Giuliano Marigliano: Retroceder Nunca, Rendirse Jamás

Entrevistas 18/10/2017 Por
Fue una de las figuras del “Institutito” que sorprendió en la Liga cordobesa. Una historia de perseverancia; y el recuerdo de un amigo inolvidable: Fernando Costamagna.
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1 / 3 - - El pibe Marigliano celebra junto a sus compañeros el campeonato obtenido. La vuelta olímpica fue en el Monumental ante los fanáticos albirrojos. La felicidad del objetivo cumplido.

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¿Quién dice que es tarde para seguir soñando? ¿Alguien puede atreverse a decirle a Giuliano Marigliano que no lo siga intentando? Nadie. Y menos alguien que lo haya visto jugar en la defensa del Institutito. Y menos, aquel que sepa de su ganas, de sus sacrificios y su perseverancia.
Instituto el sábado se midió ante Aldosivi por el torneo de la B Nacional. Todas las miradas puestas en ese equipo que tiene pretensiones de ascenso en el año del Centenario del club. Pero a la vez, el mismo sábado otro grupo de futbolistas, con igual de intenciones de ganar cosas, jugó “su” partido clave por la Liga cordobesa. Ya el domingo distintos medios se encargaron de cronicar el campeonato. Giuliano volvió a ser el líder de ese equipo, el que puso el pecho en las buenas y en las malas.
Pero la noche anterior a ese compromiso por el torneo local, Giuliano concentró como si fuera un profesional más. Hizo todos los deberes. Pero en su hogar. Lejos de una concentración en un hotel. Esa semana fue distinta a las anteriores, claro, en cuanto a emociones y ansiedad por el partido. Pero él entrenó junto al resto de sus compañeros por la mañana, con la ilusión de la vuelta olímpica, y por la tarde laburó, como todos los días, en la marmolería.

Juega en Instituto desde los 12 años. Pasó por todas. Desde la Novena División representó a la ”Gloria” en los torneos de AFA. Hasta Cuarta. Pero la gran chance de llegar a la Primera no llega. Pero sigue insistiendo. No baja los brazos. Con 20 años sigue perseverando por sus ilusiones de llegar a jugar la Primera del club de sus amores: en la “Gloria” de Alta Córdoba. Lo hace. Y defiende esos colores con todo lo que puede en la Liga local, pero quiere más. Y va por más.

¿Y cómo es jugar en un club que tiene mucha trascendencia, pero que justamente el equipo de la Liga local no tiene esa repercusión? Marigliano lo define así: “Al principio para mí fue bastante duro. Yo siempre jugué en AFA y se nos daba más bola que lo que nos pasa ahora en la Liga. Pero de a poquito nos fuimos haciendo sentir, haciendo ruido y llegamos a instancias finales. Cuando nos empezaron a ver punteros, ya la gente comenzó a hablar de nosotros en el club. Pero fue un esfuerzo de todos los chicos que le pusimos esfuerzo a la situación. Tuvimos partidos muy buenos y eso nos hizo llegar arriba”.
En sus épocas de adolescente, Giuliano iba al colegio por la mañana, salía a las 15 y de ahí, casi comiendo en el auto, a La Agustina a entrenar. El club como su segunda casa. “Siempre me amoldé a la situación, porque es lo que quiero para mi futuro”, expresa el defensor central, que cuando finalizó el secundario, en el Corazón de María, comenzó la carrera de Ciencias Económicas. Pero dejó. La idea era apuntar todos los cañones al fútbol.

- Jugaste siempre en los torneos de AFA y ahora te tocó este certamen en la Liga local, ¿fue duro ese cambio?
- Sí, en el sentido por ejemplo de que en AFA jugás con compañeros de tu misma edad y hay uno o dos que resaltan y que decís que “éste ya está para Primera”. En la Liga te cruzas con jugadores de 25, 27 años, algunos tienen 30 o más. Tienen más mayor experiencia que nosotros. Tienen otras mañas. A mí como defensor me toca enfrentar a los ‘9’, que son grandes casi siempre en los equipos de Córdoba. Y tenés que saber resolver, te sirve como experiencia para cuando llegues arriba.

