En busca de las tradiciones perdidas

Cultura & Espectáculos 13/11/2017 Por
Aproximación a los valores éticos, morales y filosóficos de lo que se denomina “nuestro acervo”, presentes en las figuras criollas del gaucho y el paisano.
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Obra de Ricardo Carpani

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Por: Flavio Colazo - Especial

Cada año al llegar el 10 de noviembre se conmemora en todo el territorio nacional el Día de la Tradición, cuya rememoración se manifiesta mediante celebraciones que cuentan algunas palabras alegóricas por parte de diversos tipos de autoridades, seguidas éstas de una ingesta de comidas típicas que luego da paso a la demostración, por parte de un grupo de personas formadas en las tradiciones folclóricas, de variopintas destrezas provenientes del acervo cultural criollo en los ámbitos de la música y la danza; así como también en determinados tipos de competencias surgidas desde las habilidades adquiridas a través de los diversos oficios camperos .
Aquí no trataremos de aproximarnos a dichos usos y costumbres sino a los valores éticos, morales y filosóficos de lo que se denomina “nuestro acervo”, presentes en las figuras criollas del gaucho y el paisano.

José Hernández Fierro y Ricardo Güiraldes Sombra (el gaucho, el paisano; el criollo y el criollismo)

Tal es la impronta y pervivencia de los personajes pergeñados por José Hernández y Ricardo Güiraldes que nos permitimos jugar con sus patronímicos a fin de ejemplarizar la ligazón ineludible entre los autores y sus criaturas ficcionales. Ahora debemos decir que ambos personajes son criollos, esto es descendientes de europeos nacidos en un país hispanoamericano. Martín Fierro es gaucho; Don Segundo Sombra es paisano, ambos mestizos argentinos, al igual que –en palabras de Augusto Díaz, presidente de la Federación Gaucha de Tucumán- el hombre indígena de los valles calchaquíes. Esos habitantes de altura -dice Díaz- “tienen raíz indígena, pero son gauchos”. Están embebidos de algo que trasciende lo que puede darles la universidad, la televisión, el mercado. En ellos se refleja una íntima relación con el medio natural en el que viven y del que forman parte.

Por qué el 10 de noviembre

La fecha fue escogida merced a la propuesta del poeta Francisco Timpone quien, en ocasión de celebrase una reunión en homenaje a Juan Bautista Alberdi el 13 de diciembre de 1937, sugiere presentar una petición en el Senado de la provincia de Buenos Aires proponiendo institucionalizar la conmemoración de la fecha del nacimiento de Hernández como Día de la Tradición, al mismo tiempo que propone una peregrinación a San Antonio de Areco, lugar de nacimiento de Güiraldes, como modo de celebración y reconocimiento al autor de Don Segundo Sombra.
La propuesta de Timpone conjugó un doble interés, por un lado el de reconocer las contribuciones de ambos autores en cuanto la pervivencia de una tradición literaria: la gauchesca; y por otro el reconocimiento y transmisión de determinados valores humanos ponderables presentes en los personajes ficcionales respectivos. En lo referente a los valores éticos y morales, comportamientos lingüísticos y manifestaciones artísticas prácticamente se confunden en un mismo estereotipo. Ahora en cuanto a la filosofía y modo de vida hay notorias diferencias. El paisano siempre se encuentra aquerenciado (arraigado) a un territorio; el gaucho puede no estarlo, el comportamiento nómade no le es ajeno a este tipo de criollo. Sin embrago, un extranjero por mucho que adopte comportamientos gauchescos jamás podrá ingresar a la categoría de gaucho; será, como mucho, un hombre de costumbres gauchas. Ser gaucho implica un origen territorial y un linaje criollo (en el Martín Fierro es posible encontrarse con personajes de origen africano, plenamente adaptados al estilo de vida gauchesco; pero, aunque no se duda de su criollismo, no se les otorga la categoría de gaucho).

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Pintura de Eleodoro Marenco

Gaucho y paisano, el indómito y el manso

Vemos en la Gran Enciclopedia Argentina que dirigiera Diego A. de Santillán el término “gaucho” - campesino rioplatense, jinete por excelencia, diestro en los trabajos de la ganadería y en el manejo del lazo, las boleadoras y el facón (...) fue el proletario de nuestra incipiente industria ganadera, el soldado de los ejércitos de la independencia y el insurgente de las montoneras. Por otro lado, De Santillán también aclara que el vocablo “gaucho” fue utilizado en sentido despectivo o elogioso en el uso del lenguaje de época dependiendo de la simpatía o antipatía que el arquetipo despertara en los diversos círculos citadinos en que se lo utilizara.
Esta valoración semántica del término difiere mucho de la consideración con que se utilizó y utiliza “paisano”, el cual se emplea generalmente a modo de elogio, ya que refiere a cierta bonhomía y sencillez del sujeto o, en el peor de los casos, a cierta ingenuidad o a un modo inofensivo de atolondramiento ante sucesos que le presenten cierto grado de dificultad para su comprensión.
El paisano es considerado útil, confiable y amable; el gaucho, en cambio, si bien puede ser valorizado muy positivamente merced a su comportamiento solidario, su filosofía libertaria, etc. también puede ser merecedor de consideraciones negativas provenientes de su imprudencia y atrevimiento. “Matrero” , “ladino”, “zafado”, etc. son algunos epítetos que podían “adornar” al sustantivo toda vez que se lo pretendía desprestigiar; los mucho más leves como “zonzo” o “boleao”, fueron los casos que acompañaron a “paisano” de modo despectivo.
De todos modos son la nobleza, cabalidad, honestidad, respeto, etc., etc., las principales cualidades a las que alude la tradición pretendida a la hora de pensar la conmemoración de la misma y las que se remarcan en toda producción cultural que pretende servir al propósito tradicionalista nacional.

