Elogio al amor o El fósforo más hermoso del mundo

Cultura & Espectáculos 13/11/2017 Por
El director Jim Jarmusch vuelve al cine con Paterson, una mirada sobre un colectivero que es escritor y explora los sueños, el amor y las potencialidades ocultas de los ciudadanos comunes.
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Hay tanto que agradecerle a Jim Jarmusch. Aún a veintisiete años de su primer largometraje, la sensibilidad del underground neoyorkino permanece latente en sus películas, resistiendo al paso del tiempo y a las artimañas de la industria, como un hombre que se llenó de canas sin que el mundo le arrebate la inocencia de sus ojos. Ese es, después de todo, uno de sus mayores logros: sostener la libertad sin convertir su mirada personal en tics repetidos y paródicos de sí mismo, más bien madurando con el correr de los años.

Jarmusch reivindicó la estética minimalista como una vía para indagar sobre las personas y el tiempo cotidiano, creando atmósferas habitadas por personajes extraños y detalles inesperados que a cualquier otro le hubieran pasado desapercibidos. Lejos de cierto cine contemporáneo que confundió el minimalismo con una austeridad despojada de ambición y actitud exploratoria, Jarmusch pidió más: desde Ozu a Cassavetes y al clasicismo estadounidense, sus diversas influencias sirvieron para tejer la poética del mundo cotidiano con el humor absurdo y los géneros clásicos.
El espíritu contracultural de su estética fue encarnado por sus propios personajes, criaturas de una belleza tan extraña que no pueden andar si no es al costado de los caminos marcados por señalizaciones. Y la mirada sobre ellos no fue nunca explotadora ni abusiva, sino profundamente amable. Jarmusch sobrevivió al cinismo del mundo y del cine contemporáneo como uno de sus poetas más tiernos. ¿Cómo puede explicarse sino el personaje de Winona Ryder en Night on Earth, una chica embarrada en hollín que rechaza la oferta de convertirse en estrella para perseguir el sueño de ser mecánica? Y algo de esa Winona joven, dulce e inesperada vuelve a actualizarse en la interpretación que hace Adam Driver en Paterson.

El film más reciente de Jarmusch, sin demasiados saltos narrativos ni exaltaciones dramáticas, sigue durante una semana la vida de un colectivero tímido que también es un esposo amoroso y un poeta oculto. Paterson comienza el día manejando un bondi y termina escribiendo poesías frente a las cascadas de la ciudad o rodeado de libros y recuerdos viejos en el sótano de su casa. Si David Lynch hacía Twin Peaks o Terciopelo Azul para desnudar la perversidad secreta del ciudadano medio estadounidense, Jarmusch gira en el sentido contrario. Paterson es una apuesta poética que descubre, detrás de las apariencias, el potencial artístico y creativo que puede esconder un colectivero, un negro que rapea mientras lava la ropa o una niña que escribe poemas sobre la lluvia. Es por este rasgo humanista que Jarmusch encuentra a su hermano más próximo del otro lado del Atlántico, en el finlandés Aki Kaurismäki. Y lo que parece apenas anecdótico y trivial es en realidad el valor político de este retrato sobre la cotidianidad, donde la clase media trabajadora encuentra su dignidad en la cultura.

Esa poesía de Paterson está completamente anclada al día a día. Uno de los escritos del protagonista se titula “Poema de amor” y está inspirado en los fósforos “más hermosos del mundo”; esos que guarda en su casa y que le recuerdan a su esposa. No en vano la puesta en escena de Jarmusch se vale del fundido encadenado como procedimiento para conectar los planos: mientras oímos los poemas de Paterson, la imagen del protagonista dentro del colectivo se desarma sobre la corriente de las cascadas (evocando el fluir de la creación artística) y sobre el rostro de los pasajeros y su enamorada.
El filme se mueve así entre los planos de la imaginación y la realidad más terrenal, dos dimensiones concebidas como si fueran inseparables. Laura, la esposa del protagonista, es la que produce uno de los aspectos más misteriosos en ese juego de vivencias y quimeras: después de contarle un sueño donde tienen hijos idénticos, Paterson se cruza con gemelos todo el tiempo. Se trata de un motivo narrativo que altera la lógica onírica: no son únicamente los elementos residuales de la vigilia los que se cuelan en los sueños, sino también a la inversa.
Esto no quiere decir que Paterson se despegue de su contexto más próximo. Por el contrario, hay una mirada atenta que utiliza la puesta en escena para registrar el entorno. Con los años, Jarmusch ha valorado la intervención del montaje en vez de privilegiar sólo los planos extensos que lo caracterizaron en Extraños en el Paraíso; y Paterson no es la excepción. Cuando las escenas del colectivo intercalan imágenes de los pasajeros con otras de la ciudad, el diálogo del adentro y del afuera sugiere una relación entre el espacio personal del protagonista y el espacio social que incluye a los otros. La historia de la comunidad, plasmada en el recuerdo de habitantes famosos que se acumulan en las paredes de un bar y en las conversaciones de la gente, convierte a Paterson en un ciudadano y a su poesía en una obra viva de ese espacio. El colectivo mismo es explorado como una suerte de microcosmos: un obrero esperando la siguiente parada, una señora leyendo, dos amigos hablando de mujeres y otros que discuten sobre un héroe anarquista. Todos son retratados como pequeñas piezas dentro del torrente de cotidianeidad y creatividad de Paterson.
Jarmusch, al igual que su protagonista, va construyendo una narración poética con la delicadeza que caracteriza a un artesano. Los poemas impresos sobre la pantalla, los fundidos en negro utilizados como puntuaciones y los fundidos encadenados para conectar las imágenes; cada una de estas operaciones marca un ritmo y un tono armónico y musical en la película. El uso de los planos detalle, que desvían el centro de la narración hacia elementos laterales, imita la actitud receptiva y observadora de Paterson. Los pies de unos niños flotando sobre el suelo del colectivo o la espuma blanca en un vaso de cerveza forman parte de un registro que se desvía hacia rincones insospechados. Así, Jarmusch pone el ojo sobre los elementos diarios como si frotara una lámpara hasta develar una belleza que permanecía oculta.

Lo ordinario se descubre hermoso. La rutina, en vez de amenazante, se observa como un refugio de certidumbres y pequeñas variaciones. Algo de eso gira alrededor de Paterson y Laura, la pareja más feliz y calma que haya habitado el cine en mucho tiempo. Jarmusch retrata la intimidad de estos enamorados con una calidez insólita, comenzando cada día de la semana con un plano cenital que los encuentra acurrucados en la cama. Por eso las escenas que muestran discutiendo a otras parejas funcionan como contra-punto al compromiso cariñoso que ensayan los protagonistas.
Sin la épica romántica que suele caracterizar al cine, las representaciones amorosas vinculadas al sufrimiento y al esfuerzo inhumano se caen a pedazos. Hay una ternura y un placer en la rutina de estos amantes que pocos directores quieren o se animan a mostrar. Y esa mirada, más allá de su aparente simpleza, también es política. Que no se muestren casi indicios de sexo es quizá lo más cuestionable en la aproximación de Jarmusch, pero Adam Driver combina pasión y ternura cada vez que mira a su esposa como si encontrara en ella algo desconocido. Y esa emoción incontenible es la que podremos experimentar cada vez que veamos Paterson. Como los poemas y los amores más hermosos, siempre guarda descubrimientos nuevos.

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