Varios jugadores que han llegado al equipo profesional de Instituto han pasado por el “Institutito”; y eso es también un refuerzo para jugar en el certamen de la Liga cordobesa. Así lo asimilan tanto Giuliano Marigliano como sus compañeros. “Las motivaciones son constantes estés donde estés”, asegura el marcador central. Al tiempo que agrega: “Siempre nos están viendo. En la Primera local que, tal vez, no te dan mucha bola, nosotros entendemos que alguien nos puede estar mirando. Nunca hay que relajarse”. Además, como un principio, el hijo de Claudia y Héctor y hermano de Soraya y Guadalupe, expresa: “A mi edad no me puedo relajar. No hay tiempo para relajarse. Cualquier oportunidad que nos toque hay que aprovechar”. Y a propósito de que alguien los va a mirar, en otro sentido, siempre está el apoyo de la familia, dice el defensor, y de los compinches, como Facu Zabala, que todos los sábados va a acompañar al equipo, a alentar a su mejor amigo.

Un amigo siempre presente

Clase ’96 es Marigliano. De la misma camada de Mateo García, Leandro Vella y Santiago Molina. A propósito del defensor que juega en Cerro Porteño de Paraguay, Giuliano expresa: “Es un gran amigo, estuvimos en las malas juntos, nos acompañamos cuando estuvimos lesionados”. Y agrega sobre Mateo y Leo que “son compañeros que tuve en inferiores y llegaron, y pudimos hacer amistad. Mateo está en Europa y sigue igual”.
En esa categoría hay un amigo que no está, pero está. Y vale la contradicción, porque no es tal. Fernando Costamagna fue un pibe que dejó una marca en La Agustina, un recuerdo inolvidable. Su partida allá por marzo de 2016 dejó un vacío que nada puede llenar en sus amigos, como Mateo, Leo y el propio Giuliano. Siempre lo recuerdan, porque fue más allá de un gran futbolista, “un gran amigo”. Y Marigliano siempre lo tiene presente. Siempre. Y en esta charla con LA NUEVA MAÑANA lo rememora:

“Para mí fue un golpe muy duro cuando él murió. No se cómo explicarlo. Es algo que no puedo todavía explicar. Estábamos lesionados y nos estábamos recuperando. Ibamos siempre a recuperación juntos, todos los días. Y hubo un día que volvíamos a pretemporada y le mando un mensaje, diciendo ‘nos vemos hoy’. Y él me dice que no podía, que le había salido una bola en la garganta. Qué mocazo, dije yo. A los días va a La Agustina y le pregunté qué tenía ahí y me dijo que era una enfermedad, que no se la habían podido curar a tiempo. Y pasó lo que pasó. Pero me dejó una enseñanza muy grande e importante, que siempre hay que sonreír a pesar de las adversidades. Siempre hay que sacar una sonrisa. Él afrontó su adversidad con una sonrisa. Era un chico muy sonriente y era un jugadorazo. Terrible jugador, fanático hincha de Román Riquelme. Es un jugadorazo. Para mí lo sigue siendo, lo siento presente. Él falleció un jueves, y yo tenía que jugar el sábado. Ese día íbamos perdiendo 1-0, lo empatamos y en el último minuto hice el gol para ganar. Este año, el día del aniversario de su fallecimiento nos tocó jugar. Y otra vez sobre la hora ganamos 3-2 con un gol mío. Los goles son de él, dedicados a él. El sábado anterior al partido final del torneo, también me tocó hacer un gol y lo festejé con las orejas, por Román, que era el ídolo de él”.



El defensor del “Institutito” sigue. También admirador de Juan Román Riquelme y, como defensa, de Carles Puyol, con el legado de su amigo, sigue en la carrera de sus sueños. Y a propósito de anhelos, cierra: “Yo soy hincha y socio de Instituto, y mi sueño es jugar en la Primera del club. Siempre hay que proponerse grandes metas, por eso todavía sueño con llegar a la Selección. Pero mi gran sueño es jugar en la Primera de Instituto. Y pase lo que pase, siempre con una sonrisa, porque el esfuerzo es muy grande”.

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