Sarmiento y la detracción del criollismo

Claro que el gaucho (no tanto el paisano) y el criollo en general no contaron con la valorización positiva de la totalidad del espectro del poder ilustrado nacional y se encontraron con detractores en cuanto a símbolos vivientes de un estilo de vida contrapuesto a los intereses de determinados proyectos de Nación. Así, por ejemplo, Domingo Faustino Sarmiento no tuvo reparo alguno en declararle a Bartolomé Mitre, esquela mediante, que: “Se nos habla de gauchos… la lucha ha dado cuenta de ellos, de toda esa chusma de haraganes. No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre de esa chusma criolla incivil, bárbara y ruda es lo único que tienen de seres humanos”. (Carta de Domingo F. Sarmiento a Bartolomé Mitre. 20 de septiembre de 1861). También desde El Nacional- el periódico fundado por Vélez Sarsfield- explicitó los métodos de sometimiento implementados para su disciplinamiento:

“Las elecciones de 1857 fueron las más libres y más ordenadas que ha presentado América”. “Para ganarlas, la audacia y el terror que empleamos hábilmente han dado este resultado (de las elecciones del 29 de marzo de 1857). Los gauchos que se resistieron a votar por nuestros candidatos fueron puestos en el cepo o enviados a las fronteras con los indios y quemados sus ranchos. (El Nacional 13/10/1857).
Es a este gaucho al que defiende Miguel Hernández en su obra mayor, el Martín Fierro.

Respecto al otro tipo de criollo, el hombre proveniente de los pueblos originarios del territorio nacional, el padre del aula se interrogaba en la misma publicación antes aludida de este modo:
“¿Lograremos exterminar a los indios? Por los salvajes de América siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar. Esa canalla no son más que unos indios asquerosos a quienes mandaría colgar ahora si reapareciesen. Lautaro y Caupolicán son unos indios piojosos, porque así son todos, incapaces de progreso, su exterminio es providencial y útil, sublime y grande. Se los debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado”. (Domingo Faustino Sarmiento. El Nacional 25/11/1876).
En los tiempos en que Hernández y Güiraldes alabaron y defendieron la existencia del nuestros criollos estos vestían atuendos particulares algunos de los cuales perduran hasta hoy en poblaciones de tierra adentro, comían tortas fritas, empanadas y asado (o choike, o chulengo, o peludo, dependiendo de la región), cantaban cielitos, huellas, bailecitos, triunfos y, por sobre todo, payaban. En ocasión de festejos competían en destrezas de a caballo, con el lazo o con las boleadoras, bailaban, casi únicamente, un zapateo, al ritmo de bombos, llamado malambo.
Todas y cada una de aquellas costumbres de época se ritualizan año tras año en una liturgia mediante la cual se pretende imbuirse de aquellos valores que poseían, profesaban y ejercitaban la nobleza, el coraje, la piedad y el buen obrar. Sabemos que acabados los rituales no estaremos a la altura de aquellos hombres, pero nos sentiremos mejor al evocar el talante de esa nobleza que en aquellos hombres era un habitualidad perenne.


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Visiones de Florencio Molina Campos
Los gauchos

Ciertamente no fueron aventureros, pero un arreo los llevaba muy lejos y más lejos de las guerras. No dieron a la historia un sólo caudillo.
Fueron hombres de López, de Ramírez, de Artigas, de Quiroga, de Bustos, de Pedro Campbell, de Rosas, de Urquiza, de aquel Ricardo López Jordán que hizo matar a Urquiza, de Peñaloza y de Saravia.
No murieron por esa cosa abstracta, la patria, sino por un patrón casual, una ira o por la invitación de un peligro.
Su ceniza está perdida en remotas regiones del continente, en repúblicas de cuya historia nada supieron, en campos de batalla, hoy famosos.
Hilario Ascasubi los vio cantando y combatiendo.
Vivieron su destino como en un sueño, sin saber quiénes eran o qué eran.
Tal vez lo mismo nos ocurre a nosotros.

Jorge Luis Borges

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