se escurría hacia su garganta.
- ¡Dije que abrieras la…!
Kar se detuvo al ver que la niña se doblaba al medio y vomitaba lo que parecía un gusano blanquecino y baboso, junto con fragmentos de cristal amarillento. Al ver esto, retrocedió de un salto, con un chillido agudo que quiso acallar llevándose la mano derecha a la boca. Esto le provocó un nuevo chillido.
- ¿Qué es eso? - gritó - ¡Es repugnante!
Se adelantó para aplastarlo de un pisotón, pero Ilana se interpuso con una determinación que los sorprendió a ambos por igual.
- ¡No!
Se arrojó sobre él y consiguió hacerle perder el equilibrio. Rodaron por el suelo y forcejearon durante aproximadamente un segundo, al cabo del cual Kar estaba de nuevo en pie. Se acercó al gusano pero en su lugar encontró un extraño lagarto que le llegaba a la cintura. La sorpresa lo detuvo.
- ¿Y esto de dónde salió? - preguntó.
El lagarto estaba cubierto por una sustancia viscosa y su piel era tan fina que se podía ver un fulgor rojizo que provenía del interior de su cuerpo.
Kar buscó a su alrededor y recogió una rama de tamaño considerable con la que propinó un fuerte golpe en la cabeza de la criatura, que se retorció y se enroscó sobre sí misma. Sonriendo, blandió el garrote improvisado una vez más, pero antes de que pudiera impactar, fue sorprendido por un piedrazo en la nuca.
Se volteó, furioso, para enfrentarse a la figura diminuta de Ilana, recortada contra el blanco de la nieve, que lo miraba con los ojos encendidos de ira y los puños apretados. Por un momento, Kar le tuvo miedo. Pero fue solo un momento. Con un grito de furia se abalanzó sobre ella, con la enorme rama en alto. Entonces se vio envuelto en una bola de fuego.
Instintivamente se arrojó sobre la nieve y rodó para extinguir las llamas que consumían su ropa y su cabello. A un lado vio su garrote convertido en un fogón crepitante. Desconcertado, miró a su alrededor y lo que había lo dejó sin palabras. Intentó ponerse de pie torpemente tres veces. Luego corrió como nunca había corrido en su vida.
Ilana no salía de su asombro. Lo que hacía minutos había escupido en forma de un pequeño gusano ahora la observaba con el aspecto de un fiero dragón rojo que triplicaba su altura. La bestia inclinó la cabeza hasta posarla en el suelo, a los pies de Ilana, y desde allí observó a la niña con tres enormes ojos flameantes. Era la cosita más tierna que hubiera visto.
El dragón alargó una lengua morada y la acarició en la mejilla.
“¿Creerá que soy la madre?” Pensó Ilana. “¿Soy la madre? Yo lo empollé…”
Cuando Ilana y su nuevo dragón aterrizaron en el centro de la aldea, el monstruo era más alto que el antiguo ciprés. Una multitud se congregó para recibirlos.
- ¡Ese es! -gritó Kar- ¡El monstruo de Ilana La Enana!
- Debemos considerar cómo tratar este asunto -propuso Gill El Cauto.
- ¡Hay que destruirlo! -exclamó Lut El Viejo.
- ¡Tonterías! ¡Hay que protegerlo! -repuso Mik El Otro Viejo.
De inmediato, Lut y Mik se trabaron en la más letal de las batallas, al comienzo de la cual ambos fallecieron. Entonces la discusión continuó.
- Yo digo que lo matemos ahora, antes de que siga creciendo -propuso Kar.
- ¡No! -chilló Ilana.
- ¡Ya se cobró dos víctimas!
- ¡Los viejos no cuentan, se mataron solos!
El dragón los observaba con atención, mientras su sombra oscurecía la aldea.
- ¡Por los dioses, alguien haga algo -intervino Grub-, me está pisando los huevos!
- ¡Se está comiendo mis vacas!
- ¡Me tapa la vista!
- ¡Suficiente! - exclamó Hans El Inmortal, abriéndose paso entre la multitud, con su lanza en alto- Yo enfrentaré a ese monstruo.
Se acercó hasta los pies de la bestia.
- ¡Dragón! ¡Márchate en este instante o conocerás la ira de Hans el Inmo…
No terminó la frase porque el dragón se lo comió. Se hizo un tremendo silencio en la aldea.
- ¡Cuidado, Hans! -gritó Trop El Lento.
- ¡Dragón malo! -lo reprendió Ilana- ¡Escupe a Hans!
Pero no la escuchó, su cabeza había alcanzado las nubes, y había tormenta.
- ¡Hay que quemar al monstruo! - Dijo Zuul La Temible.
- ¡Sí! -dijo Kar
- ¡Sí! -repitieron los aldeanos
- ¡No! -dijo Hans. Pero nadie lo escuchó desde adentro del estómago.
Sin embargo, antes de que pudieran incendiar a nadie, el suelo empezó a temblar y a hundirse bajo el peso de las gigantescas patas. El dragón alzó vuelo y el ventarrón provocado por sus alas arrojó a los aldeanos contra los árboles del bosque. Se alejó tanto como pudo, pero crecía casi tan rápido como se alejaba, y la devastación a su alrededor era tremenda.
En poco tiempo, su tamaño fue tal que su propia atracción gravitacional comenzó a competir con la del planeta. Los océanos se elevaron varios metros, y una serie de terremotos, seguidos por violentas erupciones volcánicas, tuvieron lugar alrededor del mundo.
Afligido, el dragón se exilió en el espacio exterior. Exhaló una gran llamarada de frustración, que reavivó el fuego del sol y provocó que se elevara notablemente la temperatura de la Tierra. Los océanos congelados se derritieron, las nieves eternas desaparecieron y civilizaciones enteras quedaron sumergidas.
Al ver que no podía dejar de causar destrucción, el monstruo se enroscó en una gran bola y no volvió a moverse jamás. Desde entonces brilla una estrella rojiza en el cielo.
Ilana La Madre Del Dragón formó su propio clan con los sobrevivientes del cataclismo. Era un mundo nuevo, más caliente y hostil, y la humanidad debía encontrar la manera de salir adelante. Pero habían aprendido una lección muy importante: jamás se deben aceptar caramelos de un extraño.

Jó Rivadulla es ilustrador, escritor y diseñador gráfico. Nacido en Neuquén en 1983, estudió Licenciatura en Publicidad en la Universidad Siglo 21 de Córdoba. En 2014 publicó su primer libro ilustrado: "Makemba", que fue premiado en la Feria del Libro Infantil de Córdoba. A continuación publicó El Gran Libro de los Monstruos (2016, como ilustrador), Mi Gran Viaje al Espacio (2017, como autor integral) y El Viaje de Nahuel, el Niño-Juaguar (2017, como escritor). 

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