Fútbol, mi camino al amor

Pequeños relatos 09/10/2017 Por
Esta es una historia de un jugador común. Pero con algo especial: en todo momento se hace presente el amor, en todas sus formas y versiones. Se trata de una historia de fútbol como medio de transporte hasta el amor.
Lopez Macri-acuarela
- Ilustración: Daniel "Pito" Campos

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 ELLOS TAMBIÉN TIENEN LA PALABRA  

Esta es una historia de fútbol, pero no exactamente.
Es una historia de fútbol como medio de transporte hasta el amor.
Una historia de alegrías y tristezas, risas y llantos, victorias y derrotas, amigos y no tanto.
Una historia de un jugador común. Pero con algo especial: en todo momento es una historia atravesada por el amor, en todas sus formas y versiones.

Todo comienza con mi viejo y mi vieja, como grandes referentes y promotores de todas mis iniciativas. Éramos mi pelota y yo en el patio de casa, en Alvear, un pueblito cercano a Rosario, un lugar ideal para patear todo el día sin molestar a nadie.
Eran tiempos de crecimiento en la familia, dónde papá y mamá juntaban las chirolas para terminar la casa, y dónde se podían ver algunos albañiles encargados de ese avance. Uno de ellos, don Belén, solía verme patear todas las tardes, y un día decidió comentarle a mi viejo que él dirigía en Juventud Unida de Pueblo Esther, un pueblo cercano; y le propuso que me llevara.
Ahí fue donde conocí este deporte, y nunca más pude dejarlo.

Comenzó como un juego y al poco tiempo empecé a tomarlo con seriedad. Me sentía importante, sabía que en algo era bueno. No era el mejor, no era una promesa ni mucho menos, pero si sentía una convicción muy fuerte de que el fútbol era para mí, o yo para el fútbol.
Así como esta es una historia de fútbol, de mi experiencia en el fútbol, no es la historia común. Nunca fui el crack del barrio y tampoco fui el que jugaba para salvar a mí familia. Pero eso nunca me importó, siempre lo elegí porque así lo sentía. Primero en Juventud Unida, después en San José de Lagos y después en Rosario Central.

Fueron largos y lindos años en infantiles, donde yo ya sentía que esto para mí no sólo era un juego, sino que quería que por el fútbol pasara mi vida.
Comencé a interesarme, a ver fútbol, a copiar a grandes figuras, a compartir largas charlas con mi viejo, mi gran compañero incondicional. Mi camino me llevo hacía Renato Cesarini, gran escuela del buen fútbol, dónde tuve grandes maestros como el propio “Indio” Solari y Sebastián Beccacece.
De a poco mi convicción fue creciendo y tomando forma. Hasta tomar la decisión, con el apoyo de papá y mamá (sufrió horrores pero me dejó volar), de irme a los 16 años a vivir a una pensión en La Plata, precisamente en Estudiantes, donde Claudio Vivas, que era el entonces coordinador no solo se interesó por mí juego, sino por mí personalidad dentro de la cancha. Me faltaban cosas, pero no me faltaban ganas de aprender.

Sí, el pibe que jugaba bien pero no era figura, que le gustaba leer como a mamá pero seguía pateando, que andaba bien en el colegio pero no lo llenaba. Que podía ser cualquier otra cosa pero eligió ser jugador de fútbol.
Los primeros años, fueron difíciles. Estaba acostumbrado a mí vieja, médica pública, trabajadora del corazón, amante de la lectura y el arte. A mi viejo, un gruñón que siempre tenía razón, pero que la última palabra siempre era: “Sí, hijo, vamos para adelante”. A mí hermana, que también era y es mi amiga.
Se me dificultaba acostumbrarme a la pensión, me sentía de otro palo, muchas veces sentí que todos mis proyectos dentro del fútbol se ponían en dudas. Me costaba jugar, me costaba el colegio y me costaba coincidir y compartir con muchos compañeros. Pero la convicción siempre fue más grande.
Por eso mismo, comencé a acostumbrarme. Me hice mi lugar, en la cancha y afuera. Progrese como jugador y sobre todo como persona. Me propuse terminar el colegio, seguir estudiando. Quería ser diferente. No quería estar de acuerdo, no quería ser uno más, quería ser parte del fútbol pero quería ser yo. Obviamente eso me trajo mis problemas, mis discusiones, mantenerme firme a mis ideales costó.
Jugué y me destaque en mi categoría. Estudié y terminé el colegio como mejor promedio y mejor compañero. Jugué en Reserva y me mantuve.
Y un día todo cambio.
La gente que me hizo crecer y creer como jugador se fue. Llegó gente nueva con ideas diferentes y pase de sentirme importante a ser una más. Y no lo quise aceptar. Por ende, volví a tomar otra decisión determinante en mi vida: regresé a casa.
Fue un tiempo de incertidumbre, con un paso por Newell’s, dónde jugué sin pena ni gloria en Cuarta División y Reserva. Estaba cerca de la edad dónde todo se definía. Estaba dolido, enojado, contrariado. Pero nunca sentí que era el momento para aflojar.
Cumplí 21 y fui por primera vez en mi vida, un jugador libre. Un laburador sin trabajo. Pero como cuenta mi historia de fútbol, está también es una historia de amor. Y justo en este punto muerto, encontré el amor en el apoyo de mis viejos, dándome la libertad de seguir eligiendo al fútbol y apoyándome en todo lo que pudiera venir.

