Apareciendo al Brujito

Opinión 19/09/2017 Por
“¿Dónde está Santiago Maldonado?” es una forma distinta pero igual de decir Nunca Más. Taiu Iosovich tiene 18 años y vive en El Bolsón, en Río Negro, donde conoció a Santiago Maldonado. En diálogo con LA NUEVA MAÑANA recordó los meses que compartió con “Juan".
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1 / 3 - Quienes lo conocen recuerdan a “Santi” por la mirada mansa, la voz pausada y calma. - Foto: Facebook

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Desde hace casi dos meses, la imagen de un joven de barba y mirada incendiaria circula en los medios de comunicación, en las redes sociales y en las calles, acompañada de una pregunta formada por cuatro palabras. Su desaparición, caratulada en la causa que maneja la fiscalía como “desaparición forzada”, lo convirtió en símbolo de la lucha mapuche por la recuperación de sus tierras ancestrales, pero por sobre todas las cosas provocó un grito colectivo que retumba en el país y en el mundo: “¿Dónde está Santiago Maldonado?”. Una forma distinta pero igual de decir Nunca Más.

Sin embargo, quienes lo conocen o conocieron –los tiempos verbales coletean de un lado al otro intentando mantener la esperanza de que aparezca con vida- aseguran que “Santi” tenía la mirada mansa, la voz pausada y calma, que no comía carne, que le gustaba tatuar animales llenos de colores y que en su morral siempre llevaba yuyitos medicinales, que por eso muchos le decían “El Brujo”, “El Brujito”. Que no creía en la Iglesia o en las religiones y que su única comunión espiritual era con el universo y con las causas que consideraba justas. Como la que lo llevó a estar ese 1 de agosto en la Lof de Cushamen, junto a quienes reclaman por las tierras que les fueron robadas de forma sistemática a sus ancestros.

Es justamente esa contradicción -entre la imagen difundida de un Santiago que encaja con el “revolucionario convencional” y la imagen real- la que ayuda a comprender que “el Brujo” no se haya animado a cruzar el río, que haya tenido miedo, frío, dolor. Hasta que tal vez, como indican algunas versiones, haya muerto de hipotermia tras ser brutalmente golpeado por los gendarmes. Son los  testimonios de quienes lo conocieron los que ayudan a ir apareciéndolo para enterrar una a una las noticias falsas, siempre serviles a quien paga.

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De a pedazos lo vamos conociendo y reconstruyendo. Alguna novia, su hermano, su maestro de Kung Fu, el presidente del Centro Cultural Israelita en Mendoza, sus amigos mapuches, sus amigos artesanos, sus papás.

A contramano de una investigación con más demoras que resultados, las descripciones sobre Santiago se suceden unas tras otras, convergiendo todas en un mismo punto: Santiago no tenía ni quería tener la bravura del Che. Pero compartía con él la sensibilidad ante aquello que consideraba injusto.

Probablemente, si hubiera sabido lo que ocurriría ese 1 de agosto, no hubiera ido a Cushamen. Su prioridad, según quienes lo conocieron, era la vida. Es que Santiago era un pacifista, un militante de lo natural, de las costumbres primarias.

Basta con ver el resto de las fotos que no acompañan la pregunta de cuatro palabras, para entender su mansedumbre: Santiago riendo con la cara redondeada, con una bermuda blanca, sobre la playa, haciendo un gesto con su mano, que no es ni la V, ni nada, o acaso apenas un código surfer, siendo que nunca surfeo. Y otra foto, no tan difundida, pasada casi por alto, donde tres gendarmes miran una camioneta, o mejor dicho una bolsa negra en una camioneta, desde la que asoma una cara como de Cristo, otra connotación más que hace de un pibe que vivía en paz, un símbolo casi involuntario de la lucha contra un monstruo, que a 40 años, aún acecha en Argentina.

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Taiu Iosovich tiene 18 años y vive en El Bolsón, aunque nació en Lago Puelo. Hace un tiempo atrás conoció a Santiago por medio de una amiga, y desde ese momento pasaron tres meses juntos en los que compartieron charlas y mates. En diálogo con LA NUEVA MAÑANA, Taiu hace un repaso por esos días y dice que “Santi es una persona amable, bastante introvertida. Le gustaban mucho las artes marciales y estaba empezando a ir a talleres y esas cosas. Él estaba rompiendo esos miedos. Era persona muy cálida, como tímida, suave, delicada. Eso se traducía en su arte, en sus tatuajes, que los hacía también con mucha delicadeza. Acá, entre los pibes del pueblo, lo veíamos como un tipo muy humilde, laburador”.
 
El 1 de septiembre al cumplirse un mes de la desaparición de Santiago, este estudiante de cine y teatro le dedicó a su amigo desaparecido unas líneas en su muro de Facebook: 

"Te extraño loco, un tipazo, amigo, te escribo, te llamo, exijo, quito la razón, igual lloro... Juan aparecido, Santi desaparecido. Eras Juan, era quien querías, sos mucho. Hoy no desapareces de imagen, VIVO. Los apuntes apuntan firmes. Sabemos mucho, no todo. La demasía densidad empantana. La demasía lucha, nos gobierna. Duele pensar que es común y corriente este río, de pedir algo, es la vida. Porque estás vivo, pero te desaparecieron, te suicidaron. Son suicidas de vida, muertos sin muerte. No saben, ¿que comprenden? Prefieren verde billete que verde planta. Difieren lágrimas tristes arrastradas por lluvia, marchando. Prefieren rojo sangre, que rojo pasión. Difieren sufrimiento, arrastrados de miedo. Marchando. Hacia dónde vamos? Qué hacemos? Veamos, gritemos, pidamos castigo, desmerecidos del nuestro, el de todes. Humanos sin huesos, enterremos el miedo. Quizás merecemos mucho, por eso vivimos en esta vida, justa e injusta, palo a palo, con tuercas tercas, que ajustan y aflojan, qué apretamos, que soltamos. Será cada ser. Yo pido, y ruego. Pido pido, un tiempo. Para salir del juego. Y dejar de competencias incompetentes. Para no jugar a las escondidas. Más allá de un juego. Y pedir para todes, empatía. Ni patadas en los sesos. Ni cortadas de dedos. No nos sacarán quisio. Porque la rutina es, ya. Y la ruta vive, salvando algo. Entre el rugido de la gente y en el silencio de valle".

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