Una sociedad a la derecha

Opinión 04/09/2017 Por
Así parece reflejarlo en estos tiempos la denominada “opinión pública”, según las consultoras que asesoran a los gobiernos de turno y que marcan las estrategias políticas, no sólo del oficialismo sino también de parte de un sector del arco opositor.
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Por Santiago Bibiloni - Especial

Al menos así parece reflejarlo en estos tiempos la denominada “opinión pública”, según los gurúes de las consultoras que asesoran a los gobiernos de turno y que marcan, encuestas en mano, las estrategias políticas a desarrollar no sólo de los oficialismos sino también de parte de un sector del arco opositor en este segmento del año electoral. ¿Qué significa este fenómeno entonces? Podemos aseverar que gran parte de la dirigencia política de nuestro país ya no habla de política (esto es grave); ni siquiera se plantea seriamente el debate de ideas que puedan abordar el desempleo, la inequidad y la pobreza que allá abajo, en el fondo de pirámide democrática, esperan silenciosos que alguien solucione, o al menos alivie. Pero es posible que allí, en ese universo que sufre y que nadie encuesta, también reine el discurso de “mano dura” dirigido para todo aquel que atreva a manifestarse en un espacio público por injusticias que provienen de algunas de las tres patas del Estado, como una especie de contagio colectivo que ha sabido traspasar las capas sociales, rotando de un lugar a otro a víctimas y victimarios en un mismo escenario sin que ellos mismos se percaten de su doble protagonismo.

Suceden cosas raras: un hombre de unos 50 años acaba de perder su empleo después de quince años, según comenta ante una cámara de televisión. Aunque ese hombre no está ahí, frente a la cámara, para contar esa historia; está ahí para putear a diestra y siniestra porque con su vehículo no puede atravesar un piquete de trabajadores despedidos no sé de qué empresa. Y pide “mano dura” para “esos vagos”; y también le manda un mensaje a Macri: “Yo te voté para esto. Estoy podrido de los piquetes”. Durán Barba toma nota de lo sucedido y le exige de manera inmediata un aumento de sueldo al Presidente. Y tiene razón el publicista ecuatoriano. Que alguien explique cómo un trabajador, a horas de ser despedido, pide que les metan palo a otros trabajadores igualmente despedidos como él, desconociendo lo básico, desconociendo que son sus pares. O sea, ese hombre es también los otros hombres, hoy demorado por un piquete que pide trabajo, mañana parte del piquete que pide trabajo. Ese hombre no culpa de su enojo al Presidente ni a las políticas económicas del Gobierno que pudieran haber ocasionado las causas que culminaron con su despido de una empresa; ese hombre está enojado con otro hombre que es él mismo cortando una calle pidiendo que le devuelvan el empleo. De locos.

Ante este panorama, que simbólicamente es más habitual de lo cualquier incrédulo quiera suponer, el relato de la política no necesita decir lo que hace ni por qué lo hace, sólo necesita decir lo que ese imaginario colectivo denominado “opinión pública” está esperando que le digan. Sorprende, en este sentido, el discurso pastoril del Gobierno nacional, con alusiones a términos como “felicidad”, “unión”, “amor”, etc., quizás más asociados a un encuentro religioso y no puestos a entender economía y resolver los problemas de pan y trabajo, por ejemplo, que padece buena parte de la ciudadanía argentina. Un discurso zen, muy clase media conservadora, vacío de contenido pero eficaz en sus formas, que alista con botas lustrosas las tropas de seguridad y reprime sin despeinarse. Represión en nombre de la felicidad, de la unión y del amor. De verdad muy raro. Sin embargo, en este siglo 21 donde todo parece ser mercancía y marketing, ésa es la política que gobierna y es la que mejor vende porque, simplemente, es la que una buena mayoría de ciudadanos compra.

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