Todos los años de esfuerzo en Estudiantes no dieron el fruto que esperaba: debutar en primera, firmar un primer contrato. Sin embargo, sí florecieron de otra manera.

Mariano Soso, hoy con gran presente como entrenador, un tipo que me enseñó de fútbol pero más de la vida, hablo con Alejandro Russo, otro gran maestro mío, que en ese entonces trabajaba como mánager de Instituto, y hoy coordinador de Racing de Avellaneda. Eran tiempos de cambios en “La Gloria”, y con la llegada de Darío Franco, un loco ofensivo, demasiado para una B Nacional, que usaba extremos, se abrió mi puerta al fútbol profesional.

Lo demás, es historia conocida. Jugué en uno de los mejores equipos en la historia de la B Nacional, en la mejor B Nacional de la historia y con uno de los mejores jugadores actuales: Paulo Dybala. Y no solo eso. Mi sueño se cumplió con creces.
No era el mejor de chico, pero lo supere. No era el mejor de mi categoría, pero lo supere. No era el mejor del barrio y lo supere.
Desde esos días hasta hoy las pase todas... muy buenas y muy malas. Pero como dije al principio: esta es mi historia de fútbol, pero como medio hacía algo mucho más grande.

Paralelo a mí camino como profesional, también encontré el amor: Belén.

Desde un principio entendió lo que era acompañarme. Viajes, mudanzas, alegrías, tristezas, derrotas, enojos. Compartimos todo. Reímos y lloramos juntos. Y todo esto nos llevó hasta el 2015. Año raro. Llegué a una ciudad chica, con un club en crecimiento y en poco tiempo me gane mi lugar: Sportivo Belgrano de San Francisco.
Después de pasos por Chile, Córdoba, Mar del Plata, llegué a San Francisco.
Como todo comienzo uno espera lo mejor, y eso esperábamos con “Belu”. Y sin saberlo, lo íbamos a encontrar.
¿Resumen del año futbolístico? Lejos el peor. Lesiones, graves lesiones y descenso.
Y acá, como sucede en toda esta historia, y sobre todo en las partes difíciles, apareció EL AMOR.
Pero esta vez fue distinto, esta vez fue algo nuevo, inexplicable, incomparable.
Un día después de mi lesión, rotura de ligamentos cruzados y después de un descenso inesperado, nació mi hija: Francina.
En ese momento comprendí que todo mi camino, mis ideales, mis convicciones, mis decisiones (buenas y malas), mis victorias y mis derrotas, me llevaron a este momento. Mi momento. Me trajeron hasta ella.
Por eso es que hoy en día escribo este texto, para que todos puedan aprender lo que yo aprendí. Que el fútbol es solo un juego. Que las victorias y las derrotas pasan, que no alcanza solo con patear una pelota. Que también hay que pensar, hay que estudiar, hay que defender las ideas, hay que estar convencidos.
Este es mi camino, es mi historia de amor.
No soy el mejor. No soy el más rápido, ni el más fuerte. Pero hoy llegué hasta acá, y siento que yo ya gané. ¿Por qué? Porque todo lo que viví, me llevo a sentir este amor tan grande, que hoy tiene nombre y se llama Francina.
Nació mi hija, Francina, que nos desborda de amor, que hace un tiempo aprendió a decir “papá”, y lo festejé como mi mejor gol; que ama a los animales y la música, como yo; que es cariñosa y familiera, como la mamá; la que hace que todos los días antes de dormir piense en ella, y sólo deseo que siempre sea así, genuina y natural...

Fútbol, mi camino al amor.

(*) Futbolista. Actualmente en Gimnasia y Tiro de Salta.

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