Más cerca del cielo desde el corazón de la Puna salteña

Turismo 04/10/2017 Por
El Tren a las Nubes es uno de los recorridos más apasionantes por los paisajes del noroeste argentino. Un trayecto en ferrocarril que llega a los 4.200 metros de altura en una de las postales más imponentes de “La Linda”.
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Hay paisajes que cautivan por su modernidad, la majestuosidad de sus monumentos, lo imponente de su arquitectura y hay otros que no necesitan de grandilocuencias para meterse en el corazón de propios y extraños, porque su encanto descansa en la riqueza de su sencillez, el sentir de su gente y el latido de la tierra. Esa es la sensación que se tiene después de vivir la experiencia del Tren a las Nubes, uno de los mayores íconos turísticos de la provincia de Salta.

Jimena Caniza, una trabajadora que desde hace ocho años recorre los vagones de la formación compartiendo saberes, experiencias y revelando los secretos de una cultura ancestral y viva, lo resume a la perfección: “Este es un paisaje único, un milagro de la creación donde uno se siente pequeño ante tanta inmensidad. Un lugar para entrar en contacto con los habitantes de la Puna y conectarse con esa voz de la sabiduría interior que grita hasta en el más profundo silencio”.

Hora de partir

La excursión - que desde que la concesión del Tren volvió a manos del Gobierno salteño en 2015 combina trayectos por ruta y ferrocarril - parte puntual a las 7 de la mañana de la Estación Salta en la Capital provincial hasta el Viaducto La Polvorilla, donde comenzará el trayecto en tren que entre ida y vuelta y una parada fotográfica en el punto más alto, durará alrededor de dos horas y media.

Todavía es de noche y los cerros no asoman, pero las miradas inquietas y la escucha atenta dan cuenta de la expectativa por lo que será un gran viaje. La primera parada no tarda en llegar: a 30 kilómetros al oeste de la ciudad yendo por la ruta 51 nos recibe Campo Quijano, conocido como “El Portal de los Andes”.

En la plaza del pueblo, una locomotora de vapor que data de 1921 recuerda la base de la construcción del ferrocarril Huaytiquina, como se lo denominó al Ramal C-14 por donde actualmente circula el Tren; mientras del otro lado de las vías un monolito rinde homenaje al ingeniero Richard Fontaine Maury, constructor del tendido ferroviario más extenso del norte argentino.

Ya va amaneciendo cuando entre medio de las yungas o selva de montaña, el asfalto se transforma en ripio y aparece ante nuestros ojos el Viaducto del Toro en la quebrada que lleva el mismo nombre. “En este tramo el río Toro va tallando la quebrada. Su nombre es la deformación de ‘turu’, que en quichua significa barro por su enorme caudal durante las épocas más lluviosas”, cuenta Cecilia González, la entusiasta guía de este viaje.

El viaducto inaugurado en 1925 y originariamente llamado “Viaducto de Los Sauces”, tiene 23 metros de alto y 260 metros de largo y es considerado una obra maestra de la ingeniería.

El viaje avanza y es imposible no sentir el cambio altitudinal, también palpable en la vegetación, que pasa del verde al ocre de los cardones que crecen en los áridos suelos de la puna hasta los 3.500 metros sobre el nivel mar, y son un importante fuente de ingreso para los artesanos de la zona, que - una vez caído - lo utilizan para crear vasijas, veladores, marcos, entre otras cosas.

Tras las huellas del Padre Chifri

La siguiente parada es en El Alfarcito, un pequeño paraje ubicado en las alturas de la Quebrada del Toro, a 2.800 metros de altura, donde la Fundación Alfarcito – que trabaja por el desarrollo de 25 comunidades de los cerros y un Colegio Secundario Albergue de Montaña - mantiene vivo el sueño del sacerdote Sigfrido Moroder, conocido como el Padre Chifri.

Según cuentan los propios alumnos que reciben a los turistas, Chifri “fue un cura misionero con vocación de servicio que llegó al norte argentino en agosto de 1999 para sembrar amor y entrega”. Entre su amplia obra, construyó una escuela secundaria para contener a los adolescentes y evitar que migraran por falta de oportunidades. El establecimiento que en marzo de 2010 comenzó a funcionar con 36 alumnos, hoy ya tiene 145 y va por la cuarta promoción de egresados. Sus orientaciones son turismo; construcción regional bioclimática; artes y oficios, y formación agropecuaria.

Gran deportista y amante del parapente, en 2004 Chifri debió superar una dura prueba tras sufrir un accidente al caer desde 40 metros de altura, por lo que tuvo que ser operado y quedó parapléjico. “Acostumbrado a recorrer los cerros, fue fatal para él. Sin embargo, nunca mostró su sufrimiento delante de nosotros”, dicen los estudiantes que compartieron con el padre un largo proceso de recuperación gracias al cual volvió a ponerse de pie y a trasladarse con muletas. Su fuerza de voluntad está reflejada en su libro “Después del abismo”.

