El macrismo al desnudo

Opinión 19/12/2017 Por
La explosiva mezcla de liberalismo económico, que hoy llamamos neoliberalismo por los cambios que ha sufrido y la tendencia al autoritarismo, no son una novedad en este tipo de gobiernos. Lo dice la historia, nuestra historia.
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Bochorno autoritario es lo que hemos vivido los argentinos el jueves pasado. Seguramente estará reflejado en las crónicas de los colegas que lo siguieron en el teatro de los hechos. Los proyectos de reformas, esencia del programa antipopular, los argumentos sostenidos sobre relatos mentirosos, la declaraciones previas, durante y posteriores a la fracasada sesión legislativa, la represión de días anteriores donde es asesinado un joven con un tiro por la espalda y las justificaciones teóricas de las mismas, los hechos acaecidos el miércoles y el jueves componen la radiografía exacta del modelo macrista.

La explosiva mezcla de liberalismo económico, que hoy llamamos neoliberalismo por los cambios que ha sufrido y la tendencia al autoritarismo, no son una novedad en este tipo de gobiernos. Lo dice la historia, nuestra historia. El hecho novedoso de estar sustentado en el voto popular, no alcanza para decir que estamos en democracia, mientras se lleva por delante derechos ciudadanos, división de poderes, negación de la libertad de prensa.

Los intentos de implantar un modelo antipopular autoritario tienen las mismas recetas, que se aplican según las intensidades, desde el fondo de la historia. Recetas que se adecuan a situaciones distintas, ya sea una dictadura trágica como la que hemos vivido, apoyada por el poder militar, con los mismos objetivos políticos, económicos y sociales; ya sea apoyadas por el voto ciudadano pero para transformar la democracia heredada (aun con todas sus limitaciones),en lo que el liberal Jean Revel llama “democradura” y que -con una mirada más actual y más situada- Diego Tatián, prefiere nombrar como “des-desmocratización”: “La encrucijada de una continuación y de una interrupción”. La continuación del plan económico de la dictadura que debió imponerse por medio del Terror ejercido desde el Estado y la interrupción de un proceso de democratización iniciado en 1983, con Alfonsín y continuado por los Kirchner.
Para esta reflexión que intento quiere valerme de un libro que supe leer en México, durante mi exilio, una vez recuperado de su destino torcido: “Diálogos en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu”. Su autor, Maurice Joly, abogado francés, luchador contra los totalitarismos y perseguido político, que a través de una ficción intenta analizar nuevos despotismos. Fue escrito, en 1864, en Bruselas -en la clandestinidad- e introducido en la Francia de Napoleón III, donde se secuestra la edición y Joly cae preso hasta 1987 y luego, tras otras peripecias políticas, se pega un tiro. Alguien rescata un ejemplar y lo plagia, convirtiendo especialmente las palabras que Joly pone en boca de Maquiavelo, en un supuesto plan de dominación de una inventada Alianza Israelita Internacional. El libelo antisemita es publicado como Los Protocolos de los Sabios e Sion, en 1920, convirtiéndose en un libro de cabecera de naZionalistas, muchos de ellos argentinos. Hasta que un corresponsal de Time, descubre el fraude, prueba la falacia y recupera esta pequeña joya de análisis político, que desentraña la intención de un nuevo Estado, situada entre una verdadera democracia y una dictadura brutal.

El Maquiavelo, en la ficción de Joly, quiere concretar -para ser más claro- un gobierno autoritario, con la idea de imponer políticas antipopulares pero con apariencia democrática. Hay una etapa, que en el caso del macrismo se inicia con anterioridad al momento de constituirse como tal desde la oposición, en una convergencia progresiva de grupos económicos hegemónicos y el inmenso poder de los medios afines y se prolonga hasta el reciente segundo triunfo electoral. Esa etapa es definida por el Maquiavelo de Joly con sutileza: “Se trata no tanto de violentar a los hombres como de desarmarlos, menos de combatir sus pasiones que de borrarlas, menos de combatir sus instintos que de burlarlos, no simplemente de proscribir sus ideas sino de trastocarlas, apropiándose de ellas”.

Es el objetivo innegable del gobierno amarillo. Una campaña atroz, usando todos los medios, lícitos e ilícitos, para mostrar todos los logros del gobierno anterior, económicos, sociales, políticos, como una estafa, como la causa de todos los males y atravesada por una corrupción generalizada, en la mayoría de los casos fabricada. La realidad de la recuperación de la economía, las mejoras en la distribución, el retorno de las paritarias, la incorporación de miles y miles de excluidos, son una farsa, una mentira. El mensaje se repite a cada hora, a cada minuto, como aquella imagen del pájaro que picotea y picotea la cabeza del ciudadano. Desarmarlos. Cientos de relatos que identifican al populismo como el culpable de nuestro pálido destino. Borrar las pasiones. Prometer cielos, solo para “emprendedores”. Burlarlos. Trastocar las ideas, apropiándose, por ejemplo, de la idea de justicia social como promesa (pobreza cero, pleno empleo). Como contracara: evitar las grietas, los argentinos unidos, trabajando en equipo. Mucha alegría, Globos amarillos.

“El secreto principal del gobierno consiste en debilitar el espíritu público, hasta el punto de desinteresarlo por completo de las ideas y los principios con los que hoy se hacen las revoluciones”, plantea el Maquiavelo de Joly. Hay que desterrar la política, porque es un enemigo del modelo neoliberal. Confundir, para desarmar. El secretario de DD. HH., Claudio Avruj, anuncia junto al Presidente hace pocos días, por ejemplo, un Plan Nacional de Acción en Derechos Humanos. Un buen ejemplo. La ficción: el gobierno “ha priorizado la temática de los pueblos originarios, con el objetivo de proteger, garantizar y promover el acceso a los derechos de las comunidades de todo el país”. La realidad: los asesinatos de Maldonado y Nahuel, la persecución contra los mapuches, convertidos en peligrosos guerrilleros. La ficción: “implementar Cuerpo de Abogados/as contra la Violencia de Género”. La realidad: reducción de fondos para la lucha contra la violencia de género. La ficción: “Fortalecer a los/as trabajadores/as y las unidades productivas de la economía popular desde un abordaje integral que redunde en mayores resultados socioeconómicos”. La realidad: las organizaciones sociales, como la de los trabajadores de la economía popular, denuncian la situación opuesta. Palabras, mentiras, que paralizan, que desarman. Hay que dedicarse “a destruir, a disolver, dondequiera existan, las fuerzas colectivas” Ataques permanentes a la organización de los trabajadores, desprecio a las organizaciones políticas definidas como “grasa militante”, intento de destrucción de las estructuras defensivas de los pueblos originarios, represión de manifestaciones de reclamo, detenciones. El agua que la Federal emplea para marcas a los manifestantes es de color amarillo. Vaya detalle.

Pero la sutileza tiene un límite. “Huelga decir que el mantenimiento permanente de un ejército formidable (…), debe constituir el complemento indispensable de este sistema; es preciso lograr que en el Estado no haya más que proletarios (quizás haya que decir pobres), algunos millonarios (Macri le agregó amigos al texto de Joly), y soldados”. “(…) la paz se consigue por actos de implacable rigor; si para asegurar la tranquilidad hace falta una cantidad de víctimas, las habrá”.

Los ojos del gobierno han sido puestos sobre la Gendarmería y la Prefectura, que ahora reprime manifestaciones, realiza allanamientos, usa la violencia hasta el crimen bajo el amparo del gobierno, realiza autopsias por encargo. La nueva etapa comenzó con las elecciones. Se está saqueando a la democracia. Hay más. Prometo continuar.

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