Los rugbiers también lloran

Cultura & Espectáculos 06/11/2017 Por
En Temporada de caza, la directora Natalia Garagiola crea una puesta en escena hiperquinética para habitar un mundo de hombres angustiados. El filme podrá verse hasta el miércoles en el Cineclub Municipal Hugo del Carril.
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Por: Iván Zgaib - Especial para La Nueva Mañana

Chicos de pantalones cortos y medias largas corretean por un campo de rugby. Un entrenador los agita, la pelota vuela por los aires: la tosquedad, la dominación, la fortaleza. Al otro lado de la cancha, unas chicas juegan al hockey. Es a través de ellas que vemos el primer exabrupto de violencia. Nahuel, a lo lejos, se agarra a las piñas con un compañero de rugby. Las chicas corren hacia ellos.
Hay algo en esos primeros minutos de Temporada de caza que podría sintetizar la mirada de esta ópera prima: una directora mujer que, como aquellas jugadoras de hockey, se acerca a un universo definido por la exclusividad masculina. Este ínfimo detalle marca una diferencia con algunas películas del cine argentino reciente; directoras como Julia Pesce o Ana Katz retrataban mundos de mujeres donde los hombres tenían una aparición mínima. Pero Natalia Garagiola invierte esos términos. En Temporada de caza, la ausencia de una figura femenina será la excusa para recorrer la angustia de sus protagonistas masculinos.

En menos de diez minutos, la película se mueve rápidamente para establecer el punto de partida: Nahuel acaba de perder a su madre y con ella desaparece la vida tal cual la conocía. De Buenos Aires va a parar a la Patagonia helada, de una escuela privada a una pública y de un padrastro amoroso a un padre biológico que no ve hace años. Hasta acá, todo parece terreno viejo y conocido para la cinematografía de cualquier parte del mundo: padre e hijo se ven forzados a reconectar su vínculo. Pero la particularidad de Temporada de caza está en su puesta en escena hiperquinética, donde los ritmos del montaje y los encuadres entran en sintonía con el corazón agitado de Nahuel. Es una aproximación alejada de cierta tendencia del cine nacional desde fines de los 90, que suele privilegiar la cadencia contemplativa y la distancia como modos de exploración estética y narrativa. Primero Enero o Los globos podrían ser dos películas contemporáneas que observan la masculinidad y la relación entre padre e hijo a partir de aquella lógica. Natalia Garagiola decide, por el contrario, que las emociones revoltosas de sus protagonistas necesitan una traducción diferente.

A la angustia y la violencia de Nahuel le corresponde otra forma: tomas efímeras, cámara temblorosa, cortes abruptos de montaje que abren vacíos en la transición de un plano a otro, como si la narración se moviera con la bronca de un adolescente que acaba de quedar huérfano. Que el registro no decida tomar distancia de sus criaturas no parece azaroso, más bien una apuesta consciente a mantenerse pegado al protagonista. Entonces la película se sumerge en este frenesí, eligiendo habitar el estado emocional de Nahuel antes que observarlo desde lejos. Ahí está uno de los puntos más altos en Temporada de caza: la secuencia de acciones narrativas nunca se reduce al avance de la historia. Al relato de una premisa gastada le corresponde el registro de un paisaje emocional; el rechazo de Nahuel a su nueva vida va a acelerar las imágenes al calor de la angustia adolescente.

La particularidad de “Temporada de caza” está en su puesta en escena hiperquinética, donde los ritmos del montaje y los encuadres entran en sintonía con el corazón agitado de Nahuel.

Salir de ciertos moldes, sin embargo, no siempre resulta. Hay pasajes de guión y situaciones dramáticas que parecen formatearse para dejar en claro la molestia del protagonista. Las pequeñas rebeldías de Nahuel, reiteradas constantemente en la primera mitad del filme, rozan la obviedad y los subrayados. Por eso Temporada de caza sale más victoriosa cuando pone en juego los elementos que hacen espeso su universo, más allá de las convenciones que pueda compartir con otros dramas familiares.

La mirada sobre el espacio de la Patagonia se vuelve entonces un componente clave, tanto para capturar sus singularidades sociales como para crear atmósferas en torno a la naturaleza. Ahí, la inclusión de los jóvenes sureños abre el filme para retratar una comunidad distinta a la que aparece en Buenos Aires, ampliando la realidad de Nahuel hacia otras clases sociales. En estos momentos, el torrente de emociones del protagonista se precipita: integrarse a nuevas dinámicas de socialización deviene conflictivo. Se trata de un proceso que, sin verse limitado por la intensidad narrativa, es registrado con especial atención a las jergas, prácticas y movimientos corporales de los adolescentes, un anclaje que roza lo antropológico.
La Patagonia parece, en medio del duelo de Nahuel, un paisaje inhóspito: la crudeza del frío se plasma en la acción de los cuerpos y en los colores apagados de la fotografía. Hay desiertos de nieve, esqueletos de árboles estampados contra el cielo, grupos de cazadores refugiados alrededor del fuego.

Algo de la aspereza en los vínculos masculinos se retroalimenta de ese ambiente frío, pero Garagiola no se detiene en las primeras apariencias. La superficie cruda de Nahuel y su padre se van quebrando a medida que avanza el filme. La potencia cinematográfica de Temporada de caza se descubre, finalmente, cuando la violencia y el desapego hacen lugar al tejido sensible de sus personajes. Cualquier noción que encasille la masculinidad queda en jaque. La tosquedad, la dominación, la fortaleza; todas se develan restringidas. Después de todo, un cazador o un rugbier también pueden estallar en lágrimas.  

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