El 23 de noviembre de 2011, estando reunido con amigos en la localidad de San Lorenzo, en las afueras de la capital salteña, un paro cardíaco acabó con su vida. Murió a los 46 años. Hoy sus restos descansan en la capilla de El Alfarcito, donde en cada aniversario es recordado por toda la comunidad. “El legado del padre ha sido el de promover al hombre, habitante de esta región, por eso queremos compartir sus valores y su historia sabiendo que siempre está con nosotros”, destacan los chicos e inmediatamente invitan a los visitantes a disfrutar del desayuno campestre que ellos mismos preparan y sirven al aire libre, mientras de fondo se escucha un canto coplero con letras picarescas, que hablan de amor y desengaño.

El tren del cielo

Antes de llegar a San Antonio de los Cobres, es casi una obligación frenar para hacer una foto panorámica en Abra Blanca, un balcón natural en medio del camino de montaña a 4.080 metros sobre el nivel del mar.

Apenas unos kilómetros más adelante, empiezan a aparecer un puñado de casas a los pies del Cerro Terciopelo en una de cuyas laderas San Antonio de los Cobres, el pueblo más alto del país (se encuentra a 3.775 metros sobre el nivel del mar) da la bienvenida.

Ni bien descendemos nos esperan decenas de vendedores de artesanías, tejidos de lanas de llama, alpaca y vicuña; piedras con formas de llama y cardones; mientras los más chicos ofrecen sus lapiceras forradas en aguayo con forma de llamitas; las mujeres tortillas a la parrilla y un grupo de jóvenes emociona con la música que nace de sus charangos y quenas. No hay mucho tiempo. Al fondo, los vagones azules del tren esperan a los pasajeros cuyas cámaras demoran el ascenso a la formación que conducirá hasta el Viaducto La Polvorilla, luego de un recorrido de aproximadamente una hora. Desde que comienza, la sensación es la de iniciar un viaje al centro de la tierra por paisajes inhóspitos de los que sólo son dueños el aire y el sol. La primera parada (en la que no se puede bajar) es la altura de la Mina Concordia para colocar la locomotora detrás y empujar la formación en el tramo final.

Para avisar a los pasajeros que ese momento llega suena la sirena y el escenario es simplemente indescriptible: una estructura gigantesca de vigas de acero de 223 metros de longitud se eleva a 63 metros de altura, sobre un terreno ubicado a 4.200 metros sobre el nivel del mar, dando lugar a una de las postales más imponentes de “La Linda”.

Junto al viaducto, las artesanías llenan de color ese paisaje desnudo y la llegada a destino tiene su broche de oro cuando chicos y grandes entonan la canción Aurora e izan la bandera, que hoy está más alta en el cielo que nunca.

Difícil despedirse de la Puna

Después del almuerzo, un recorrido por el pueblo y una visita al Mercado Central, es hora de partir. El ómnibus sale puntual a las cuatro y media de la tarde para empezar a desandar el camino de regreso, que lentamente se empieza a teñir con los colores del atardecer.

Todavía queda una breve parada en Santa Rosa de Tastil, uno de los sitios pre-incaicos más importantes de la región que cuenta con un museo de sitio inaugurado en 1975. Entre sus hallazgos, el lugar exhibe piezas y objetos pertenecientes al sitio arqueológico ubicado en la parte alta del cerro, uno los más grandes del país porque se calcula que llegó a albergar a unas tres mil personas. Tanto Tastil como su Museo forman parte del Patrimonio Cultural Qhapaq Ñan o antigua Red Vial Incaica. Otra muestra más de la cultura profundamente enraizada a sus orígenes que caracteriza a este rincón del norte salteño que es un verdadero milagro de la Madre Tierra.

Datos útiles

Cómo llegar. Aerolíneas Argentinas tiene un vuelo diario desde Córdoba a Salta, saliendo desde el Aeropuerto Taravella a las 17.20 para llegar a Salta a las 18.45. Regresa de Salta a las 9.35 y llega a Córdoba a las 10.55. Los vuelos se consiguen desde $2213 ida y vuelta (con impuestos incluidos).
Más información: www.aerolineas.com.ar.

Tren a las Nubes. Para residentes argentinos, el trayecto bus-tren-bus cuesta $1950. Sólo el trayecto en tren (San Antonio de los Cobres-Viaducto La Polvorilla-San Antonio de los Cobres) cuesta $1200. Parte a las 7 de la Estación Salta y vuelve desde San Antonio de los Cobres a las 16 (llega a la ciudad de Salta alrededor de las 20).
Otras tarifas: www.trenalasnubes.com.ar. Contactos: (0387) 422-8021 y [email protected]

Servicios a bordo. Transporte bus y tren; desayuno campestre y merienda incluidos; guías turísticos bilingües especializados; servicio de asistencia médica; servicio de estafeta postal a bordo; correo; snack bar; servicio de venta de souvenirs; WIFI en Alfarcito, estación de San Antonio de los Cobres y en Viaducto La Polvorilla.

Recomendaciones. Se aconseja reservar los boletos con anterioridad debido a la alta demanda, llevar ropa de abrigo, cena liviana la noche anterior y un buen descanso previo. Para evitar el apunamiento en San Antonio de los Cobres y durante el recorrido del Tren a las Nubes se recomienda mascar hojas de coca o tomar té de coca, que se puede conseguir incluso a bordo del tren, caminar despacio, comer liviano e hidratarse bien.

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