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Opinión 22/09/2017 Por
Hace 62 años un golpe militar autodenominado “revolución libertadora”, ponía fin al gobierno nacional, popular y democrático de Juan Domingo Perón, instaurando una dictadura militar, política , económica y cultural. Fue una nueva manifestación de la histórica contradicción que atraviesa la Argentina.
Fraga-Prebisch
- Javier González Fraga, presidente del Banco Nación y Raúl Prebisch, personaje central en la economía “libertadora”.

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Los protagonistas representan a los mismos sectores, sesenta y dos años después; los intereses de los vencedores y de los vencidos se asemejan, con las diferencias de las coyunturas; los planteos políticos y económicos parecen nutrirse de las mismas fuentes, aunque renovadas por los cambios económicos, tecnológicos, culturales.

Los objetivos

En 1955, el objetivo del golpe gorila fue restablecer el Orden Conservador y la hegemonía oligárquica, teniendo como eje el modelo agroexportador, dependiente y alineado con los Estados Unidos como antes había sido con Gran Bretaña; con fuerte endeudamiento externo y con exclusión de las mayorías. En 2017, no se habla de restablecer, pero con similares ingredientes se habla de “cambio cultural”.

Raúl Prebisch, personaje central en la economía “libertadora”, se quejaba de “la pesada herencia”. En su informe sostenía que la Argentina atravesaba “la crisis más aguda de su desarrollo económico”. Para superarla, proponía incentivar fuertemente la producción agropecuaria, acudir al crédito externo, habilitar importaciones sin trabas, desarticular lo que consideraba un aparato intervencionista en el mercado de cambio y de precios. Impulsaba evitar aumentos de salarios, y concluir con el monopolio estatal del comercio exterior e ingresar a la órbita del Fondo Monetario Internacional (Ver Diego Rubinzal, Historia Económica Argentina).
Esas medidas, con las diferencia lógicas de los cambios acaecidos en el mundo, suenan como parientes cercanas de las políticas actuales. Además, con el mismo fondo argumental. Decía Prebish que para dar más mercadería a cada habitante no basta con darles más salarios. “Esto (el populismo) creó la ilusión de poder comprar más cosas, provocando la suba de precios por la inflación y al final tenemos menos que antes”. En el presente, el presidente del Banco Nación, Javier González Fraga, decía que el gobierno popular de los K le hizo creer a un empleado medio “que su sueldo servía para comprar celulares, plasmas, autos, motos e irse al exterior”. Hay muchos funcionarios, de apellidos en línea de sucesión, que articulan el mismo discurso que el Contraalmirante Rial, hombre de peso en la “fusiladora”: “Recuerden que la Revolución Libertadora se hizo para que el hijo del barrendero, muera barrendero”. Los parecidos tienen sus propios tiempos y a pesar de las similitudes, son distintos.

Para restaurar el Orden Conservador era fundamental acabar política, económica, social y culturalmente con la experiencia peronista. Ya sea por la integración o por la desintegración, incluso violenta. Se ensañaron y aplicaron directamente el odio –que había crecido antes del golpe a medida que se tocaban intereses- como política: intervinieron la CGT y los gremios, con persecución y proscripción para ocupar cargos de dirigentes sindicales y políticos; disolvieron la CGE, la entidad empresaria; prohibieron decir los nombres de Perón y Evita, el de las organizaciones y exhibir los símbolos del peronismo; proscribieron el voto peronista y se excedieron con ese odio secuestrando el cadáver de Evita, durante 18 años. Los bombardeos, los fusilamientos, los muertos dejaron huellas profundas en la historia popular.

La Argentina vivía una dictadura plena. Frente a ella, el pueblo respondía con una resistencia heroica que apeló a distintos modos de lucha: la violencia del caño, el voto en blanco, los paros, las asambleas. Sin embargo, hubo que luchar más de 18 años para recuperar la democracia auténtica, dejar atrás la proscripción, poder organizarse, votar y ser votado y ganar.

La historia no se repite

El cuadro general a pesar de las semejanzas, tanto económicas como políticas, no es sin embargo exactamente igual. Es cierto que resulta imposible dejar de pensar que hay hoy una impronta autoritaria, represiva, persecutoria –que va creciendo y erosionando la democracia- alimentada por el odio, pero hay una diferencia: su origen no es un golpe militar. La derecha ahora está en el gobierno por el voto ciudadano, además ratificada como primera minoría, en una democracia formal evidentemente restrictiva, violentada, que la convierte en una “demodura”. Realidad que exige nuevas respuestas al movimiento popular, que exige el desafío de reinventarse.
El peronismo como fuerza opositora, entonces como ahora, estaba fragmentada, tanto que John William Cooke, hablaba del “gigante invertebrado y miope”. Había como hoy intereses y representaciones en pugna; deserciones, negociadores, traiciones, neoperonismos. Pero estaba Perón, que con sus grandes aciertos y también sus errores, conducía un movimiento polifacético. Hoy no está, lo que aumenta el desafío.

Cooke pensaba en el futuro: “Cuando Perón no esté, ¿qué significará ser peronista? Cada uno dará su respuesta propia, y esas respuestas no nos unirán si no que nos separarán”. El kirchnerismo, con sus luces y sus sombras, significó el comienzo de esa reinvención pero está inconclusa. No hay milagros. Hay un peronismo domado que se acerca a Macri para ser fagocitado. Hay un intento de recrear el movimiento nacional, popular y democrático, desde la resistencia democrática y desde la ciudadanía, tratando no sin dificultades de ampliar su base. El objetivo amarillo también es acabar con el peronismo, a través de un doble juego: impulsar el peronismo complaciente del club del trueque que es la liga de gobernadores, donde brilla Schiaretti, el peronismo “correcto” de Massa, Randazzo, Urtubey, Pichetto, Abal; de los extraviados como Navarro y Pérsico. Y también el objetivo es presentar a Cristina como el demonio, que viene a constituirse desde abajo en el obstáculo mayor para el mundo feliz de los escogidos. Tanto, que se buscan caminos supuestamente jurídicos para su proscripción.

La historia siempre será una fuente indispensable para entender el presente. No sirve como una mera evocación, ya sea positiva o negativa, de un ayer que se desarrolla en una realidad, que es necesariamente distinta. Si somos suficientemente críticos podemos encontrar tendencias parecidas, similitudes increíbles, continuidades o discontinuidades sólo tendenciales, pero que suelen presentarse como espejos, donde imágenes remotas de hechos y personajes parecen reflejarse.
Todo esto viene al caso, porque el pasado sábado hemos recordado el golpe cívico- militar-clerical que derrocó al gobierno encabezado por Juan Domingo Perón, elegido democráticamente, tras 10 años de transitar por una política nacional y popular que dejó inmensas huellas en la historia argentina.
Es innegable encontrar esas similitudes, tanto en los protagonistas como en los hechos, con la realidad actual. Aproximaciones, que no obstante, difieren sustancialmente cuando pensamos que el derrocamiento de aquel peronismo fue producto de una asonada militar, en tanto la derrota al gobierno popular reciente fue a través de un proceso electoral.

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